Opinión | El desliz

Una infanta de alquiler

Puede que la Princesa de Asturias portara unos pendientes de dos mil euros, unos zapatos caros y un traje de sastre cosido para la ocasión, que para eso era la protagonista, pero su hermana aporta su grano de arena a la salvación del ecosistema

La princesa Leonor jura la Constitución en el Congreso

La princesa Leonor jura la Constitución en el Congreso / JuanJo Martín

Mi madre se casó de corto y de oscuro, iba preciosa con un sombrerito tipo casquete. Cuando un día le pedí que me lo dejara probar me contestó que no era suyo. Lo había alquilado para una fecha tan señalada, igual que el bolso y los guantes, como muchas novias en aquel tiempo. Estrenar era un placer escaso en plena dictadura franquista. Si tenías que elegir entre el recuerdo entrañable de un adorno propio y rematar la letra del piso, la decisión no era difícil. Por un motivo diferente a la amenaza de los números rojos asistió la infanta Sofía a la jura de la Constitución de su hermana Leonor la semana pasada con un vestido arrendado: la Familia Real se ha sumado a la tendencia del lujo sostenible, se encargaron de difundir desde la corte a bombo y platillo. Quien piense que ambos conceptos casan tan mal como chanclas con calcetines se equivoca y no está a la última en la onda pijippy. La segunda hija de los Reyes llevaba un vestido valorado en 1.770 euros, pero como lo contrató para un par de días en una firma de alquiler de ropa y complementos de marcazas pagó 268. Tal vez por ese montante hubiera encontrado algo igualmente mono y un poco más abrigado, que hay que ser muy negacionista del cambio climático para ir de verano en pleno otoño madrileño, pero no se trata de poner el foco en detalles, sino de la clara apuesta de la Zarzuela por economía circular y la moda reciclable. No hace falta acumular trapos exclusivos, una lección de conciencia planetaria que ríete tú de Greta Thumberg. Puede que la Princesa de Asturias portara unos pendientes de dos mil euros, unos zapatos caros y un traje de sastre cosido para la ocasión, que para eso era la protagonista, pero su hermana aporta su grano de arena a la salvación del ecosistema. Y su madre repite vestido, un vintage de Carolina Herrera de precio imposible de calcular, otra lección de contención en los tiempos inflacionistas que corren. Aceptemos por último que lucir las tiaras de diamantes de las antepasadas es más sostenible que comprar joyas nuevas.

No creo que las mujeres de la realeza vayan a ser a partir de ahora clientas de las tiendas de segunda mano de Cáritas o de las aplicaciones de reventa, ellas se lo pierden. Nosotras llevamos décadas practicando calladamente la economía circular que parecen haber inventado las influencers y las adineradas. Desde la semana pasada, cuando acabó el veroño, miles y miles de bolsas reutilizables del supermercado llenas de prendas que se han quedado pequeñas rulan de domicilio en domicilio de este país, a la búsqueda de niños que las puedan emplear. De los altillos, los trasteros y de dentro de los canapés salen sacos de plástico llenos de ropas y zapatos de los hijos de las amigas guardados a la espera del momento oportuno. Pocas cosas dan más gusto que ir fatal de pantalones de chándal porque esta niña otra vez ha pegado el estirón, y encontrar cuatro o cinco embalados pulcramente en un rincón de armario. Te paso un plumas de la talla 14 que el crío tiene dos, y quince camisetas de manga corta. Ni en tres vidas se pondrá doce vaqueros, toma también camisas de vestir casi sin usar. Eso es economía circular y lo demás, cuentos de princesas. Ahora que la reina Letizia está de viaje en Dinamarca, puede aprovechar para traerse un bolsón de ropa de Mary Donaldson, que tienen casi la misma talla, y dejarse de alquileres, que mandan un mensaje equívoco. Quién va a querer comprar un jefe del Estado para siempre si puede elegir uno para cuatro años, y después devolverlo y estrenar otro.