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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Elizabeth López Caballero

El lápiz de la luna

Elizabeth López Caballero

Malgarear

Hace unos días estuve en El Hierro tomando un poco de distancia de esta vida loca que si te descuidas te da un bocado, te mastica y te escupe lleno de babas, de miedos y de desconfianza. A veces es bueno poner en jaque a la vida. Esconderte de ella, buscar nuevos ritmos, nuevos paisajes, más silencio y un aire un poco más puro. Todo eso me lo dio la isla del meridiano. Pero también me dejó, como era de esperar, literatura. La escritora, poeta, guionista y amiga Susi Alvarado, me llevó de la mano por las viejas costumbres de la hasta hace pocos años «isla del fin del mundo» a través de su libro Sorimba (Puentepalo, 2012). Entre las muchas joyas que te deja esta lectura -no voy a explicarla porque entiendo que todos deberíamos leerlo para, de esta forma, volver a visitar la isla con otros ojos-, descubrí la palabra Malgarear, que aguarda entre sus letras una historia tan sórdida como bonita y que, nos guste o no, se sigue repitiendo en la actualidad. Susi me contó que antiguamente los herreños tenían por costumbre, en las noches sin luna, subir a la montaña y malgarear a la gente. Lo que viene a ser el critiqueo de toda la vida, pero en este caso no hablabas de esa persona en petit comité, sino que lo hacías para todos los habitantes del pueblo. La situación era la siguiente: dos o más personas subían a una montaña y fingían otra voz; entonces uno empezaba diciendo: tengo un burro. Y otro respondía: ¿y para quién es el rabo? Y el malgareador, Para fulanito que (se decía el nombre de la persona y el chisme). Continuaban así hasta que habían desmembrado al pobre animal (y vecino). Me recorrió un escalofrío por el cuerpo al imaginarme a los isleños detrás de la ventana, con el estómago encogido, suplicándole a Dios que no les tocase el malgareo esa noche, porque todos sabemos que nadie, ninguno de nosotros, está libre de pecado. Pero para más inri, te podían malgarear con verdades o con mentiras y, claro, en los años sesenta tanto una verdad como una mentira te colgaba el sambenito y te arruinaba la existencia. Me resultó curioso advertir qué poco han cambiado los tiempos. Sí, sí. Muy poco. Ha cambiado el escenario, han cambiado los difamadores. Pero no la difamación en sí. ¿Acaso no son las redes sociales los nuevos montes, los nuevos cerros en las que malgarear a la gente –con verdades o mentiras– desde el anonimato? Pues historias de este tipo, de nuestras costumbres, de nuestros antepasados, pero, sobre todo, de la isla de El Hierro, pueden encontrarlas entre las páginas de Sorimba, que al final este malgareo (del bueno) no es más que una excusa para recomendarles este estupendo libro.

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