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La Provincia - Diario de Las Palmas

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José A. Luján

Piedra lunar

José A. Luján

Triana, ¿hasta cuándo, Madrileña?

Iniciamos este comentario con una afirmación provocativa: «Triana es un barrio sin identidad vecinal» Nadie duda de su certeza comercial, de que sea escenario de encuentro ciudadano y de amistades por donde transitan a diario entre diez y quince mil personas. Sin embargo, los vecinos no viven el barrio en una interrelación de convivencia participativa.

Si comparamos Triana con otros barrios de la ciudad, se observa una gran diferencia. La Isleta, por ejemplo, tiene un amplio elenco identitario que ofrece un tejido interno muy singular constituido por un centro cultural que se denomina con el nombre «Artista Pepe Dámaso»; existen asociaciones de vecinos; colegios públicos propios; tres parroquias; espacio específico de playa en La Puntilla; procesiones de devoción religiosa; agrupación de pescadores con sus barquillas; vida de carnaval en su tiempo o fiestas de La Naval.

El barrio de Guanarteme tiene la espléndida Plaza del Pilar donde los niños juegan mientras sus padres charlan en las terrazas cercanas y se aglutinan en torno a una popular parroquia, las fiestas populares, los colegios públicos o a la actividad deportiva entre rompiente de olas.

Si nos desplazamos al Cono Sur, observamos que San José tiene una potente actividad interior. Se palpa la convivencia de sus habitantes en torno a la llamada «Casa Amarilla» donde se desarrolla una serie de aficiones colaborativas, desde la colombofilia, la cría de pájaros, el equipo de fútbol, las partidas de ajedrez en plena acera, agrupaciones folclóricas, actividades parroquiales o fiestas populares,

Si seguimos enumerando podemos constatar la vida en los históricos barrios de Tamaraceite, Schamann, San Roque o en El Batán; Las múltiples actividades giran en torno a un lugar concreto al poseer espacios sociales que en un alto porcentaje propician la relación vecinal.

No obstante, también es preciso no mirar para otro lado ante el déficit de participación ciudadana en la vida colectiva de las comunidades, ya sean urbanas o rurales. Estas dinámicas sociales, basadas en iniciativas de vocación personal, implican un esfuerzo constante para mantener el espíritu y la ilusión integradora de los residentes. El apoyo estructurado en proyectos desde las corporaciones municipales es piedra angular para convertir las ciudades y barrios en entes vivos de relaciones humanas.

Triana carece de ello. Las personas mayores, provenientes en gran parte de otros distritos, están abandonadas en los bancos. Se ha creado de manera espontánea la «cultura del banco». Pero no tienen un lugar donde hacer una micción, ni donde guarecerse, en caso de lluvia, salvo algunos bares donde no son bien vistos por sus dueños y sirvientes ya que entran, utilizan los servicios y no consumen.

Desde esta columna no dejamos de pedir que el local que fue la «Cafetería La Madrileña» se convierta en local social. Allí, nuestros mayores tendrían un lugar para envejecer de manera compartida, y sería un espacio saludable y de relaciones humanas seguras. Ya lo hemos planteado en diversas ocasiones. Pero pasan los años y las legislaturas municipales, y todo sigue igual. Nadie nos escucha

Los mayores tienen miedo de salir a la calle. Están envejeciendo en soledad. Nuestro barrio carece de locales destinados a las asociaciones de vecinos, por lo que no se propician puntos de encuentro que sean referentes de la población trianera. Un local vecinal se caracteriza por su horizontalidad, tanto en la gestión como en el uso espontáneo por parte de los vecinos, residentes o visitantes.

Sin duda, la ocupación urbana del amplio espacio que se genera desde varios siglos atrás hasta la segunda mitad del siglo pasado, cuando se gana terreno al mar y se favorece el crecimiento en volumen, sin dejar espacios públicos compensatorios a los largo de la amplia avenida marítima que abarca desde Las Alcaravaneras hasta la linde con el barranco Guiniguada, Vegueta y San Cristóbal. Urbanismo y calidad de vida se dan la mano en cualquier parámetro de crecimiento. En las diversas épocas prima la especulación del nuevo territorio de la Vega de Las Palmas y ciudad marítima, sin que la cultura social hiciera acto de presencia. Cierto es que en todo caso no existía conciencia ni compromiso para lograr una ciudad de calidad en la que el habitante alcanzara algún privilegio en el disfrute del paisaje urbano. Ni siquiera se preservó un mínimo espacio para una Asociación de Vecinos. Ahora pagamos las carencias.

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