Opinión | Reflexión

Inés Martín Rodrigo

Duelo

Nunca había visto el cadáver de una persona. Hasta el pasado domingo. Mi padre falleció a las nueve y veinte de la mañana del 28 de agosto. Yo acababa de llegar a su casa, donde él, harto de hospitales, había decidido permanecer en la fase terminal del cáncer que le detectaron hace doce años. La muerte digna es un derecho tan humano como todos los demás derechos, y nosotros, su familia, decidimos cumplir con su voluntad.

El equipo de cuidados paliativos nos dijo que el oído y el tacto son los últimos sentidos que se pierden una vez sedado, por lo que mi mente, enturbiada por el dolor, me ha convencido de que, tras una agonía de 72 horas, esperó a que yo llegara. Me oyó entrar y, sintiéndome cerca, murió. El suyo fue el primer cuerpo inerte al que besé, sobre el que lloré, al que acaricié. Lo hice desgarrada, sí, pero llena de un amor profundo, sin el miedo que me paralizaba cada vez que pensaba que llegaría ese momento, que tendría que enfrentarme al óbito de mi padre sin la distancia física que te permite la infancia.

No vi a mi madre morir. Ni siquiera fui a su entierro. No me dejaron. Mi familia buscaba protegernos a mi hermana y a mí. Pero no hay escudo posible frente a la muerte, como tampoco hay amparo que alivie la orfandad. Ahora, ya adulta, doliente y huérfana, lo sé. Por eso he querido despedirme de mi padre como no pude hacerlo con mi madre, y no me arrepiento, pese a que las imágenes de los días pasados a su lado, cuidándole, me persiguen. He hecho mío su sufrimiento, no consigo liberarme de él.

Me castigo por seguir viva. No me permito sonreír y, si lo hago, me siento culpable. No logro concentrarme para leer y si estoy escribiendo estas líneas es porque una amiga bondadosa, también escritora, me dijo que lo hiciera porque me ayudaría a atravesar ese duelo que es, en realidad, un estado vital. Aunque sé que lo que hoy son pesadillas se convertirán pronto en sueños de consuelo y, entonces, al cerrar los ojos, le veré bromear y decirme «¿Qué pasa, Inesita?», como cuando hablábamos por teléfono.

Me pasé años buscando en la literatura, que es mi otra forma de vivir, herramientas para poder rellenar el vacío que dejan quienes mueren, quienes se marchan y, sin embargo, siguen con nosotros. Después de mucho tiempo, me he dado cuenta de que esas ausencias te acompañan siempre, están dolorosamente presentes. Así ha sido con mi madre, y así será con mi padre. Hace unas semanas, en los ratos que pasamos a solas, me habló como jamás lo había hecho: de mi madre, de mi hermana, de sus nietos, de su mujer, de sus hermanos… Hubo un momento en el que se detuvo y me dijo: «Te estoy aburriendo». Yo le respondí: «No, papá, me encanta escucharte, ese es mi oficio, escuchar». Él me miró, sonrió y siguió hablando, y yo escuchando.

Durante estos últimos y dolorosos meses, temía que se nos acabara el tiempo y tuviera que recurrir a la literatura para mantener las conversaciones que nos debíamos. Mis temores se han cumplido, pero prometo seguir escribiéndole, contándole todo lo que me pase. Porque la vida continúa, sigue su curso caprichoso y nada casual, pese a que lo que me gustaría ahora es que se detuviera. Lo pide W. H. Auden en Funeral Blues: «Paren todos los relojes, descuelguen el teléfono. Eviten que el perro ladre dándole un hueso sabroso. Silencien los pianos y con un sordo timbal, saquen el ataúd, permitan a los dolientes venir».

Termino con otro poema, con las palabras que alguien escribió para que yo pudiera armar este texto. Se titula Tumba, y son versos de Cristina Peri Rossi: «Quisiera que mi tumba estuviera en un parque –no muy lejos de otras tumbas– lleno de pájaros y de niños que juegan en la hierba. Una ardilla podría pisarla o un globo de aire sobrevolarla. Me gustaría, también, que fueras a conversar conmigo, los sábados por la tarde». Y así será, papá. Charlaré contigo los sábados por la tarde y todos los días de las semanas, de los meses y de los años que transcurran a partir de ahora. Seguirás viviendo en cada página de mi imaginación.