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Los ángeles de María Eugenia

Un aparato que permite realizar la función respiratoria y oxigenar la sangre salva la vida de una paciente de 19 años con Covid, que pasó 53 días en la UMI del Insular

De izquierda a derecha, el doctor José Blanco, la fisioterapeuta Sonia Galván, María Eugenia Sosa, Milva Díaz y el doctor Luciano Santana, en el Hospital Universitario Insular de Gran Canaria. Juan Castro

A veces, ser joven y presentar un buen estado de salud no es suficiente para impedir que el SARS-CoV-2 ponga en jaque la vida de un paciente. Y es que este virus ha demostrado tener un comportamiento impredecible, por lo que se hace necesario emplear todas las armas que estén al alcance. Precisamente, el sistema de Oxigenación por Membrana Extracorpórea (ECMO, por sus siglas en inglés) fue lo que le salvó la vida a María Eugenia Sosa, una joven que celebró su 20º cumpleaños el pasado martes, y a la que el microorganismo la obligó a estar 53 días en la Unidad de Medicina Intensiva (UMI) del Hospital Universitario Insular de Gran Canaria. «Estoy muy agradecida. Para mí, los profesionales que me han atendido son mis ángeles», afirma esta estudiante del segundo curso del Grado Superior en Gestión de Alojamientos. 

Un ECMO es, a grandes rasgos, un aparato que permite realizar la función respiratoria y oxigenar la sangre. No obstante, tal y como indican los facultativos, solo puede usarse en casos muy concretos. De hecho, en el transcurso de las cinco olas de la pandemia, los médicos del complejo capitalino solo han recurrido a él en tres ocasiones para tratar a pacientes que han sufrido cuadros graves de Covid. «En el caso de María Eugenia, estudiamos muchísimo la opción de emplearlo, pero llegamos a la conclusión de que había que hacerlo. Hay que tener en cuenta que solo puede aplicarse en pacientes muy bien seleccionados y que, por supuesto, consideramos que son recuperables», explica el doctor José Blanco, especialista en Medicina Intensiva en el citado centro hospitalario. 

María Eugenia ingresó en el área de críticos el pasado 29 de julio, tras haber permanecido una semana en la octava planta del Hospital Universitario Materno Infantil de Canarias. Al principio, se le administró oxígeno por medio de gafas nasales de alto flujo –un mecanismo de ventilación mecánica no invasiva–, pero la neumonía Covid que sufría se agravó y hubo que intubarla. Sin embargo, la paciente, que en ese momento tenía 19 años, seguía manifestando claras complicaciones para respirar. 

Los médicos solo han recurrido al ECMO en tres ocasiones para tratar a pacientes con coronavirus

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Fue entonces cuando los doctores apostaron por colocarla en posición de decúbito prono –boca abajo y con la cabeza de lado– para intentar mejorar sus niveles de oxigenación. A pesar de todo, los parámetros no eran adecuados. «Estaba en peligro su vida y había que tomar decisiones», recuerda el intensivista. 

A partir de ahí, entró en juego el que debe ser, en palabras del doctor, «el último recurso» para abordar la insuficiencia respiratoria: el ECMO. «Esta máquina mantiene una circulación extracorpórea durante días y puede llegar a producir infecciones e, incluso, hemorragias», detalla el profesional. 

A través de este sistema, se consigue que la sangre pase por unas cánulas. Después, un aparato la oxigena y se la devuelve al paciente. El mecanismo es complejo, por lo que para llevar a cabo el procedimiento, los intensivistas se apoyan en los servicios de Cirugía Vascular y Hemodinámica. «El Insular-Materno Infantil lleva tres años utilizando el ECMO en múltiples procesos de donación en asistolia, postoperatorios de cirugías cardíacas y algunos casos de shock cardiogénico», señala Blanco. «A raíz de la llegada de la pandemia», prosigue, «se ha aplicado también para tratar los fallos respiratorios que se nos van de las manos». 

En concreto, María Eugenia, que ha sido la paciente con coronavirus más joven a la que se le ha aplicado la terapia en el Insular, permaneció 14 días conectada a la máquina, lo que la convierte también en la que más tiempo ha pasado dependiendo de esta tecnología para poder respirar .

Posteriormente, comenzó a mejorar y se le practicó una traqueotomía para continuar en la Unidad con otros soportes de ventilación invasivos. Así permaneció hasta el 13 de septiembre. Una semana después, recibió el alta en el área y fue derivada a la planta de Neumología, donde estuvo hasta el 28 de septiembre. «Podemos decir con total certeza que el ECMO fue lo que le salvó la vida», asevera el doctor Luciano Santana, otro de los intensivistas del complejo de referencia del área sur de Gran Canaria que vivió muy de cerca la evolución de la afectada. 

