Si el mar está bravo, el vaivén del agua hasta la orilla se convierte en el impulso de las olas que crecen para arrojarse con furia hacia la tierra. El dios del océano parece entonces surgir desde las profundidades entre la espuma que forma el oleaje, marcando con su tridente la fuerza de su enorme poder. Es este momento uno de los favoritos de los fotógrafos para remarcar al Neptuno de Melenara, la escultura más icónica del municipio de Telde. La entereza que muestra esta criatura hecha de bronce en los momentos que parecen más caóticos es también la que ha caracterizado a su creador, Luis Arencibia, que falleció en la madrugada del lunes en su domicilio de Leganés (Madrid) tras luchar durante años contra una dura enfermedad. 

Sus conocidos más cercanos, que quedaron conmocionados por la noticia, destacan sobre el difunto su importante faceta como artista y difusor de cultura, tanto en su tierra natal como en la península, en donde residió durante más de 50 años. Fue promotor de numerosos proyectos para atraer la cultura a su ciudad, pero por lo que le reconocen aquellos que conocieron, es sobre todo por su bondad, humildad y generosidad, que lo marcaban como hombre. Y aunque sus obras siempre quedarán como un reflejo de su mundo interior, su forma de mostrarse ante los demás como persona queda en los corazones de sus familiares y amigos. “Las palabras que le pueden dedicar serán siempre pocas, era un hombre bueno, como Antonio Machado”, añade el cronista del municipio, Antonio González Padrón. 

Hijo del célebre pintor y muralista José Arencibia, nació y creció en el barrio de San Gregorio desarrollando profundas inquietudes en el mundo del arte. Estudió en el centro de enseñanza media y profesional del municipio, actual instituto de San Juan rebautizado con el nombre de su padre. En esa etapa destacó en la asignatura de Dibujo, con una media de matrícula de honor, según destaca Pedro Naranjo en su biografía de este autor que se encuentra en su libro La escultura urbana en Telde. 

Su faceta artística pasa por tres vertientes; la primera relacionada con la pintura y sus diferentes técnicas, destacando el acrílico sobre tabla Crucificado, que se encuentra en el museo León y Castillo, que guarda también otras pequeñas piezas de su colección, Su segunda etapa se centró en el grabado. Estas dos primeras facetas manifiestan su profunda influencia religiosa, pues estudió durante un tiempo en el seminario las especialidades de Filosofía y Teología, con las que después se licenciaría en la capital del país. 

Y a pesar de que desde su juventud se marchó del municipio para mudarse a comunidad de Madrid, donde permaneció hasta el final de su vida, jamás dejó de vincularse con la localidad grancanaria, en la que hay repartida un gran número de sus piezas escultóricas, que constituyen su tercera y última etapa artística. 

La fantasía, el misterio y el pasado son tres de los elementos que envuelven muchas de sus obras, que representan en muchas ocasiones criaturas fantásticas y mitológicas, pero también símbolos de la propia historia de la ciudad. Además del conocido Neptuno, que ya se enmarca como postal de la costa teldense, otra de sus creaciones que destaca por encima del resto es su portentoso Faycán, de cuatro metros de altura, ubicado en la plaza junto a la iglesia de San Pedro Mártir. La mirada de este antiguo canario refleja desafío, como invitando a la lucha a aquellos que quieran dañar la poblaciones de Cendro y Tara, situadas a su espalda, que constituyen los primeros poblados del territorio teldense. Resaltan también las esculturas de temática marina que visten las tres fuentes del parque Arnao; unas ranas, unas sirenas y dos monstruos marinos. 

El inmenso mural situado a la entrada del barrio de San Francisco, en la calle Inés Chimida, es otra de las maravillosas obras que componen su trabajo. Se trata de un cuadro de bronce de ocho metros de largo por dos de alto, que recrea los monumentos históricos del casco teldense, como las iglesias de San Juan y San Gregorio, la ruina de Los Picachos o la máquina del azúcar (no falta un pequeño gato negro caminando por el marco, representando el carácter mágico del municipio y su tradición espiritista). 

En la capital de Las Palmas de Gran Canaria destaca el retablo del altar mayor de la parroquia matriz de San Agustín, cuyo montaje fue dirigido por el también escultor Máximo Riol, íntimo amigo del fallecido, mientras Arencibia permanecía fuera. “Se ha ido dejando una gran obra escultórica tanto en Madrid, como en Gran Canaria”, expresa emocionado el artista, que recuerda que el difunto impulsó la creación del Museo de Esculturas al Aire Libre en Leganés, donde estuvo trabajando como técnico y asesor artístico en el área de Cultura de su administración local. 

“Es uno de los mejores espacios de escultura de toda España e incluso un referente para Europa; ahí están representados casi todos los escultores españoles con un cierto renombre”, destaca con orgullo Riol que, junto con artistas canarios como Tony Gallardo, Ana Luisa Benítez, Martín Chirino y Manolo González, entre otros, posee algunas de sus obras también en ese museo. Gracias a esta iniciativa, más de 200 esculturas se esparcen libremente por las calles y parques este municipio del sur de Madrid, entre las que destaca el Caballo de Agua, de tres cabezas, otra de las piezas que casan con el gusto de Arencibia por aquello que se encuentra más cerca de lo fantástico que lo real. También El Tritón, Poemas del Atlántico o Sirena son obras de esta ciudad que evocan a su conexión con el mar.

Por sus innumerables hazañas creativas, el Ayuntamiento de Telde le otorgó hace diez años la placa al Mérito Cultural en su acto de Honores y Distinciones. Y no fue la única institución. En la ciudad de Leganés también quisieron reconocerlo en numerosas ocasiones, nombrándolo incluso Hijo Adoptivo en la década de los 80.