Opinión | Arenas movedizas

Jorge Fauró

Podemos, tocata y fuga

La secretaria general de Podemos, Ione Belarra.

La secretaria general de Podemos, Ione Belarra. / EFE

En una de las trayectorias más fugaces de la política española, junto a aquella degradación ideológica en que derivó Rosa Díez con la UPyD o el visto y no visto de Ciudadanos, a Podemos le han bastado 10 años (se cumplirán el próximo enero desde su nacimiento) para incorporarse a la lista de parias. Sus cinco diputados en el Congreso son oficiosamente tránsfugas al abandonar la formación por la que se presentaron a las últimas elecciones generales y pasar al Grupo Mixto, donde compartirán espacio con BNG, UPN y Coalición Canaria, singular combo.

A Podemos le han podido las urgencias, la falta de disciplina, el pensamiento único y el arrebato, males mayores que tradicionalmente amenazan con dinamitar el funcionamiento ordinario de cualquier partido con aspiraciones de cambiar la sociedad y del que a lo largo de la historia se han ido reponiendo el PSOE y el PP, cuya trayectoria está jalonada de facciones contrapuestas, corrientes, familias y sectores críticos, a pesar de los cuales, las siglas han sobrevivido a intereses particulares y diferencias ideológicas.

No hay más que recordar los sustantivos con que socialistas, populares y medios de comunicación han ido bautizando el elenco de nombres nacidos de la oposición al aparato: guerristas, felipistas, renovadores, aznaristas, casquistas, etcétera, subdivisiones dentro de una misma familia que a Podemos apenas le han durado medio asalto desde que el Parlamento otorgó su confianza al nuevo gobierno. En el caso de la formación morada, el aparato ha sido superado por las corrientes –nunca más apropiado el término tsunami– y el primero ha roto por las bravas en lo que presupone un gesto de debilidad. De 69 diputados en 2015 a 5 en 2023 de entre los 31 que obtuvo Sumar.

Rotos en la mayor parte de las autonomías –la última, Madrid–, en Podemos todo se reduce a Irene Montero o el vacío, es decir, Ione Belarra o la nada, es decir, Pablo Iglesias o el abismo. Y en ese maniqueísmo han ido cayendo en apenas un decenio aquellos que se atrevieron a disentir: Luis Alegre, Pablo Bustinduy, Íñigo Errejón, Ramón Espinar, Carolina Bescansa, Rita Maestre, Mónica García y una larga lista de hombres y mujeres con talento de la que debe presumirse que no todos estaban equivocados. Hoy Podemos es un partido en fase de desguace.

Dispuestos a morir matando, los cinco diputados tránsfugas están dispuestos a vender cara su inmolación. Es una cuestión numérica. Pedro Sánchez deberá contar necesariamente con sus votos para sacar adelante iniciativas esenciales para la legislatura, empezando por los Presupuestos Generales del Estado, lo que sitúa al partido de Belarra, Montero e Iglesias en una posición chantajista. No es sino chantaje lo que se deduce de su pase al Grupo Mixto. La doctrina Puigdemont: o nosotros o el caos. El chantaje es la primera norma del tránsfuga y un balón de oxígeno para Núñez Feijóo, que temporalmente puede levantar la vista de los ayusistas.

La aportación de Podemos a los últimos gobiernos progresistas es innegable en materia de igualdad, feminismo, derechos sociales y mejoras laborales, un inventario de avances que funcionó como muro frente a las derechas y ejerció de contrapeso al inevitable posicionamiento del PSOE en el centro, donde se ganan las elecciones. Nada hace sospechar que Sumar no vaya a hacer lo mismo. Pronto se han rendido en Podemos. Su fuga, ni siquiera consultada a las bases, devalúa su herencia. En menos de diez años han contravenido el principio esencial de la ética que apuntaló su fundación y abrazado la casta que venían a combatir.