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Análisis ¿Great Britain or little England?

¿Los ingleses vienen o se van?

Los escoceses podrían evitar que los ingleses terminen por salir de la Unión Europea

¿Los ingleses vienen o se van?

¿Los ingleses vienen o se van?

Suele decirse que los ingleses a veces se pasan de soberbios, pero también hay que reconocerles y lo han demostrado a lo largo de su historia, que son un pueblo tan inteligente como pragmático. Son más de usar la cabeza que el corazón. Lo que junto a su audacia llevó a este pequeño país, en una esquina de Europa, a dirigir el mundo durante más de un siglo. Se consideran la cuna de la democracia y del pensamiento científico, que llevó a la revolución industrial. Justo este año, se cumple el 800 aniversario de la Carta Magna, la declaración en que el soberano de Inglaterra cedió importantes poderes a la asamblea de los nobles y puso la primera piedra del parlamentarismo moderno.

La vox rei dejó de ser vox dei. Y la voz de Dios pasó a ser la vox populi. La voz del pueblo era la depositaria del poder de la Nación y, por tanto, de la soberanía popular. Pero la experiencia y la historia enseñaron a los ingleses que los pueblos, cuando deciden, muchas veces aciertan y algunas veces se equivocan. Inventaron así el relativismo: no hay verdades absolutas, solo relativas. Todos se puede discutir y a nadie se le puede impedir dar su opinión. No por casualidad fue un parlamentario inglés el que dijera: "No estoy de acuerdo con su opinión pero daría la vida para que usted pudiera expresarla". Los temas se discuten, después se votan y se deciden. El único árbitro es la mayoría. Y aunque la mayoría no siempre acierte, suele hacerlo más veces que cuando se equivoca.

Por eso, cuando los ingleses definen la democracia no utilizan idealismos retóricos. Observen, escuchen y analicen cada palabra de lo que dicen: "La democracia se basa en la sospecha que la mitad más uno de los ciudadanos suele acertar al menos la mitad más una de las veces". Es decir, solo se sospecha que el sistema tiene un nivel de aciertos superior a cualquier otro, pero con eso es suficiente. Y de esta convicción logran esta mezcla antológica de sutileza, relativismo y pragmatismo.

¿Acertaron esta vez?

Si el pueblo inglés acertó esta vez, solo el tiempo lo dirá. Pero muchas dudas e interrogantes se abren a partir del resultado de las elecciones del pasado jueves en el Reino Unido. No eran unas elecciones más. Sin duda fueron las más importantes que se han celebrado en este país en las últimas décadas. Había que decidir sobre cuestiones claves para el futuro del Reino Unido y de Europa: ¿cuál es el modelo económico más adecuado para salir de la crisis? ¿Y a qué modelo de sociedad nos lleva? ¿Gran Bretaña debe aceptar el actual proyecto de Unión Europea? ¿Debe frenarlo y si no salirse? ¿El Reino Unido, compuesto por cuatro naciones: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte, debe seguir unido sobre un modelo centralizado o hay que descentralizarlo? ¿Cuál es el papel de este país en el nuevo mundo que se abre? ¿Puede seguir siendo un gran poder global o tiene que aceptar ser solo un importante poder regional dentro de la Unión Europea?

Demasiadas preguntas difíciles y confusas para poder decir si el pueblo británico acertó en estas elecciones con las respuestas. Si pensó en el futuro o se dejó arrastrar por las nostalgias del pasado, algo tan inglés. En los momentos difíciles de miedo e incertidumbre, los pueblos tienden más a conservar que atreverse a avanzar. "En tiempos de tribulación -ya decía Ignacio de Loyola- no hagas mudanzas".

Los conservadores de David Cameron recogieron la cosecha de miedo al cambio que habían sembrado. Consiguieron 316 diputados, muy cerca de la mayoría absoluta. Son los grandes triunfadores. Y si necesitaran algunos diputados más para completar la mayoría, los obtendrían de los liberales, que son los grandes derrotados con solo diez diputados. La lección ha vuelto a repetirse una vez más, como pasó en Alemania con la coalición de gobierno de la democracia cristiana y los liberales: acaban siempre con la derrota del más pequeño, el pez grande se come al chico. ¿Pasará eso en España si se produjera la coalición del Partido Popular y Ciudadanos, los dos equivalentes de los populares y liberales europeos?

La segunda lección es la gran derrota de los socialistas, el Labour. La izquierda británica propuso un cambio profundo del modelo económico y del modelo de sociedad. Combatían la austeridad, la precarización, los bajos salarios y los recortes de los grandes servicios públicos, en especial la sanidad. La campaña se centró mucho en este debate. Y por lo que se ve la mayoría de los ciudadanos pensó que la propuesta de los laboristas era gastar y no siempre de forma eficiente, como había ocurrido otras veces. Y, en consecuencia, se verían obligados a subir los impuestos a las clases medias. Es decir, el debate clásico que también ya se está produciendo en España y que los ingleses llaman elecciones tax and spend, impuesto o gasto. Como explica el resultado electoral, los británicos apostaron por la resignación y no por la ambición: mejor sacrificar bienestar social, que ofrecían los laboristas, y optar por el crecimiento económico, que ofrecían los conservadores. Pero los conservadores también proponían otras cosas que, de paso, se aprobaron.

¿Dentro o fuera de Europa?

Cameron, aprovechando el creciente euroescepticismo con que los ingleses miran a la actual Europa, dirigida por Alemania, planteó abiertamente renegociar la relación del Reino Unido con la Unión Europea. Lo que llama la repatriación de poderes. Presentó un largo documento, Balance de competences, en el que se plantea que la Unión Europea debe devolver al Reino Unido un conjunto de competencias cedidas por los trabados europeos. Competencias en política laboral, inmigración, control de mercado interno, regulación y supervisión bancaria. Es decir, lo que molesta a la City, sin duda el gran poder de la Inglaterra de hoy.

Lo que los conservadores plantean significa, sin duda, la paralización del proceso de Unión Europea. La ralentización de la unión fiscal, económica, bancaria y, en definitiva, política. Y coloca al proceso de Unión Europea ante un grave conflicto que le pueda llevar a una profunda crisis. Pero David Cameron amenaza con la devolución de poderes o irse de la Unión. Y para ello ya ha prometido convocar un referéndum en 2017 para que los británicos decidan si se van o se quedan.

Pero británicos son también los nacionalistas escoceses, que han logrado en estas elecciones una aplastante mayoría en Escocia, liderados por la curiosa y simpática señora Nicola Sturgeon. Por cierto, con un carácter y estilo muy distinto a nuestro Artur Mas. Quizá por ello obtuvo 58 de los 59 diputados que se elegían en Escocia.

Pero si los ingleses amenazan por un lado, los escoceses amenazan por el otro. Unos con irse de Europa y los otros con irse del Reino Unido, si ésta abandona la Unión Europea. Situación paradójica que nos lleva a que los europeos tengamos que agradecerle a los nacionalistas escoceses la posibilidad de que los ingleses no terminen por meter a Europa en un lío mayor del que ya está. Aunque si estamos hablando de ingleses, las amenazas no siempre se cumplen. Son negociables. En la política inglesa hay otro dicho que se puede aplicar en este caso: "Las promesas no están para cumplirlas, a no ser que uno se las crea".

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