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Sucesos históricos

Un atropello episcopal

El siete de febrero de 1807 el coche del obispo Verdugo arrolló mortalmente a un niño en la calle de los Reyes, en el barrio de Vegueta

El viejo puente Verdugo, en 1910, hoy desaparecido.

El viejo puente Verdugo, en 1910, hoy desaparecido. H. KURT/FEDAC

Hay quien cree en la intercesión de los santos, pero aquel 7 de febrero de 1807, San Cristóbal, patrón de los conductores, se olvidó de uno de sus protegidos. Monseñor Manuel Verdugo de Albiturría (1749-1816), el primer canario nombrado obispo de Canarias, se dirigía en su carruaje por la calle Los Reyes, en Vegueta, cuando se produjo la tragedia. Bajo las ruedas de su carromato murió el niño Ángel Guerra, de seis años.

1807. Ese temprano año del siglo XIX se llevaba a cabo una remodelación en el sector de la Catedral y la plaza de Santa Ana de la ciudad.

Las obras obligaron a rebajar una parte de la plaza principal y se hacían los pretiles que definirían el recinto para el solaz de una población que se estimaba en diez mil habitantes.

Era sábado aquel 7 de febrero cuando se vio desfilar el coche episcopal sobre el agreste suelo de la calle de los Reyes, en Vegueta, tirado por dos mulas. Un artefacto que trajo un prelado antecesor ante la sorpresa de la ciudadanía, y que Monseñor utilizaba para sus desplazamientos.

Atrás, enfrascado en su abotonado traje y tocado de sombrero, viajaba el obispo Verdugo, entonces de 57 años, cuando al llegar a la altura de la casa número 14, un niño cruzó inesperadamente la calle de callaos menudos. Bajo las ruedas del carruaje quedó atrapado el niño Ángel Guerra, de apenas seis años, uno de los hijos pequeños del matrimonio de Agustín Guerra el Zapatero y de María Pan y Agua.

Nuestro prelado canario sintió rabiar, entre los gritos y llantos de vecinos y curiosos que se acercaron a toda prisa al lugar.

El niño fue llevado al cercano hospital San Martín, pero nadie pudo hacer nada por salvarle la vida. Era la última aventura de Ángel.

El entierro del menor congregó en el convento de San Agustín a una parte de una ciudad que aún estaba encerrada en sí misma

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El suceso causó una gran conmoción entre los vecinos del barrio de Vegueta y lo anota en su diario el comerciante memorialista don Antonio Betancourt (1743-1810), quien cada día iba apuntando las operaciones que realizaba en su tienda de la calle La Peregrina, además de los sucesos, grandes y pequeños, que afectaban a su persona, a sus familiares o a su amigo el obispo Verdugo, pues el accidente mortal ocurrió junto a su casa natal, en la cercana Vegueta.

El entierro del menor se produjo al día siguiente, domingo, y su cuerpo recibió cristiana sepultura en el antiguo convento de San Agustín, según consta en el libro sexto de defunciones de la parroquia del Sagrario Catedral.

"Su muerte fue por haberle matado el coche", afirmaría el colector de la parroquia, Juan de Castro y Henríquez, en el acta de defunción.

Se refería el eclesiástico al coche episcopal, el primero que llegó a Gran Canaria y que junto con el otro carruaje que trajo el Conde de la Vega Grande eran los únicos coches que circulaban por las cuatro calles de la ciudad. Entonces, el sistema de comunicación entre los pueblos, incluso en la capital, estaba formado todavía por caminos sin empedrar ni acondicionar y tan precarios que dificultaban enormemente el transporte rodado escaso.

Retrato del Obispo de Canarias, el grancanario don Manuel Verdugo, a comienzos del siglo XIX LUIS DE LA CRUZ Y RÍOS

Un prelado bienhechor

El canónigo y arcediano de la Catedral, don Manuel Verdugo de Albiturría, fue nombrado obispo de Canarias el 27 de junio de 1796 por el papa Pío VI, según el historiador Julio Sánchez Rodríguez. El grancanario Verdugo creó cuatro parroquias en la isla (San Mateo, Valsequillo, Santa Lucía y Mogán) y fue un bienhechor insigne de la ciudad durante los veinte años de su labor pastoral, destacando el primer cementerio civil y el puente de su nombre que hizo a sus expensas para salvar el barranco del Guiniguada, hoy desaparecido. El puente, de cantería y al parecer diseñado por José Luján Pérez, sustituyó en 1815 a la insegura y endeble pasarela de madera que comunicaba los viejos barrios de Triana y Vegueta y por el que cruzaba con su coche el obispo. Su coste fue de 225.000 reales de vellón y con él, cuenta el historiador José Miguel Alzola en su libro La Rueda en Gran Canaria, "quedaba la ciudad apta para la circulación futura". Considerado un pastor prudente y sabio, falleció el 27 de septiembre de 1816. Su sepultura está en la capilla del Sagrario de la Catedral.

Perspectiva del desaparecido puente Verdugo.

Perspectiva del desaparecido puente Verdugo. FEDAC

La capital de Gran Canaria estaba toda por hacer

La historia de los hombres y mujeres está hecha de retazos de trágicos errores, de la suma de fatales imprevisiones y de importantes retrocesos que, paradójicamente, han permitido mejorar las condiciones de vida y avanzar.

Hizo falta una tragedia como la del carruaje del Obispo Verdugo y otros similares para que la Administración se decidiera de una vez por todas a mejorar las pocas carreteras de la ciudad.

El propio prelado pagaría de su bolsillo el puente de piedra, de tres ojos y con joroba, que llevaría su nombre.

Y es que el aspecto urbano de la ciudad en aquel comienzo del siglo XIX estaba todo por hacer. "Como desconocían la policía urbana, poco les importaba el deterioro y desaseo de las calles ni la falta de aceras y de alumbrado público, ni que los frontis de las casas fueran ridículos y asquerosos; ni concebían la necesidad de paseos y arbolado, y menos aún, de fondas o posadas, ni de casino y teatros", aseguraba don Domingo José Navarro, nuestro enternecedor cronista, médico y escritor, sobre aquellos instantes de Las Palmas. Sus artículos en el Diario de Las Palmas formaron luego sus famosos Recuerdos de un noventón. Hoy la ciudad cuenta con una calle a su nombre.

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