Opinión | Observatorio

Georgina Higueras

La diplomacia neootomana de Erdogan

Archivo - Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía

Archivo - Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía / PRESIDENCIA DE TURQUÍA - Archivo

El difícil equilibrio mantenido por Turquía en la guerra de Ucrania –suministra a Kiev los drones Bayraktar, joya de la industria militar turca, pero rechaza las sanciones a Rusia, con la que mantiene un pujante comercio– permitió al presidente Erdogan apuntarse el logro del acuerdo para exportar trigo ucraniano. Las negociaciones han vuelto a retomarse para la renovación y Ankara quisiera extenderlas a la consecución de un alto el fuego.

En las dos décadas que Erdogan lleva al frente de Turquía ha cuadruplicado el PIB del país, al tiempo que lo ha abierto e impulsado su influencia exterior a nivel diplomático, militar, cultural, religioso y humanitario, al ser el país que más refugiados acoge, casi cuatro millones de sirios. El dirigente considera que la situación geoestratégica de Turquía está a caballo no solo de Europa y Asia, sino también de África, lo que convierte al país en un actor fundamental, por lo que se ha dotado de una diplomacia muy activa con la que quiere consolidar su proyección de mediador en el escenario global.

La guerra de Gaza sorprendió a Turquía cuando volvía a mejorar sus relaciones con Israel, dentro del intento de reactivar su papel de socio occidental como miembro de la OTAN desde 1952. La respuesta de Erdogan fue contundente. Ha suspendido todos los contactos con Netanyahu, ha retirado a su embajador, ha acusado a Israel de ser un «Estado terrorista», pero no ha roto relaciones y ha puesto en marcha a todo su cuerpo diplomático para evitar que el conflicto se extienda por la región. El presidente turco afirma que ha recibido cartas de las familias de los rehenes israelís que le piden que negocie su liberación y asegura que hará cuanto esté en su mano por lograr un alto el fuego y por suministrar ayuda humanitaria a Gaza.

En octubre se cumplió el centenario de la fundación de la República de Turquía por Mustafá Kemal, Atatürk (Padre de los turcos), pero con el argumento del duelo por el horror de la guerra de Gaza casi no hubo celebraciones. En realidad, Erdogan solo venera de Atatürk el nacionalismo con que logró expulsar a las tropas extranjeras y levantar la nación de las cenizas del Imperio otomano, pero rechaza el secularismo que impuso. Con la victoria electoral de mayo, que le permitirá otros cinco años de gobierno, todo apunta a que reformará la Constitución para proteger el derecho de las mujeres a llevar el velo en público, incluidas las instituciones estatales.

Turquía realizó importantes reformas para ingresar en la Unión Europea, pero décadas de espera y frustración por el desinterés de Bruselas llevaron a Erdogan a redirigir la diplomacia hacia Oriente Próximo y Asia, mientras cultivaba relaciones con China y Rusia. Quien fuera modelo para millones de jóvenes árabes, que en 2011 soñaron con modernizar sus países e integrar democracia e identidad islámica, emprendió una deriva autoritaria con la guerra de Siria, que removió la cuestión kurda, y el intento de golpe de Estado de 2016 que, según Erdogan, promovió el clérigo integrista exiliado en EEUU Fethullah Gulen.

En estos años de diplomacia neootomana, Turquía ha buscado presentarse como una potencia regional independiente, con una identidad nacional única heredada del imperio, capaz de utilizar el poder duro, con intervenciones en Siria, Libia, Irak y Azerbaiyán, y el blando, con el apoyo a países de lengua túrquica, la construcción de centros educativos y mezquitas y la lucha contra la islamofobia en Occidente. Su influencia se ha hecho palpable en los Balcanes, el Cáucaso, Asia Central, Oriente Próximo y el Mediterráneo.

Erdogan y su Partido Justicia y Desarrollo (AKP) han diseñado una política exterior asertiva, crítica con Occidente y dirigida a ampliar la huella turca, tanto en su entorno como en países que formaron el imperio otomano. El apoyo de Ankara a Azerbaiyán ha sido clave para que este país recuperase el Alto Karabaj, tras décadas de enfrentamientos con Armenia, y los drones turcos juegan un importante papel en Etiopía y Ucrania. Pero la crisis que ha sacudido a Turquía ha forzado la reorientación de esa política para mejorar relaciones con Occidente y conseguir inversiones para relanzar la economía. En esta estrategia es prioritaria la contención de la guerra de Gaza y Erdogan tendrá que hacer uso de su mejor diplomacia.