Opinión | A pie de página

Yolanda Román

Máquinas infelices

FOMO: así es uno de los mayores problemas de las redes sociales

FOMO: así es uno de los mayores problemas de las redes sociales / Foto de Adem AY en Unsplash

Los humanos somos máquinas complejas. Como todas las máquinas necesitamos estar enchufadas. En las últimas décadas, la digitalización y, en concreto, las redes sociales han alimentado esa necesidad creando un espejismo de conexión total, infinita y definitiva. Los móviles se convirtieron en nuestra particular toma de corriente y las plataformas digitales nos permitieron expandir nuestra red de contactos sin límites geográficos o económicos. Enchufados al mundo y, potencialmente, a millones de personas, durante un rato pareció que éramos felices.

Lo cierto es que la soledad es hoy uno de los mayores problemas de salud pública en las sociedades desarrolladas y la era de la digitalización amenaza con convertirse en la era de la infelicidad. Cada cierto tiempo se publican datos impactantes sobre una realidad que desmonta en toda su crudeza cualquier ilusión de la comunicación total. Es un hecho, estamos cada vez más solos. En España, uno de cada cuatro hogares está compuesto por una sola persona. La soledad crónica es tan perniciosa para la salud como la obesidad o las adicciones. Para que nos entendamos, la soledad es tan perjudicial como beber o fumar.

En 2018, antes incluso de la pandemia del covid, el Reino Unido creó un ministerio contra la soledad, convirtiendo el problema en un asunto de Estado. En 2021, Japón también anunció un ministerio similar. La soledad no deseada es una especie de virus que afecta a todos los grupos sociales, no solo a las personas mayores, y está en el origen de muchos de los problemas actuales de salud mental. En Europa, alrededor de 60.000 personas mueren por suicidio cada año, muchas de ellas jóvenes. No podemos hacer una relación directa, pero parece claro que hay una relación. Los gobiernos son conscientes de que hay que tomar medidas. Todos debemos ser conscientes de que hay que tomar medidas.

La soledad es una realidad de aislamiento que provoca un sentimiento de exclusión y profunda tristeza. La soledad no deseada es incompatible con la felicidad y pone de manifiesto que los humanos necesitamos una conexión afectiva y efectiva con otras personas y sentirnos parte de algo, enchufados a algo cierto. La conexión virtual y potencial que permite la digitalización ni es suficiente ni está al alcance de todos ni siempre se gestiona adecuadamente. Pero sería un error señalar la tecnología como la causa de todos los males que aquejan a las sociedades contemporáneas en el mundo desarrollado –y es importante recordarnos de cuando en cuando que hay sociedades en otras partes del mundo enfrentando otro tipo de problemas–. La infelicidad es un mal que persigue al hombre desde los tiempos de los tiempos y en todo tipo de contexto. El permanente forcejeo con el vacío existencial es parte de la condición humana. Echarle la culpa a las redes y a las pantallas es una forma más de buscar soluciones fáciles para problemas difíciles y no asumir responsabilidades, individual y colectivamente.

De hecho, la tecnología puede ser un gran aliado contra la soledad y la exclusión. Hay muchas aplicaciones que ponen en contacto a personas con personas con una finalidad útil y satisfactoria que puede aliviar el aislamiento y la sensación de abandono. Más allá de algunos anuncios llamativos –y un poco grimosos– de mascotas virtuales o robots de compañía, hay un número de iniciativas para combatir la soledad que son factibles gracias a la tecnología. Por ejemplo, la aplicación Be My Eyes (Sé Mis Ojos), una plataforma que conecta a voluntarios con personas ciegas o con déficit de visión para apoyarles en tareas cotidianas como reconocer colores, comprobar si las luces están encendidas o ayudarles a preparar la comida. Un momento de conexión y ayuda que refuerza una idea de comunidad, virtual pero real.

El ser humano experimenta un vacío cuando se encuentra solo porque la existencia encuentra significado no solo en la interacción con los demás, sino en la cooperación con el otro. Definitivamente, no estamos diseñados para estar solos. Somos máquinas complejas pero dolorosamente simples que necesitan mirar a los ojos o darse la mano.