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La incubadora de vida submarina

Los investigadores del IEO regresan de su 30 campaña para estudiar el volcán de El Hierro

La incubadora de vida submarina

La incubadora de vida submarina Verónica Pavés

Hace diez años, el volcán Tagoró decidió despertar de un largo y profundo sueño para ver lo que había más allá. Cuando rompió su cascarón, en el fondo del Mar de Las Calmas, en El Hierro, Tagoró destruyó todo a su paso. La lava submarina cubrió los suelos de uno de los ecosistemas más ricos de los alrededores de la Isla, y los gases que empezó a emitir para poder emerger del fondo acabó con la vida de miles de peces y otras especies que habían construido su hogar en la Reserva Marina del Mar de Las Calmas. Durante seis meses Tagoró mostró su cara más agresiva, causando daños materiales, obligando a la población de La Restinga a huir de sus hogares y recordando a los isleños que Canarias sigue siendo volcánicamente activa.

Diez años después, Tagoró se ha convertido en un volcán amable. Más que eso, incluso. El volcán herreño es una verdadera incubadora de vida que ha creado a partir de la nada un vasto ecosistema propio y único. Así lo han determinado los investigadores del Instituto Español de Oceanografía (IEO) que hace apenas unas semanas regresaron de su primera campaña anual en las inmediaciones del volcán. Bajo las siglas de Vulcana y la coordinación del oceanógrafo del IEO, Eugenio Fraile, el grupo de investigadores ha vuelto a El Hierro en el buque Ángeles Alvariño para encontrarse, una vez más, con detalles impresionantes sobre la evolución del volcán. Unos datos que permitirán seguir ampliando la extensa literatura que este grupo sostiene sobre sus espaldas en lo referente a este sistema hidrotermal y vulcanológico submarino.

La incubadora de vida submarina

Para un sistema científico como el español –que se sustenta en una esquelética financiación–, lo que ha conseguido Vulcana es todo un hito. «Llevamos 10 años cogiendo datos de manera ininterrumpida», señala Fraile, que recuerda que eso significa una década de «financiación, buque y materiales», algo impensable para la mayor parte de la ciencia en nuestro país. Se ha logrado mantener la serie de datos incluso durante la pandemia, dado que después de varios parones a la llegada de los buques oceanográficos a Canarias –primero por problemas burocráticos y luego por el confinamiento–, en diciembre finalmente el grupo consiguió zarpar. «Esto se ha logrado gracias al esfuerzo de la institución, del IEO», insiste Fraile, que en esta última década ha asistido a 30 campañas donde el volcán Tagoró ha ido mostrando sus diversas caras.

La incubadora de vida submarina

La incubadora de vida submarina Verónica Pavés

«Nos sorprende cada vez que vamos», asegura el investigador. La última de esas sorpresas llegó justamente este diciembre. Tras casi un año sin acudir a comprobar cómo se encontraba el volcán submarino, «vimos unos niveles anómalos de actividad». El volcán se había desperezado y al estirarse había empezado a soltar algo más de gases y a aumentar su temperatura. «Eran anomalías más grandes de las que nos tiene acostumbrados, pero todas dentro de la normalidad», resalta Fraile. A pesar de estar dentro de esos parámetros usuales, el investigador recuerda que incluso llegaron a informar a las autoridades a través del Plan de Emergencias Volcánicas de Canarias (Pevolca). «Cuando volvimos este mes, los niveles habían vuelto a la normalidad», resalta el oceanógrafo.

Un fertilizante natural

Sin embargo, la palabra normalidad no adquiere el mismo sentido cuando se habla de Tagoró. Cierto es que cuando llegaron, el volcán se había calmado, pero eso permitió al grupo centrarse en otra característica del volcán que llevan años describiendo teóricamente. «Queríamos comprobar si los gases y nutrientes que está emitiendo continuamente Tagoró y que fertiliza el agua a su alrededor, estaban siendo captados por los organismos», señala Fraile. Lo que hallaron es que la montaña submarina no solo tiene esa capacidad de gestar vida, sino que además, la retiene a su alrededor para protegerla. «Muchos científicos pensaban que la Corriente de Canarias influía en los alrededores del volcán, llevando a toda esa vida marina de un lado a otro, pero no es así», indica Fraile. Y es que Tagoró se las ha ingeniado para proteger de las desavenencias exteriores al fitoplancton que crece a su alrededor –el principal reclamo de los peces y otras especies marinas que deciden establecerse en la zona–. «El volcán emite agua caliente que es menos densa y sube, y eso genera células convectivas sobre él que ayuda a que los organismos se queden encerrados», subraya el investigador. En otras palabras, Tagoró ha creado por sí mismo una incubadora submarina con la que no permite que el agua del exterior se mezcle con su ecosistema único.

