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Crónica parlamentaria

Cuesta abajo

El Gobierno quería pasar rapidito el trámite de zurcir una realidad de discursos fáciles y esperanzas doradas

La diputada de ASG Melodie Mendoza pasa por el arco de control antivirus ayer en el Parlamento.

La diputada de ASG Melodie Mendoza pasa por el arco de control antivirus ayer en el Parlamento.

La sesión plenaria de ayer fue curiosamente rápida y amormante: un típico milagro parlamentario. El Gobierno y las fuerzas que lo sustentan querían pasar rapidito el trámite de zurcir una realidad de recursos fáciles y esperanzas doradas mientras fuera del matrix parlamentario a alguien se le había ido el baifo hasta llegar, como diría el Arquitecto, a una anomalía sistémica: la Delegación del Gobierno central liberaba a casi 300 migrantes en el puerto de Arguineguín, les facilitaba un papelito perfectamente inútil y les deseaba buena suerte. Los migrantes, alucinados, no sabían a donde dirigirse. Un locurón mientras el Gobierno eructaba pequeñas satisfacciones y la mayoría parlamentaria se mostraba más cansina que nunca, como jugando un juego aburrido y fatal, con preguntas y comparecencias que se superponían sin demasiada coherencia.

Lo de siempre, poco más o menos, pero cada vez con un margen menor de autoexigencia política e intelectual. Por ejemplo, cuando el portavoz de CC, Pablo Rodríguez, solicitó información sobre la renovación de la Zona Especial Canaria y la Reserva de Inversiones –instrumentos básicos del REF– el 1 de enero de 2021. Rodríguez, desde luego, lo hizo con la pasión del que lee el prospecto de un enjuague bucal. El presidente contestó que, por supuesto, había solicitado al Gobierno central la tramitación urgente de la renovación pero sin mayores precisiones. El Ministerio de Hacienda debe remitir a la Comisión Europea un informe para solicitar la renovación. Queda apenas un mes para hacerlo. Las palabras del presidente no han bastado para tranquilizar a empresas e inversores vinculados a la ZEC o usuarios de la RIC. Al lado de Torres, el vicepresidente y consejero de Hacienda, Román Rodríguez, se abanicaba aburridamente mirando el techo de su intacto narcicismo.

A continuación otro clásico: Casimiro Curbelo pidiendo algo tan lógico, tan natural, tan consustancial con el orden del Universo y el ritmo de la respiración de las mareas como la ampliación del muelle de Playa Santiago. “Usted siempre se ocupa de todo”, dijo Curbelo con la misma emoción que un personaje de Mario Puzzo, “y quiero que se ocupe de esto”. Por supuesto el presidente Torres se mostró de acuerdo, vaticinó que el próximo año se aprobaría un proyecto y dio por superadas las antiguas divergencias entre Medio Ambiente, Costas y Obras Públicas: pelillos (precisamente) a la mar. Después de que Manuel Marrero solicitara que no se olvidaran los servicios públicos en las áreas rurales –Marrero siempre tiene algo de Tía Tula defensora de la sana aldea y el bucolismo regenerador– María Australia Navarro se dedicó a criticar con merecida ferocidad al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y su inútil, coqueta visita a las pesadumbres de Arguineguín. Torres saltó como un resorte y después de remarcar que el ministro del Interior está equivocado, desgranó su lista de muy cejijuntas exigencias al Gobierno de Pedro Sánchez y a la Unión Europea para terminar con una observación sorprendente a Navarro: que le pida a Polonia y a Hungría que permitan la entrada y circulación de migrantes en la Unión Europea. “Pídaselos usted porque ahí gobierna el PP”, remachó el presidente ante la expresión de infinito pasmo de Navarro, quien tal vez repasaba las raíces húngaras de Pablo Casado. Lo curioso es que es probable que en esos mismos momentos el ministro Grande-Marlaska estuviera autorizando la expulsión del astroso campamento de Arguineguín de más de 200 migrantes, en su gran mayoría de origen marroquí, a la puta calle. Para amenizar el día con sus dislates Noemí Santana reconoció tener acumuladas unas 6.000 solicitudes de pensiones no contributivas que no podía resolver “por falta de personal” – cuando su antecesora en el cargo argumentaba carencias de personal Santana le invitaba a dimitir –y María del Río Sánchez– una diputada definitivamente enamorada de su bondad justiciera– anunciaba un paso de gigante (sic) en el desarrollo de los derechos de los menores trans.

