Opinión | Observatorio

Gemma Altell

Responsabilidad, educación y móviles

Una joven utiliza su teléfono móvil.

Una joven utiliza su teléfono móvil. / EP

Hace unas semanas se abrió un debate relevante en relación con el uso de los móviles antes de los 16 años. El debate se genera fruto del compromiso de un grupo de familias que tienen la voluntad de ponerse de acuerdo con respecto a las normas de uso del móvil con sus adolescentes. Como casi siempre, cuando el debate se viraliza y salta también a la primera página de los medios tradicionales, este se vuelve binario y, por tanto, a menudo simplista. Es importante que el Consejo Escolar del Gobierno esté priorizando en la agenda esta cuestión y, en consecuencia, pueda decidir cómo regular este uso antes de los 16 años; pero sobre todo lo es porque nos permite profundizar, adoptar medidas más allá de la regulación en los centros escolares y tratar de concienciar a las familias y la sociedad en general sobre estos usos.

Los adolescentes y la infancia antes de los 16 años no tienen todavía desarrollada toda su capacidad neurológica, pero tampoco de pensamiento crítico, para tomar conciencia de lo que significan los diferentes usos y abusos de los móviles. Es importante, pues, limitar y acotar su uso. Sabemos que cualquier regulación (en cualquier ámbito de la vida) que signifique prohibición –especialmente en la etapa adolescente– incentivará el interés por transgredir, a menos que vaya acompañado de un trabajo educativo (de toda la comunidad educativa) que acompañe a los adolescentes a incorporar los porqués de la regulación y las ventajas de esta. Esto, en mi opinión, debería significar no una prohibición total sino una prohibición en algunas situaciones y un uso supervisado en otras. ¿Por qué no una prohibición total? Porque no podemos analizar la sociedad de hoy con reglas o lógicas de hace 40 o 50 años. Es evidente que la sociedad digital en la que vivimos y viviremos está dentro de un paradigma diferente que requiere abordajes educativos diferentes. En este marco será importante acompañar progresivamente a niños/as y jóvenes en el uso de las tecnologías con una mirada crítica. Para ello serán necesarios recursos, compromisos y responsabilidad que permitan un seguimiento regular, diario, profundo y adaptado a la edad. Por eso es tan importante ampliar el debate más allá de «regulación o prohibición sí o no»; es un pensamiento mágico creer (al igual que hacemos con el porno, por cierto) que el simple abordaje legal o regulatorio conseguirá cambios en nuestros/as jóvenes. Cualquier medida siempre requerirá una intervención educativa para generar cambios, y estos nunca pueden ser fruto de pensamientos nostálgicos, sino que necesariamente requieren entender las claves del momento en el que vivimos.

El segundo pilar relacionado con esta cuestión son las familias; estas son referentes educativos y de modelado de primer orden. Decir, ante todo, que me parece una iniciativa valiente e interesante de las familias que están trabajando para ponerse de acuerdo y consensuar criterios respecto al uso del móvil. Sobre todo, es importante porque obligará a las familias a poner este compromiso en el centro de la educación de sus niñas/os y jóvenes y, por tanto, necesariamente a analizar también sus propios usos y los usos en el seno de los entornos familiares y domésticos. Esta es una cuestión importante; no hay que volver a caer en el esquema adultista, responsabilizando a los adolescentes de unos aprendizajes que han hecho a partir del mundo adulto. Si realmente nos queremos comprometer con un uso más reducido y diferente del móvil deberemos hacerlo también nosotros. ¿O es que pensamos que nosotros no tenemos nada que revisarnos sobre los usos digitales que hacemos, en fondo y en forma? Resulta paradójico pensar que la mayoría de las personas adultas que tenemos hijos e hijas adolescentes y nos hemos educado en un mundo analógico tenemos mayor capacidad para entender el mundo digital que ellos y ellas. Como decía, es evidente que la madurez personal, la edad y la experiencia vital significativa nos permiten acompañar a los niños y jóvenes también en los usos digitales, al igual que lo hacemos –o deberíamos hacerlo– en muchos otros ámbitos como la sexualidad, pero también es cierto que es necesaria la humildad y la capacidad de escucha para aprender de ellas y ellos. Por tanto, la mejor receta para acompañar a las personas adultas del mañana será, como casi siempre: educación, compromiso, responsabilidad y coherencia, hasta donde este mundo líquido nos permita.