Según confiesa, a pesar de que a lo largo de la crisis sanitaria han asistido a muchas personas jóvenes, el caso de María Eugenia Sosa causó un gran impacto a todo el equipo. «Para nosotros fue muy duro el hecho de ver a una chica de 19 años en un estado tan grave. Algunos tenemos hijos de más o menos su edad y verla todas las mañanas ahí nos afectaba muchísimo», manifiesta el facultativo, quien además asegura haberla tenido muy presente en sus pensamientos al salir del trabajo. «Llegué a soñar con ella en más de una ocasión. Fue un caso especial, en un contexto de la pandemia en el que cada vez llegaban pacientes más jóvenes»

Pero las numerosas vicisitudes acontecidas no han podido borrar la sonrisa del rostro de María Eugenia, que prefiere quedarse con las vivencias positivas. «El personal fue muy bueno conmigo y siempre se preocupó por tranquilizarme. He vivido una experiencia horrible, pero me llevo buenos recuerdos gracias al equipo», apunta, mientras dirige una mirada cómplice a sus salvadores. 

Lo cierto es que en el momento en el que contrajo la infección por SARS-CoV-2, el grupo 12 de la Estrategia de Vacunación, –al que pertenece la joven–, aún no había podido acceder a los sueros contra el Covid-19, por lo que la patología la sorprendió desprotegida. «Tenía cita para el 10 de agosto e ingresé en el Materno el 22 de julio», relata. En la actualidad, debe esperar el visto bueno de los médicos para poder recibir la inyección. 

En base a su testimonio, el temor a contraer la infección por SARS-CoV-2 la impulsaba a tomar todas las medidas de precaución necesarias. «Me cuidaba mucho, pero mi novio dio positivo y yo había estado en contacto con él. Al día siguiente de conocer su resultado, me empecé a sentir mal y ahí empezaron todos los problemas», anota. Su pareja, en cambio, pudo pasar la enfermedad en casa. «En realidad es una lotería y él solo tuvo tos y fiebre», sostiene con asombro. 

«He vivido una experiencia horrible, pero me llevo buenos recuerdos», dice la afectada

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Ahora, lucha por superar las secuelas que le ha causado la propia patología y el hecho de haber pasado tantos días en una cama de críticos. «Al hacer esfuerzos, me canso antes de lo normal. Durante este mes, he tenido desmayos, mareos y taquicardias», lamenta. A esto hay que sumar la pérdida de cabello. «Me han diagnosticado alopecia y van a seguir investigado a ver cómo se puede tratar, ya que, según mi médica de cabecera, está asociada al Covid». 

Para su madre, Milva Díaz, haber vivido desde la distancia la evolución de su hija fue una pesadilla. «Lo más horrible que se puede vivir», precisa. «Fue muy duro verla de lejos el día que le conectaron el ECMO. Salí del hospital y no paré de llorar porque creí que la iba a perder », cuenta esta mujer, que reside en Vecindario junto con María Eugenia y Agustina, otra de sus hijas. Esta circunstancia la llevó a permanecer en cuarentena tras conocer el diagnóstico positivo de la joven en la afección. Afortunadamente, Díaz no se contagió y Agustina no se encontraba en el domicilio en ese momento. «Me pilló vacunada», agrega. 

Los médicos se convirtieron en sus ojos y sus oídos. «Me llamaban todos los días y, cuando ya pude salir, hacíamos reuniones familiares para conocer su evolución. Otras veces, iba al hospital a firmar autorizaciones y me dejaban verla un rato», apostilla. «Aunque llegamos a temernos lo peor en varias ocasiones», reconoce Milva Díaz, «gracias a dios salió adelante». 

Otras de las piezas clave en la recuperación de María Eugenia fueron las fisioterapeutas de la Unidad de Medicina Intensiva del Hospital Insular, Sonia Galván y Nieves Rodríguez. «María Eugenia fue muy buena paciente y siempre tuvo muy buen talante. Tenía muchas ganas de trabajar y eso nos daba mucha fuerza», resalta Sonia, que empezó a tratarla a principios de septiembre. 

La estudiante se encontraba en buen estado a nivel motor, algo que no es habitual en las personas con Covid que permanecen en la Unidad. Además, sus parámetros respiratorios eran óptimos, por lo que el grueso del trabajo estuvo en lograr desprenderla de la ventilación mecánica. «Necesitábamos que fuera capaz de respirar sola. Cuando un paciente lleva muchos días enganchado a estos sistemas de ventilación, se deja llevar por este mecanismo y se acomoda», destaca la fisioterapeuta. 

En realidad, el problema era que María Eugenia aún no era consciente de lo que le había tocado vivir y se pasaba el día con el teléfono móvil sin preocuparse por volver a oxigenar de forma natural. «Me costó mucho que cambiara el chip. Cuando lo hizo y volvió a la vida real, todo fue mucho más sencillo»

Y así, poco a poco, la joven fue dando pequeños pasos que la condujeron a su casa, un lugar al que nunca hubiera regresado si no hubiera tenido a su lado a los que, insiste, son sus «ángeles de la guarda»: los sanitarios. 

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