Opinión | La espiral de la libreta

‘Goodbye, mister Kissinger’

Henry Kissinger, durante una intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, en el año 2013.

Henry Kissinger, durante una intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, en el año 2013. / Reuters

U n adolescente alemán, maltratado en el colegio por judío, emigra con su familia a Estados Unidos en 1938 huyendo del nazismo. Encuentra empleo en una fábrica de brochas de afeitar. Estudia en Harvard. Con su privilegiado cerebro analítico, logra encumbrarse en el mundillo académico. Da el salto a la política. Como secretario de Estado (con Richard Nixon y Gerald Ford), se convierte en uno de los hombres más influyentes del siglo XX. Una vez retirado, aprovecha sus contactos para hacer del asesoramiento sobre política exterior un negocio muy lucrativo. Y muere a los 100 años con la cabeza en la plenitud de sus sinapsis. Como trayectoria no está nada mal. Hablamos de Henry Kissinger, a quien se le tributará en breve un homenaje público en la ciudad de Nueva York.

¿Monstruo o genio de la diplomacia? A estas alturas no tiene sentido colocarle una etiqueta excluyente, puesto que ambas facetas convivieron en él. Pero sorprende el poder rehabilitador del paso del tiempo, hasta el punto de que verter una crítica sobre su figura en Estados Unidos coloca al emisario en la trinchera de la izquierda radical. Entre las escasas voces disonantes, apenas la de la revista Rolling Stone, que ha publicado su obituario bajo el siguiente titular: ‘Henry Kissinger, criminal de guerra amado por la clase dominante estadounidense, finalmente muere’. Se referían, claro, a los bombardeos masivos y secretos en 1969-70 sobre la Camboya entonces neutral, donde se escondían las fuerzas del Vietcong (50.000 civiles muertos). O a su implicación, a través de la CIA, en el golpe que derrocó a Allende en Chile. O al respaldo a la dictadura militar argentina. Maestro de la realpolitik, una suerte de maquiavelismo moderno. Suya es una frase que parece de Marx (Groucho): «Lo ilegal lo hacemos de inmediato; lo inconstitucional tarda un poco más».

Los méritos

El acercamiento a China representó una jugada maestra de gran estratega. La presión sobre Leonid Brézhnev, en la época del estancamiento soviético, fue decisiva para acelerar la distensión con la URSS, de la misma forma que la diplomacia de lanzadera, ese ir y venir entre partes enfrentadas, allanó el camino para los acuerdos de Camp David. Pero resulta significativo que los tres grandes logros de Kissinger (con China, la URSS y Oriente Medio) se hayan desmoronado 45 años después de que abandonara el cargo. O dicho de otra forma: parece que no hayamos despegado las botas del barro de los años 70.

¿Otro mérito? Tal vez Europa, que nunca le importó un bledo. Se esforzó por mantenerla bajo la tutela estadounidense y a Alemania atada en corto. Al gran diplomático se le atribuye otra frase memorable: «Si quiero hablar con Europa, ¿a quién llamo?»