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La Provincia - Diario de Las Palmas

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José A. Luján

Piedra lunar

José A. Luján

Crestas del infierno

Aunque a primera vista pueda parecer que nos estemos refiriendo a los llamativos y destructivos penachos del volcán «Cabeza de Vaca» de La Palma, el título «Crestas del infierno» fue aplicado hace dos años a un proyecto de colaboración de la Escuela Luján Pérez con el Ayuntamiento de Artenara a raíz de los incendios que asolaron las cumbres de Gran Canaria en el verano de 2019.

El tema surge en paralelo con el alineamiento de la solidaridad mostrada por múltiples activistas sociales, asociaciones de vecinos, empresas e instituciones en apoyo a los afectados por un siniestro que se multiplicó por tres en pocas semanas. Se considera la mayor catástrofe incendiaria acaecida en el suelo de nuestra isla en toda su historia. Dieciocho mil hectáreas calcinadas y diez mil personas evacuadas de sus lugares de residencia conmovieron el corazón de los isleños de la Gran Canaria. Junto a ello, la certeza de vulnerabilidad de nuestro medio ambiente, expresado en un paisaje de pinares, bienes etnográficos, tierras de labor, árboles, eucaliptos, retamas y escobones. No tardó en aflorar el temblor generalizado cuando se anunció que el fuego entraba en el sacrosanto y emblemático pinar de Tamadaba. Habitantes de Artenara, una población mayormente envejecida, tuvieron que pernoctar en La Aldea de San Nicolás y en la ciudad de Gáldar, y los vecinos de Tejeda fueron acogidos en la Vega de San Mateo. La gestión del siniestro por técnicos y autoridades fue seguida por todos los isleños con honda preocupación al comprobar que los paisajes históricos de la Cumbre habían dado un vuelco en su belleza natural.

La espontánea marcha solidaria de la gente de nuestra isla se puso en pie y cada quien hizo aporte de sus posibilidades para apoyar a los damnificados. En este caso, pastores, agricultores y pequeños empresarios de la restauración de los municipios afectados vieron cómo su vida dio un giro por la desgracia de las llamas. Por su parte, una veintena de profesores, artistas y alumnos de la Escuela Luján Pérez acogieron el proyecto de elaboración y donación de una obra con la temática del fuego, con un sentido estético, hecho que a la vez llevaba implícita la reflexión sobre el medioambiente, el cambio climático y el insoslayable cuidado de nuestro medio natural.

Sin embargo, la inesperada aparición de la pandemia conocida como Covid 19, con su amenaza sanitaria, alteró el calendario previsto de entrega social que hubo que retrasarlo hasta el segundo aniversario de haberse producido el siniestro.

Las veinte obras creadas por Birgitta Edenborg, Carmen Lafuente, Charo Hernández, Emilia Pozuelo, Francisco Ramírez, Gema Sánchez, José Riquelme, Juan Betancor, Juan Guillermo Manrique, Manuel Jiménez, Manolo Ruiz, María Luis Tray, Octavio del Toro, Ramón Ramírez y tres esculturas de Orlando Hernández, Soraya Socorro y Máximo Riol, fueron expuestas en La Alameda de Artenara y entregadas a los alcaldes de los ocho municipios afectados, así como al área medioambiental del Cabildo y a los directores de dos medios de comunicación impresos que llevaron a cabo una labor de difusión y concienciación sobre la tragedia sobrevenida. En conjunto, lo que podría considerarse como estética de lo feo se convirtió en un evento de plasticidad que no oculta una realidad que propicia la reflexión.

Quienes afrontaron en primera línea hace dos años la gestión del gran incendio de Gran Canaria, atentos a los avatares imprevistos, inhalando humo y tragando angustia, se encontraron en el municipio mayormente afectado, formando una piña de responsabilidad comarcal, enarbolando entre sus manos una obra artística no como recuerdo conmemorativo, sino como pieza plástica significativa, que a modo de página viva, invita desde un paramento de las respectivas sedes municipales a una continua reflexión sobre la vulnerabilidad de la isla y de la casa común que es nuestro planeta.

El sentimiento colectivo mostrado en una plaza pública por los representantes municipales de la comarca y por los artistas de la centenaria Escuela Luján Pérez hay que entenderlo como un compromiso social ante la catástrofe. Y eso son actitudes que hay que poner en valor, sobre todo en una época en que muchos valores (políticos, culturales, religiosos o el propio liderazgo de las instituciones) que deben configurar nuestra sociedad, están rotos y necesitados de reconstrucción mediante acciones pedagógicas y formativas que siembren la semilla de un futuro esperanzador.

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