Opinión | A la intemperie

Los difuntos poseen cosas

Hace años, preparando un reportaje sobre la vida en la cárcel, un ladrón me contó que había entrado en una casa que parecía vacía, pero en la que había un muerto. Se lo encontró en la cama del dormitorio, tapado con una manta, encogido sobre sí mismo, en posición fetal, como si la muerte lo hubiera sorprendido en pleno sueño. No olía mal porque se había momificado. El caco se quedó mirándolo un buen rato, como si intentara comprenderlo.

–¿Comprender qué? –pregunté.

–No sé. Quizá el misterio por el que el dueño de la casa estaba y no estaba allí al mismo tiempo. Estaba allí porque lo veía yo, con mis propios ojos, pero su cuerpo se encontraba vacío. Me fui sin robar.

Tal es, creo yo, lo que nos asombra de los difuntos: su capacidad para estar y para no estar a la vez. Un día le pregunté qué era un muerto al filósofo Ángel Gabilondo.

–Algo de alguien –me respondió.

En efecto, pensé yo, algo de alguien que ya no posee nada, ni siquiera su propio organismo. Pero el cadáver sigue siendo algo de alguien, del mismo modo que la camisa de cuadros del padre recién fallecido sigue siendo la camisa de cuadros del padre recién fallecido, que ya no existe. Significa que los muertos, al menos durante algún tiempo, tienen propiedades para las que no necesitan escrituras.

Cuando falleció mi padre, conservé una chaqueta suya que me gustaba mucho y que me estaba como un guante. Pero pasaron dos años hasta que pude hacerla mía. Hasta entonces, me la ponía de vez en cuando y salía a la calle con ella, pero al llegar a la esquina me daba la vuelta y volvía a casa para quitármela. Me provocaba una sensación extrañísima apropiármela, como si se tratara de un robo, más que de una herencia. Pensé en llevarla al tinte con la idea de que al lavarla la desposeería de su identidad, pero me daba vergüenza que la identidad de mi padre se perdiera en las entrañas de una máquina, junto a prendas de gente desconocida. Mi padre fue abandonando la chaqueta poco a poco y ahora ya es completamente mía, aunque me acuerde de él cuando la uso. Nunca escribí sobre la historia que me contó el ladrón porque logró transmitirme una perplejidad de la que empiezo a liberarme ahora.