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Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

Mis calabazas son para el potaje

Amparada en una incomprensible tendencia al alza en los últimos tiempos, la celebración de Halloween toca un año más a nuestras puertas con más trucos que tratos, dando así carpetazo al mes de octubre. Y también un año más me asalta idéntica sensación de perplejidad, que viene a añadirse a la que in illo tempore me produjo el desembarco navideño de otro extranjero, Santa Claus, anciano bonachón cuyo nexo de unión con la cultura latina equivale a un cero a la izquierda pero que, Coca Cola mediante, se erige como encarnizado competidor comercial de nuestros históricos Reyes Magos.

Al margen de la religiosidad que impregna a ambas celebraciones (la festividad de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos en el primer caso, la de Navidad en el segundo) y de la que no pocos reniegan, creo que urge reflexionar sobre la preocupante deriva de nuestra sociedad, tan dispuesta a abrazar con fervor cualquier costumbre foránea como a menospreciar sin reparos las tradiciones ancestrales que en ella nacen. Es lo que tiene la globalización, que condena a la ciudadanía a su condición de consumidora y transmuta a buena parte de ella en colectivo sumiso dispuesto a pasar por caja.

Porque no nos engañemos. A la postre, todo se resume en una palabra: negocio. Negocio para los supermercados, que colocan las golosinas envasadas en fantasmas y ataúdes sobre estanterías estratégicas. Negocio para las tiendas de disfraces, que hacen el agosto en otoño vendiendo trajes de brujas, cadáveres y momias. Negocio para las televisiones, que emiten películas de terror en sesión continua intercalando entre escena y escena una publicidad que les genera pingües beneficios. Y negocio para los locales de ocio y restauración, que organizan toda suerte de actos en la citada noche temática.

Incluso los propios centros escolares fomentan el festejo de la siniestra calabaza de raíces celtas y anglosajonas, decorando las aulas e ilustrando al alumnado sobre el tema de referencia. Demasiados escollos para sortear por esos padres y madres que se muestran reticentes a que sus pequeños se sumen al terrorífico evento. Rápidamente serán tachados de antipedagógicos por cuestionar que sus hijos e hijas disfruten de la velada junto al resto de sus compañeros. O se les acusará de inmovilistas por aspirar a que vivan estas jornadas como lo que realmente son: el marco escogido para recordar a los ausentes, con o sin oraciones, con o sin visitas a los cementerios, pero siempre desde el respeto a su memoria.

Vaya por delante que a mí me encanta una fiesta y que soy feliz viendo felices a quienes más quiero. Sin embargo, agradecería que estas muestras de júbilo, con sus correspondientes sobredosis etílicas y calóricas, hallaran cabida en otras fechas del calendario (que doce meses, cincuenta y dos semanas y trescientos sesenta y cinco días dan para elegir). Y, ya puestos a celebrar el tránsito al 1 de noviembre, tal y como recomiendo almanaque tras almanaque, acudamos a nuestros clásicos y visitemos los camposantos de la mano de Don Juan Tenorio y Doña Inés. Muchísimos espectadores ya hemos tenido el privilegio de presenciar la extraordinaria función que la compañía tinerfeña Timaginas Teatro, bajo la dirección de su alma mater Armando Jerez, representa durante estas fechas sobre las tablas canarias. Consulten en sus redes sociales los días y horas de sus representaciones. En un montaje cuya escenografía, iluminación, vestuario y música resultan impecables, el elenco actoral interpreta cada papel con un entusiasmo contagioso, metiéndose al público siempre en el bolsillo. A buen seguro, Tirso de Molina y José Zorrilla continuarán aplaudiendo desde el más allá su profesionalidad y entrega. Vaya asimismo por delante mi enésimo agradecimiento a todos ellos por este regalo de tradición y cultura propias. Por lo que a mí respecta, optaré por degustar unos deliciosos «huesos de santo» y seguiré utilizando las calabazas para cocinar un buen potaje. 

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