Opinión | El revés y el derecho

La carta de llamada

Fernando Clavijo y Manuel Domínguez hacen un balance de los primeros cien días de gobierno

Fernando Clavijo y Manuel Domínguez hacen un balance de los primeros cien días de gobierno / Carsten W. Lauritsen

Las personas que vienen por mar, en barcos inexpertos como aquellos que naufragaban nada más trasponer los límites marinos de El Hierro, no traen consigo la carta de llamada.

Nadie los llama y aquí los reciben unos esforzados sanitarios y otros funcionarios solidarios con el porvenir de los que no tienen sino la ansiedad de salir de la miseria.

Personas del mundo de la política, generalmente peninsulares que forman parte de la derecha política española, contradicen la enorme solidaridad que canarios de toda índole están prestando a estos huidos de la desgracia. Por ser negros, por ser pobres, por atreverse a hollar el territorio de una patria que los reticentes a estas llegadas consideran suya.

La patria es el mundo, y nosotros somos parte de la patria del mundo, y esta gente que lucha por vivir de otro modo, y que arriesga sus vidas y las de los suyos para sentirse en otro sitio, trabajando o viviendo de mejor manera, no merecen esta malvenida que le dedican políticos y ciudadanos que quieren que el territorio del mar y de la tierra sea una moneda exclusiva.

El presidente de Canarias, Fernando Clavijo, lo ha dicho: dejen ya de joder con los lugares comunes que marcan las declaraciones recientes sobre la llegada de extranjeros a nuestras tierras, háganle sitio a la solidaridad y estudien otros modos de referirse a este drama, que no es canario o español, es de los que arriesgan su vida por cambiar de lugar, y que vienen con una desgracia que se superpone a la desgracia de viajar así: nadie los ha llamado.

No tienen la carta de llamada, y aun así una tierra solidaria, que también mandó (a veces sin carta de llamada) a los suyos a buscar mundo, muchas veces en cayucos como estos que ahora pueblan las costas isleñas, los espera, los debe esperar, tienen que ayudarles a llegar, a estar para siempre o de paso, nadie merece ser rechazado.

Son recibidos aquí como los canarios reciben, porque aquí está la memoria de otros viajes peligrosos, a Cuba, a Argentina, a Venezuela, y son recibidos también, a las malas, por políticos que en Madrid, en León, con lenguas viperinas o terribles, como si fueran escoria del mundo, animales incluso, personas que no merecen el apoyo o la acogida de sus congéneres. Como si hubiera sido mejor que naufragaran a lo lejos antes que arribar a tierras que también fue de salida de los emigrantes canarios.

La carta de llamada. Mi madre guardaba en la cómoda las cartas de llamada que recibía para que se los diera a aquellos que, viviendo en precario en el barrio, querían emigrar, irse. De madrugada, los barcos esperaban en el muelle de Santa Cruz, igual que esperaban con otras cartas y los mismos destinos, en las orillas de las otras islas emigrantes pobres que fueron en busca de una vida distinta que la que dejaban atrás. No eran negros, y podrían haberlo sido, o amarillos, pero sobre todo no eran de los apellidos que no se montaban en aquellos barcos que siempre padecían el riesgo de perecer como lanchitas contra el horrible mar tan despiadado.

Yo era un fisco chico, como se decía, y estaba en el mismo cuarto en el que mi madre guardaba las cartas de llamada; se escuchaban en la alta madrugada las sílabas entrecortadas de aquellos hombres, y doña Juana, como la llamaban, dejaba la cama, abría la gaveta y de allí extraía la carta de llamada, que en aquellas manos que venían de la platanera o de la sorriba, iba a ser la carta de esperanza.

En Venezuela, que en mis tiempos era el destino de todos aquellos que aspiraban a la emigración para salvar a sus familias, a sus mujeres, a sus hijos, a sus padres, de la inanición triste del hambre, aquellos emigrantes recibían cartas de sus mujeres.

Yo les escribía esas cartas a las numerosas analfabetas que había entonces entre los emigrantes, y así supe que nuestra propia pobreza, la de casa, era común en todos aquellos hogares que se quedaban sin padres, viajeros con sus cartas de llamada.

Estas personas negras vienen sin carta de llamada. Los reciben benefactores, son negros, sin pan ni tierra, los ojos ávidos de orilla, tristes semblantes de muchachos o de mayores a los que los aviones los esperan para alojarlos en la parte de atrás de los aparatos, señalados por su color, por su origen y conscientes ellos mismos de que su destino incluye los insultos que, en Madrid o en León, entre otros lugares de políticos desavisados y ruines, profieren quienes no tienen ni idea de dónde vienen España, sus islas, las costas de Galicia, orillas de Andalucía, el litoral portugués, la vida que fue nuestra en las madrugadas en que los hombres tocaban en el cristal de la ventana para decir: «Doña Juana, ya nos vamos a Venezuela…» Y mi madre sacaba aquellos documentos frágiles, que más frágiles serían en los barcos tristes en los que aquellas personas iban a buscar la tan remota posibilidad de la alegría.