Cuando los diputados levantaron la sesión y se fueron a cenar los doscientos y tanto inmigrantes estaban sentados en la plaza La Feria frente a la Delegación del Gobierno en Las Palmas, trasladados por tres autobuses

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Sin embargo, lo más jugoso le correspondió al debate sobre el proyecto de presupuestos generales del Estado para 2021. El Partido Popular quedó nuevamente desdibujado en los argumentarios antisanchistas expedidos desde Madrid y terminó aplaudiendo la intervención de Vidina Espino, que no es lo mismo, pero es igual. La crítica más dura y articulada llegó de Coalición Canaria. Para su portavoz, Rosa Dávila, no solo se incumple el REF en el proyecto presupuestario, sino que la promesa de fondos europeos para la inversión en proyectos de diversifiquen la economía, extiendan la gestión digital y fortalezcan un desarrollo sostenible se quedará en agua de borrajas: no existe músculo funcionarial para ejecutarlo, es disparatado que la financiación se decida sobre la competencia entre ayuntamientos en ofrecer proyectos, el Gobierno canario sufre un retraso escandaloso a la hora de estimular, recepcionar y evaluar dichos proyectos, y por eso mismo se ha externalizado –a la chita callando– el encargo de varios planes a consultorías privadas especializadas. Lo que se prepara en una emulación monstruosa del Plan E de José Luis Rodríguez Zapatero, de infausta memoria. El portavoz socialista, Iñaki Lavandera, ni se molestó con contradecir el discurso de CC. A Lavandera le da como asco hablar sobre el nacionalismo canario, no se diga con CC. En realidad a CC no le importan ni los presupuestos generales, ni la salida de la crisis económica, ni el bienestar de los canarios, ni nada de eso. Coalición Canaria únicamente busca el mal, la destrucción, el poder canalla y un horizonte insuperable de dolor, espanto y desolación. Su señoría lo dice con una expresión de boy scout insobornable que sabe distinguir el bien del mal y evitar los placeres pecaminosos de la tolerancia y el diálogo. Para funcionarios de partido como Lavandera solo es concebible dialogar con alguien que piense básicamente como tú, al menos que Pedro Sánchez diga otra cosa. Cuando se escucha a Lavandera, indefectiblemente, el alma caracolea en ese jardín de infancia que nunca se recuperará, salvo cuando su señoría toma la palabra en los plenos.

Román Rodríguez dijo que no entendía a CC. Que los presupuestos generales se mejoran, precisamente, a través de enmiendas en el trámite parlamentario, como lo hizo el simpar Pedro Quevedo en 2017 y 2018. Se le olvidó al viceRodríguez que la capacidad de convicción no dependía de la astucia del señor Quevedo, sino de la aritmética parlamentaria en el Congreso de los Diputados. Los socios de investidura de Sánchez son Podemos, ERC, el PNV y Bildu. Al nacionalismo canario no se le espera, sea de centroderecha o de centroizquierda, y demasiado lo sabe el consejero de Hacienda que, precisamente por esa razón, tolerará cualquier resultado final. Quizás pueda estar en juego el cumplimiento del REF, pero no tolerará que esté en peligro, en ningún momento, su propio cargo. Si lo pierde jamás regresará ya al Ejecutivo. Su carrera política es demasiado fascinante como para que se pierda por actuar como un nacionalista.

Cuando los diputados levantaron la sesión y se fueron a cenar los doscientos y tanto migrantes estaban sentados en la plaza La Feria frente a la Delegación del Gobierno en Las Palmas de Gran Canaria, trasladados por tres autobuses. No había aire acondicionado, como en la Cámara regional, y la noche era calurosa. Llegaron nuevos autobuses para trasladarlos –comentaron– a varias instalaciones hoteleras. Ninguna explicación. Ninguna justificación. Ningún gesto de respeto, compasión o piedad. Y sobre todo ninguna vergüenza. Absolutamente ninguna vergüenza. Ya sabemos para qué sirven las visitas de los ministros. Para que, cuando regresen, impartan órdenes que tratan a los migrantes como ganado y a los ciudadanos como peleles de una democracia imaginaria.

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