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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Entrega nobeles

Visto un curioso letrero a las puertas de un bar/cafetería:»mañana jueves cerrado, por descanso de los Sres. clientes».

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Tenemos una nueva nieta en la familia, que se ha convertido en el juguete favorito de progenitores y amistades, que compiten por verse recompensados con la sonrisa o el favor de la pequeña. Pero a efectos de carantoñas y excentricidades, estamos ya resignados a perder la batalla por la popularidad de la criatura. El tío Ramón tiene un don, o si quieren lo que la niña seguramente interpreta como superpoderes, y por lo que se lleva de calle a la criatura. Sabe mover las orejas, como si fuera una mariposa, fenómeno que prodiga desde que se asoma la pequeña. No hay color...

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Hoy acabo de leer una reseña de prensa tranquilizadora. Resulta que últimamente se me olvidan nombres, de esos que encima utilizo todos los días. Como quiera que me acerco a una edad en que el Alzheimer afecta a muchos de mis coetáneos, me estaba preocupando.

Pues bien, que no cunda el pánico: olvidarse de nombres, ya sean topónimos o palabras de uso diario no tiene por qué alarmarnos. Lo importante en estos casos es ser consciente que en alguna parte de nuestra memoria, esta la esquiva palabra, que no se ha perdido para siempre.

Vamos que cuando me olvido de una palabra, puedo hacer dos cosas: o sustituirla por un sinónimo, o buscarla en el diccionario, donde estoy seguro de encontrarla, por las pistas que me ha dejado en mi disco duro, y que me ayudarán a localizarla, porque sí sigo consciente de su existencia.

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Aunque este fenómeno, de haberse olvidado algo, pero saber uno que lo sabe, también puede darse en una duda en la ortografía de una palabra. Y les voy a poner el ejemplo más clásico y esclarecedor. Si no me acuerdo si el rumiante «vaca» va con uve o con b, no me cuesta nada sustituir el término por «ternera adulta».

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Comentando el otro día con un grupo de amigos la fuerza de lo que se conoce como «la memoria de la presencia», aplicando el concepto no sólo al recuerdo de familiares y allegados, sino a presencias tan evanescentes como las clásicas magdalenas evocadas por Marcel Proust en sus memorias, nos relató J.M.G., polifacético maestro de instituto, un ejemplo inesperado. Al preguntar a sus alumnos, de una edad de la que cabría temer cierto déficit de sensibilidad, si recordaban «el olor de la casa de su abuela», se vio recompensado con un verdadero chaparrón de clamorosas confirmaciones, seguidas de entusiastas elabora- ciones sobre una presencia olfativa que resultó ser insólitamente potente y entrañable para toda la chiquillería.

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