Opinión | La suerte de besar

Personas que buscan personajes con los que identificarse

Personas que buscan personajes con los que identificarse

Personas que buscan personajes con los que identificarse

Desde pequeños nos identificamos, o no, con determinados referentes. Heidi jamás fue mi modelo a seguir. Me inquietaba su amplia sonrisa de fondo oscuro y me angustiaba su orfandad. Con Afrodita A sí me identificaba. Un robot valiente, con Mazinger Z como amigo incondicional, que usaba sus pechos como armas para enfrentarse al mal era todo lo que yo quería ser de pequeña. Soy fan del personaje de Gene Hackman en Arde Mississippi. Su temple, valentía y sentido de la justicia me producen subidón emocional. Me he reconocido en las neurosis y angustias de Woody Allen, he admirado a Julia Roberts en Erin Brokovich, habría querido irradiar la sensualidad de Anita Ekberg y he imitado el baile de Rita Hayworth con su guante delante del espejo del baño. Siento máximo respeto por los guionistas y les doy las gracias por construir personajes con aristas, profundidades, anhelos y frustraciones. Como la vida misma.

Las series y películas de hoy incorporan intérpretes de diferentes etnias y religiones, con sexualidades diversas, capacidades distintas o con tantas formas de comprender la familia como la imaginación permita. Lógico. Necesitamos sentirnos reflejados en las ficciones y, también, en los medios que recogen la realidad social. Hoy nos chirrían las fotos de reuniones o cumbres en las que todos los mandamases, jefazos y consejeros de administración son hombres blancos trajeados con mocasines. De pequeña, mi hija no comprendía por qué no hay un Rey Mago mujer y aplaudía cada vez que nos subíamos a un autobús conducido por una fémina. Su reacción no era ideología. Era mera necesidad de reconocimiento. Por eso, las futbolistas de la selección son campeonas en el terreno de juego y disfrutan de un amplio apoyo.

Conocí a la jueza Shirin Ebadi, ganadora del premio Nobel de la Paz en 2003, durante una visita al Club Diario de Mallorca. Además de ofrecer una de las charlas más maravillosas que se han impartido en la isla, tuve la suerte de disfrutar de su conversación y compañía durante días. Me contó cómo fue la experiencia de opositar siendo madre de dos niñas, cómo se encerraba en el baño para lograr intimidad mientras estudiaba y memorizaba leyes y cómo contrarrestaba el cargo de conciencia por pasar muchas horas delante de los libros preparando cenas temáticas para su familia. «Hoy estamos en Italia», les decía y extendía un mantel de cuadros rojos y blancos sobre la mesa del salón. Recuerdo a la jurista detallarme las delicatessen italianas que, junto a sus hijas, cocinaba durante toda una tarde. Shirin Ebadi, inteligente, poderosa, carismática y valiente hacía lo mismo que hacemos el resto de mujeres. Equilibrios de funambulista para ser buenas madres, profesionales, personas, hijas y parejas. Su realidad me calmó entonces.

Hoy, como mujer de 50 años busco y agradezco los personajes que recogen parte de lo que somos las de mi quinta. Un poco de Birgitte Nyborg, en Borgen, cuando busca un secador que le alivie los sofocos. Algo de Catherine Cawood, en Happy Valley, cuando corre torpemente por una ladera con algo de sobrepeso. O mucho de Sam, en Better things, que sólo desea sacar adelante a sus hijas mientras critica la invisibilidad de las mujeres de su edad en ciertas esferas y ámbitos. Mujeres estupendas, porque son mujeres reales.