Opinión | Punto de vista

La indiferencia

Fachada del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), en Madrid.

Fachada del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), en Madrid. / EP

Hoy demasiada gente no sabe lo que dice y muchos de ellos hablan como si lo supiesen. También hoy muchas personas que no conocen el valor del silencio. Miren a miembros del Consejo General del Poder Judicial intentando influir en la rabiosa actualidad con su mandato caducado desde hace cinco años. Cinco años, impensable incluso para una lata de sardinas.

En estos babilónicos tiempos hay demasiada gente intransigente y los hay intolerantes. Pero también contamos con indiferentes. Están a medio camino y se posicionan de forma escurridiza, pero en gran suma. Azaña gustaba decir que era intransigente ante los intolerantes. Antaño no era una moda ser indiferente.

Creo que, como prerrequisito indispensable e irrenunciable de cada uno, hemos de hacer nuestros la libertad de juicio y la tolerancia del espíritu. Si la república, otra vez Azaña, no había venido para adelantar la civilización, para qué la queremos. Si unos y otros quieren gobernar para amnistiar, escucha tú también Montoro, ¿para qué queremos que ganen?

La hegemonía de la sociedad civil ha de fundarse en el consenso de los corazones y de las mentes o lo que es lo mismo, en una visión compartida que no se imponga por la fuerza. Me pregunto si hemos de ser intolerantes o intransigentes ante los indiferentes o respetarlos en el ejercicio de su derecho a la libertad de juicio.

Muchas veces en la historia se han separado los tiempos malos llenos de esperanza y los tiempos buenos vacíos de esperanza. Hoy los tiempos no son buenos. Miramos a Ucrania, a Palestina o a África con indiferencia y a estos se les ha acabado la esperanza. Vacíos los espíritus de ese afán de entendimiento mutuo, parece que solo gusta la polarización con gotas de indiferencia.

Pudiera ser que todo esto colinde con el nihilismo. Porque el nihilismo ante lo público desvaloriza a la política y se manifiesta con resentimiento. Pero el nihilismo tiene un timbre distinto a la indiferencia, que está presente en esa mirada fría como sentimos el cementerio marino que a veces se localiza cerca de Arguineguín o de la isla de El Hierro.

Oblómov es personaje literario que apenas se levanta de su sillón, donde pasa días y días tumbado para estar ajeno a las turbulencias de la calle. No le vale la pena levantarse, no necesita para vivir tener los pies en el suelo y eso que no tiene móvil. El nihilismo no es otra cosa que, desde el orden, disolver la escala de valores. Esta disolución puede atacarse desde la polarización y también desde la indiferencia.

El nihilismo, como un fantasma, recorrió Europa hace años y sus principales exponentes y el territorio por el que se abrían camino estaba en Rusia. El nihilismo valía para asesinar a un zar o para suicidarse. Rusia entonces era el paradigma de país perfecto para que cualquier cosa pudiera suceder sin resistencia. Y claro que sucedió.

Me siento incómodo cuando escucho el ritornello que denuncia a clase política de mediocre, ya sea el color moral o intelectual. Iguales, suelo contestar que un colectivo de árbitros o de jueces. Son un fiel reflejo de la sociedad. Es fácil pensar que en este tiempo lineal que es el tiempo del bípedo que gobierna el planeta, no se distingue un pasado ni un futuro sino un simple presente. Es un anestésico, un espejismo y el adormilante es la indiferencia.

Nosotros hoy somos seres tan extremos que no necesitamos explicación. Pero volveremos al pasado porque es claro que el pasado nunca muere. Pero espero que volvamos reconciliados con ruido, pero sin furia. Este silencio actual no lo produce una sola persona.

Dicen que no se puede engañar del todo a una mujer. Ni el pueblo español que parece estar engañado por sí mismo pero que mantiene abierto el rabillo del ojo. Este hecho sorprendente tiene su propio atributo propio, su caducidad, pocos hechos sorprendentes nos sorprenden cuando ya han pasado.

A los que se encargan de la cosa pública, cómplices de este autoengaño cabe advertirles que escuchen el silencio del público para que cuando salgamos de la indiferencia lo hagamos lleno de esperanza y sin una mayor desorganización social, que al fin de cuentas lo que se pondera es la libertad, la igualdad y la fraternidad. Que cada cual los ponga en su orden, pero se tenga en cuenta que no es solo cosa de franceses.