10 de marzo de 2015
10.03.2015
Libros

La desdicha de los cátaros

10.03.2015 | 00:15
Portada del libro.

El escritor de novelas históricas Juan Eslava Galán asumió el prólogo de El señor de los cátaros, obra de la novelista holandesa Hanny Alders. Es el estremecedor relato de aquellos Bons Hommes que surgieron en la segunda mitad del siglo doce en las tierras del Languedoc, en el sur de Francia.

A primera vista, estos personajes de luengas barbas y tenebroso vestido negro, observaban una vida ascética y empleaban parte de su tiempo en realizar obras de caridad. Todo ello podría contrastar con la vida dedicada a la ostentación, al placer, al enriquecimiento, que ofrecían muchos de los miembros del clero y de su jerarquía, así como la nobleza, y que, en realidad, tenían muy poco de cristianismo.

Los cátaros aseguraban que "el mundo imperfecto en el que vivimos no puede ser obra de un Dios bueno y perfecto sino más bien de una espíritu maligno, del Diablo". En su prólogo, Eslava Galán subraya la defensa que los Buenos Hombres hacían de la existencia de los principios opuestos, el Bien y el Mal. También sostenían la posibilidad del perfeccionamiento del alma en sucesivas vidas terrenales. O sea, que creían en la reencarnación.

Para acelerar ese proceso en el que creían, aconsejaban no procrear y, además, que se evitaran una serie de alimentos como la carne, la leche y los huevos. Se decantaban pues, por una alimentación vegetariana, aunque ellos no la imponían. Otro atractivo de su organización es que eran bastante tolerantes con las debilidades humanas y no se dedicaban a aterrorizar a los creyentes con el castigo del infierno, como hacía el clero de las religiones cristianas de la época, aunque estos últimos solían vivir, como señalamos antes, de forma lujurioso y escandalosa, pero quizás pensaban que disponían de una especie de vacuna o impunidad, a pesar de sus desvaríos, para librarse de las calderas de Pedro Botero. Para los cátaros (llamados también albigenses, por la ciudad de Albi)) el infierno estaba en el mundo.

Había algo en sus creencias que no encajaba con lo que podría llamarse el principio cristiano, desde que el Mesías desapareció. Los cátaros negaban que Jesús fuera crucificado, o que fuese sepultado y resucitase.

Las raíces del catarismo, según reflejan Eslava Galán y otros historiadores se encuentran en la doctrina del profeta persa Zoroastro, que vivió en los siglos VII y VI antes de Cristo, que, a su vez, se inspiró en la religión maniquea. Aunque fue una religión muy perseguida, consiguió sobrevivir entre los búlgaros y dálmatas, donde eran conocidos como Bogomilos. Los albigenses contactaron con estos restos del zoroastrismo y celebraron un concilio en Toulouse en el año 1167, al que acudieron cinco obispos franceses y seis italianos.

Los cátaros tenían un solo sacramento llamado consolament, que el creyente normal, sin ningún cargo jerárquico, lo recibía cuando agonizaba. Los Buenos Hombres o Buenas Mujeres que era la primera categoría del catarismo, lo recibían cuando se ordenaban.

El papado y algunos nobles del centro de Francia y de otros países europeos, vieron pronto que esta herejía desafiaba el poder de Roma y que, además, desaconsejaba el pago de diezmos a la Iglesia. Primero intentaron recuperarlos y alejarlos de su error, enviándoles notables predicadores, entre ellos el español Domingo de Guzmán. Este, viendo que la persuasión, por las buenas, no surtía efecto, aconsejó emplear "la estaca" contra ellos. Así surgió una cruzada contra los cátaros y, en segundo lugar, se instituyó a la Inquisición con la que, como es sabido, se hicieron algunas de las mayores barbaridades que se pueden inferir a los seres humanos y se inventaron los más horrorosos instrumentos de tortura y sufrimiento. Todo en "nombre de Dios" y que estamos seguros que Jesucristo nunca hubiese aconsejado ni aprobado.

Según apunta Eslava Galón, esta cruzada contra los albigenses era en realidad una lucha entre el feudalismo reinante en el norte de Francia y el surgimiento de una nueva clase burguesa y más tolerante que se oponía "a un rígido sistema de clases sociales, guerreros, clérigos y obreros..." Así que estas razones y otras más que harían largo este comentario, propiciaron "medio siglo de batallas, asedios, paces y desencuentros, que acabaron con la cultura occitana y se impuso la vida de los señores del norte". Es decir, el esclavizarte feudalismo y la ciega aceptación de los "infalibles" principios y doctrinas de la iglesia.

En el señor de los cátaros asistimos -según Eslava- a la aniquilación de una cultura y a su sustitución por otra basada en la violencia". A su juicio, la novela obedece a un gran trabajo de investigación de la autora, que teje una ficción, "sin dejar de mantenerse escrupulosamente fiel a los acontecimientos. Destaca el papel del personaje principal, Amaury, que se debate "entre el deber y el amor. Un hombre sensible que intenta razonar en un mundo de fanatismos y de inmutables verdades reveladas, un mundo en el que la vida humana apenas vale nada". Era hijo de Simón de Montfort que es quien había iniciado esta cruzada promulgada por el papa Inocencio III y apoyada por la dinastía francesa de los Capeto, que tampoco quería perder su poder e influencia en los condados del Sur.

La obra describe el trágico final de los albigenses, refugiados en el castillo de Montsegur. Todos los sitiados fueron, tras el acceso al castillo, quemados vivos, incluyendo mujeres y niños. Ahí está para recordar este holocausto el llamado Camp des Cremats.

Los pocos albigenses que escaparon de esta crueldad se refugiaron en Lombardía y en España, donde se crearon comunidades en Andorra, Cataluña, Navarra, en Morella y en Castellbó.

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