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Crisis de Gobierno | Una cartera que provoca vértigo

El ‘efecto Darias’ o no

Herida por las muertes de niños en pateras y por las lágrimas de los familiares de los fallecidos en el JK5022, la nueva ministra de Sanidad asume su misión más colosal: ganar la guerra de las guerras

Carolina Darias, ayer, con su maletín de ministra de Sanidad . |

Carolina Darias, ayer, con su maletín de ministra de Sanidad . |

Se habla a bocanadas del efecto Illa, que ha sido convertir la terrible pandemia en un esponjoso croissant sin aristas, pero urge referirse al efecto Darias, ministra con 25 años de fulgurante carrera política tras su aspecto de Heidi y que puede hacerse con la guinda de pastel si convierte la Covid-19 en un mal sueño. O sea, sería el efecto completo. La responsable de un ministerio en emergencia es un producto genuino de los poderes y contrapoderes del socialismo en Gran Canaria, eternas familias que le dieron su bienvenida al PSOE y de las que aprendió a separar el grano de la paja, a emplear su energía en lo realmente transcendental. El caudillaje florentino del dirigente Jerónimo Saavedra, hoy jubilado pero en reserva para cualquier operación especial que se le solicite, completó el olfato de Carolina para fugarse de conspiraciones estériles o para estar con una pierna fuera y otra dentro, o bien para estar out del todo o in a tope. El exministro y exalcalde de Las Palmas de Gran Canaria, seguro que se apunta un porcentaje importante del ascenso de la mujer a la que le toca acorralar la pandemia.

Aupada al Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria por una lista trenzada entres dos sectores (chanistas y teresitos) y el empuje del fenómeno cremallera (hombre, mujer...) para dar visibilidad al sexo femenino, Darias empieza a demostrar su valía en los plenos municipales presididos por José Manuel Soria, futuro ministro de Industria de dimisión abrupta. Dos batallas contra el PP le darían notoriedad: una contra el llamado puente de plata, el traslado de migrantes a la Península durante la noche, y el caso conocido como La Favorita, la compra de un antiguo complejo industrial por la Corporación. En este último demostraría sus conocimientos económicos, fiscales y procedimentales como alta funcionaria de la administración autonómica para terror del concejal de turno.

Por estos años decide ser madre y viaja a Chile para adoptar a dos pequeñas, a las que se uniría otra de origen canario con posterioridad. Los niños siempre han sido un punto candente en su vida. Los que más la conocen recuerdan lo mal que lo pasó durante su etapa en la delegación del Gobierno con las muertes en aguas Canarias de menores migrantes, un hecho que la dejó marcada y que le llevó a a trabajar con más ímpetu en buscar soluciones para frenar la masiva llegada de pateras. 2008 también resultó un año con una inflexión trágica en su recorrido político: fue el accidente de Spanair (JK5022) en Barajas con 154 muertos, la mayoría unidos a Canarias. Carolina Darias acompañó a las familias que viajaban a Madrid para conocer qué había sido de los suyos. El día que dejaba la Delegación del Gobierno para unirse como cabeza de lista del PSOE a la campaña por el Cabildo, confesó a los periodistas: “Ha sido lo peor de estos años, pensé que no lo iba a superar mentalmente”.

A lo largo de las dos décadas y media que lleva en la política se ha ganado el respeto por su capacidad de trabajo, pero también por su legítima habilidad para escalar sin casi dejar cadáveres a su alrededor, al menos sin estruendo evidente. Y aquí no cabe más remedio que acudir a la casuística para explicar la sutil cualidad: en una campaña municipal, cuentan en el PSOE, le enmendó la plana -ella lo negó- al cabeza de lista con la presentación de un cartel igual que el del candidato principal, rompiendo de esta manera el código de conducta del partido. Ella se escabulló y rechazó cualquier tipo de participación en el asunto. La ropa sucia se lavó internamente, aunque el compañero se la guardó (“Roma no paga traidores”), como suelen ser las cosas en política. Nadie está inmaculado, la intrahistoria de la calderilla es inevitable en la competición.

Lleva semanas unida al ombligo de Salvador Illa para formarse, pero no va a poder hacer una precuela de su labor. El consenso, la palabra floja, el verbo justo y el monólogo ‘illesco’ tendrán que dejar paso al ataque frontal a la curva de los casos

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Ningún obstáculo en su carrera ha sido tan grande como el que tiene ahora delante. Illa, Salva, como lo llama ella, ha salido íntegro, florido, del volcán de la pandemia porque ha podido exorcisar el drama (y el malestar) con sus artes de moderador que ha vertido en los vasos de agua un trankimaxin. Pero Darias, aunque lleva semanas unida al ombligo del ministro (para formarse) que se ha ido a Catalunya, no va a poder hacer una precuela del efecto Illa. El hechizo moldeado por su antecesor se acaba y punto. El consenso, la palabra floja, el verbo justo y el monólogo illesco tendrán que dejar paso a la solución, al ataque frontal a la curva de casos. Y no solo: a unificar medidas drásticas frente a la verbena de tipos de confinamiento que se reparten por el país; acelerar la vacunación y afrontar la picaresca del protocolo; calibrar la posibilidad o no de un colapso hospitalario, y sobre todo calmar a las autonomías y a una oposición que atacará al candidato Illa con su actuación durante la pandemia, una estrategia que intoxicará a los portavoces del Congreso de los Diputados y que disparará la crispación.

Capaz de ponerse la mantilla como representante institucional en una procesión, pero muy tenderetera por la vía marital -su marido toca en el grupo folclórico de Los Gofiones, palabras mayores-, a Darias se le atribuye la excelsa facultad (y poco usual en este país) de escuchar a los demás, sea quién sea. “Hace que la persona que le habla, a lo mejor alguien que no tiene fácil acceso al político, se sienta por un minuto la más importante del mundo”, asegura un conocido de la nueva ministra.

Sería superDarias si en este momento no sintiese bajo sus píes el lacerante vértigo que más teme un político: el éxito o la derrota, pero no una derrota cualquiera, sino de la que depende la vida de miles y miles de personas que esperan poder encarrilar sus biografías, negocios, trabajos, amistades, amores, pasiones, familias... Todo lo que se lleva por delante una enfermedad contagiosa. ¿Podrá hacerlo? Esto no es una guerra orgánica de un partido ni unas elecciones locales, ni tampoco un cargo para dar el salto a otro, y luego al siguiente. Más bien es la guerra de las guerras. Podría ser el efecto Darias o no, un llamativo lanzamiento y a la vez un episodio que concentra todo el amargor de la impotencia. No me gustaría estar en su pellejo. Pero una cosa a la que el humano nunca debe resistirse es a la atracción que provoca la valentía del que decide asumir una misión colosal. Y en este sentido retiro lo dicho: no se parece en nada a Heidi.

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