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José Antonio Díaz Lago

¿Para qué sirve la filosofía?

¿Para qué sirve el latín?, clamaba en las Cortes de la época el ministro franquista José Solís. Le respondió el filósofo, y luego rector de la Universidad Complutense, Adolfo Muñoz Alonso: «Por lo pronto, para que a su señoría, que es de Cabra, le llamen egabrense y no otra cosa...». Me temo que el filósofo ganó la pugna de la anécdota, pero no la batalla: el estudio del latín es ya en los planes de estudios de España una delicatessen, un capricho estrambótico de quienes se empeñan en estudiarlo, contraviniendo los consejos de quienes les sugieren que estudien cosas «más útiles», en muchos casos los propios directores de estudios de los colegios. Esta idea de la utilidad sería en sí misma discutible: hace tiempo un matemático me explicó que el estudio del latín es apasionante y útil, porque su estructura es completamente lógica. Lo que resulta curioso es que hay ideas que germinan y se instalan en la sociedad por encima de formas políticas, autoritarias o democráticas, y se acaban imponiendo con el transcurso del tiempo: la «inutilidad» del latín es una de ellas.

Ahora que el filósofo (entre otras muchas cosas) y gran estudioso Antonio Escohotado nos ha dejado un poco más huérfanos de saber, y que el mundo es un poco peor sin él dentro, cabe recordar que lo que le pasó al latín va camino de pasarle a la filosofía, pero antes de preguntarnos ¿para qué sirve la filosofía? Conviene darse cuenta de que siempre hay quien está dispuesto a razonar que aquello que él desconoce es una tontería. Esta manera simple de razonar es muy práctica porque evita tener que estudiar, o al menos saber que habría que estudiar, muchas disciplinas que se pueden despachar tranquilamente afirmando que no sirven para nada. Eso ha pasado con las lenguas clásicas, con la Geografía, con la Historia y ahora con la Filosofía. El argumento es ¿para qué estudiar humanidades si se pueden consultar en wikipedia o en el rincón del vago? (y, además, te dejan pasar de curso si suspendes, pudiera añadirse en estos días). Habrá quien diga que la Filosofía solo se pretende suprimir en algunos cursos de educación secundaria, pero desprenderse de una asignatura como la Filosofía no es precisamente incitar a su estudio.

Lo preocupante del asunto no es ya que no se considere básico estudiar ciertas materias, sino que desconocerlas por completo empieza a ser socialmente irrelevante e incluso cool, con el beneplácito de las autoridades, que rebajan los contenidos y las exigencias con la coartada de la integración social. Mandeville, el cínico autor de La fábula de las abejas estaría encantado: «Para que una sociedad sea feliz es menester que un gran número de individuos sea ignorante», decía. Contra esa ignorancia se rebeló Escohotado, que escribió de casi todo, que fundó una discoteca de moda en Ibiza y que, siendo un progre de pedigrí que hasta era llevado a La Tuerka para analizarlo como si fuera un bicho raro, descubrió, estudiando en solitario, que estaba equivocado y, en lugar de seguir anclado en sus ideas de juventud, escribió un libro definitivo Los enemigos del comercio para explicarnos que sin libertad no hay nada.

Cuestionar la filosofía es el primer camino para cuestionarlo todo, porque es el tronco del que han salido múltiples ramas: la ética, la sociología, la psicología, etc. La curiosidad por el mundo que habitamos, que es la base de la física o de la astronomía, proviene de la filosofía: sin esa curiosidad seguiríamos pensando que la tierra es plana. Y desde luego, entre las disciplinas más influidas por la filosofía está la economía. Samuel Johnson decía que no hay nada que necesite más de la iluminación de la filosofía que la economía y el propio Keynes, siempre tan mordaz, lo expresaba así: «Las ideas de los pensadores, correctas o equivocadas son más que fundamentales, poco hay más importante que eso; los hombres prácticos, que se creen por completo exentos de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de las ideas de algún economista difunto».

La economía es una de las disciplinas directamente tributarias de la filosofía. El libro seminal de la economía política La riqueza de las naciones fue escrito por un filósofo, Adam Smith. Este texto aún conserva su vigencia y además de hablar de economía es un tratado de historia, filosofía, sociología y psicología, cuyo propósito esencial es establecer las bases del bienestar de una sociedad desde todos esos puntos de vista. La ilustración escocesa del siglo XVIII, con múltiples figuras en todos los campos (la más notoria, además de Smith, David Hume, también filósofo y economista) expresó claramente las nuevas ideas que alumbraron el nacimiento del capitalismo, como «la mayor felicidad posible para el mayor número de personas». Con esos mimbres se empezó a desterrar la idea, asentada en todas las sociedades durante siglos, de que el futuro de las personas estaba estrechamente delimitado desde su nacimiento y no podía cambiarse. Fueron precisamente ese grupo de filósofos los que tuvieron la osadía de empezar a discutirlo. Después vinieron muchos más, ya formalmente considerados solo como economistas, pero siempre buscando la mejor manera de organizar las sociedades para el bien común: por eso Robert Heilbronner, autor de uno de los más conocidos, a la vez que controvertidos, tratados de historia económica lo tituló Los filósofos terrenales. Por estas y otras muchas razones, es tan importante la filosofía: porque induce a pensar, a cuestionar lo existente y a abrir nuevos caminos que parecían cerrados; un ánimo parecido al de los que quieren saber qué hay al otro lado de la montaña, lo mismo que hacía Escohotado.

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