Opinión | Un carrusel vacío

Viscoso, pero… ¿sabroso?

Viscoso, pero… ¿sabroso?

Viscoso, pero… ¿sabroso?

Revisando hace unos días la prensa de las últimas semanas, me topé con una noticia que me produjo escalofríos: “Multa de 13.000 euros para la empresa que sirvió larvas de gusano en menús escolares de La Rioja”. Durante unos segundos, se me pasó por la cabeza la absurda idea de un menú especial de Halloween, más realista que de costumbre, en el que los cocineros se hubieran pasado de extravagantes, intentando homenajear la cena de manjares infernales –alacranes, víboras, uñas…– que la estatua del difunto Comendador ofrece a Don Juan en El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina.

En realidad, lo que ocurrió es que habían servido un plato de pasta en mal estado y los gusanos aprovecharon para criar allí. Un error humano, ocurrido el pasado 22 de septiembre, que pagaron los centenares de escolares de catorce centros distintos, y que ahora ha sido calificado como “infracción muy grave”. Imaginaos ser un alumno y encontrarse ese día en el comedor con un plato de gusanitos, y no precisamente de maíz.

Los comedores escolares siempre han tenido ese puntito inquietante que solo conocemos los que vivimos la experiencia. Hay una especie de submundo con sus propias reglas. En el mío, sabíamos que existían varios nombres para llamar a la misma comida. Un tradicional puré de puerros podía presentarse como “puré de puerros”, “porrusalda” o “crema de verduras”. Así el menú parecía más variado. Me habría gustado conocer al genio que se encargaba de diseñarlos, porque era todo un alarde de creatividad, ya que ocurría igual, por ejemplo, con la pasta y las legumbres. Cuando nos servíamos, cogíamos un buen puñado de servilletas para meter en ellas una parte de la comida que no nos gustaba. Los días que tocaba yogur bebible, el envase del Danonino o del Actimel nos abría nuevas y repugnantes posibilidades como repositorio de restos. El proceso era sencillo: primero te bebías el yogur, después metías toda la comida que cupiese y, por último, volvías a cerrarlo, antes de dejarlo en la bandeja; todo ello burlando la mirada de los profesores vigilantes. También me hice experta en lo que se denominaba como “los cinco metros lisos”: una carrera hasta las estanterías donde se depositaban las bandejas cuando terminabas de comer, pero corrías para que el profesor de turno no se diera cuenta de que, en realidad, no habías terminado. A veces ocurría que te pescaban en el último momento y te sentías como ese preso que, después de limar los barrotes de la celda y escapar por la ventana, era detenido justo antes de abandonar la prisión. En alguna ocasión recurrí a medidas extremas como empezar comiéndome el yogur y justificarme ante el profesor con ese refrán tan español de “Después de la leche, nada eche”. Descarado, pero creativo.

Ahora me indignaría con mi yo del pasado por comportarme de manera tan caprichosa e inconsciente, por desperdiciar comida mientras mis padres pagaban un dineral para que yo fuera al comedor, ya que ellos trabajaban y no podían recogerme hasta la tarde. Por muy poco apetitosa que resultara la comida. De todos modos, había gente a la que sí se lo parecía. Eran conocidos popularmente como “los buscadores” y aparecían con frecuencia los días en los que tocaba frituras, nunca con el llamado “pescado verde” o con la famosa “porrusalda”. Los buscadores se movían bajo las mesas –había tres mesas muy largas que ocupaban toda la estancia– pidiendo croquetas congeladas o taquitos de merluza del Capitán Pescanova y tú, si no sentías mucha pasión por estos alimentos, se los cedías y, así, ellos continuaban su travesía bajo la mesa, para no ser detectados por los profesores vigilantes. Era una simbiosis perfecta: los buscadores disfrutaban de su fritura extra y tú no dependías de las servilletas por un día.

Lo que sí puedo asegurar es que en mi comedor nunca nos pusieron nada en mal estado. Sé que, desde que yo fui alumna, han cambiado mucho las cosas y ahora los diseñadores de menús escolares se esfuerzan más por lograr una dieta sana y equilibrada. Menos frituras, supongo. ¿Seguirán existiendo los buscadores? Lo sucedido en La Rioja no debe de tratarse de un caso aislado, pero tampoco creo que sea algo habitual. En general, cada vez hay más preocupación por la alimentación. Por eso, leer una noticia como la de las larvas de gusanos en la pasta no puede dejar de impactarnos. Se me ha venido a la cabeza esa escena de El Rey León en la que Timón y Pumba intentan que Simba coma gusanos y este, tras mucho pensárselo, se lleva uno a la boca y, entonces, mientras su rostro se ilumina, exclama aquello de “Viscoso… ¡pero sabroso!”.