«No sucede siempre, se detiene de manera intermitente y algún organismo escapa», afirma el investigador, que indica que, si no fuera así «veríamos una gran mancha de microalgas siempre en su superficie». Sin embargo, lo cierto es que es este mecanismo es predominante y es el que está logrando que este rincón sea el más frecuentado por los pescadores herreños. Como curiosidad, desde hace años los investigadores han desechado el uso del GPS para localizar el cráter de Tagoró. No es intuición, ni tampoco una orientación sobrehumana lo que les lleva hasta allí, sino el cúmulo de barcos de pesca que eligen anclarse cerca del volcán por la enorme riqueza biológica que desprenden sus aguas. «Allí se consiguen diez veces más presas que en otros lugares», explica Fraile. No en vano los trabajos científicos que se realizan desde el Ángeles Alvariño siempre acaban rodeado de cientos de pequeñas embarcaciones, posiblemente porque «nadie sabe más del mar que los pescadores».

La incubadora de vida submarina

Una nueva especie única

En ese intento de preservar su propio ecosistema, el volcán ha conseguido incluso atraer a especies que jamás se habían identificado. «Existe una bacteria única en el mundo que es capaz de fijar el azufre –Thiolava veneris– y que solo se ha encontrado aquí», señala el oceanógrafo. Conocida como cabello de venus por su color blanco y sus filamentos, la bacteria se recogió y se trasladó directamente a los laboratorios de la institución en la Dársena Pesquera de Santa Cruz de Tenerife, donde se pueden estudiar sus características en cualquier momento.

Sin embargo, si algo han aprendido los científicos en estos últimos diez años de relación es que cada vez que Tagoró da una respuesta produce irremediablemente otras cientos de nuevas preguntas. Esta es la razón principal por la que han querido ir más allá en su monitorización. «Hasta ahora hemos estado recabando datos dos veces al año», recuerda Fraile, que asume que realizar una monitorización casi en tiempo real es complicado y costoso. «No podemos estar cada mes poniendo instrumentación en el volcán», asevera. Sin embargo, el ingenio de los científicos ha permitido dar un vuelco a la situación. En esta última campaña, el equipo de investigación del IEO ha sumergido varios medidores en el interior del cráter submarino que se quedarán ahí hasta la próxima campaña –fechada en noviembre– para recabar datos. Lo han hecho gracias a una gran roca artificial –de un metro por un metro – en la que han incluido sensores de temperatura, conductividad, presión, pH, potencial redox así como un hidrófono y un geófono.

Con todos estos datos y los que se recabarán en un futuro, los científicos seguirán aportando piezas a ese gran puzle que trata de dilucidar cómo se formó el Archipiélago. Para ello, los investigadores apuestan por ampliar la búsqueda de volcanes submarinos a toda la geografía canaria. «Lo que queremos es ir isla por isla para estudiar cómo está el proceso hidrotermal en cada una de ellas», indica Fraile. La próxima parada está entre Gran Canaria y Tenerife, en el conocido volcán de enmedio. A pesar de los desacuerdos entre los vulcanólogos y sismólogos, el oceanógrafo asegura que lo que existe entre ambas islas capitalinas es un volcán –aunque aún no hayan quedado claras sus posibles consecuencias–. «Es muy profundo, está a unos 1.600 metros de profundidad», explica el experto, que señala que su cráter es circular y su montaña está cortada de una manera que hace que el edificio volcánico, a ojos del oceanógrafo, sea realmente bonito

Hoy en día, el hecho de que el volcán Tagoró haya decido salir del fondo submarino pero no llegar a sobrepasar la superficie es una de las mejores cosas que le pudo haber pasado a la ciencia canaria. «Gracias a que no llegó a salir hemos podido desarrollar la vulcanología submarina, que hasta ahora era una gran desconocida», señala Fraile.

Los descubrimientos que se han realizado en los últimos diez años en las aguas herreñas han permitido posicionar a Canarias en un lugar de la ciencia en el que ni siquiera era consciente de que podía existir. «Como Canarias no tiene fallas, ni interacción con las placas tectónicas – se encuentra en medio de la placa africana– se ha asumido que tiene poca actividad volcánica submarina», recuerda Fraile. Una circunstancia que corrobora que la erupción de Tagoró es una demostración más de que «la ciencia es caprichosa».

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