«Morimos a cámara lenta, no tenemos futuro en Marruecos». Ghanem, un marroquí de 19 años, que llegó en una patera a Gran Canaria y estuvo tres meses malviviendo en las calles de la capital tiene una oportunidad. Un grupo de amigos, la mayoría profesores del Colegio Claret, han creado la Asociación ‘Compartiendo Sueños’ para desarrollar un proyecto solidario y de integración: una casa de acogida para migrantes.

Un grupo de seis amigos, la mayoría profesores del Colegio Claret en Las Palmas de Gran Canaria, se han embarcado en una empresa solidaria. Han creado la asociación Compartiendo Sueños, con la que han alquilado un piso para hacer una casa de acogida para migrantes, algunos de los cuales dormían en la calle. Pusieron sus propios ahorros para arrendar la vivienda durante un año, y movilizaron ayudas de otras personas que se han solidarizado con su causa. Quieren que se visibilice la situación de los migrantes que se juegan la vida cruzando el mar en patera o cayuco y que dejan atrás a una familia en busca de un sueño: un futuro mejor.

Ana Alzola, Manuel Pérez, Moisés Hernández, Nereida Quijada, todos profesores del Claret, Gara Rodríguez, directora de un colegio en Jinámar, y Manuel Montesdeoca son tres matrimonios amigos desde hace tiempo que se «cansaron de ver tantas desgracias en la televisión», de llorar, quejarse y no hacer nada.

La muerte de Aylan Kurdi, el niño de tres años cuyo cadáver se localizó en septiembre de 2016 en la playa turca de Bodrum, una imagen que dio la vuelta al mundo y retrató el drama de los refugiados que buscan conseguir asilo como única vía de huida de la guerra que asolan sus países, en este caso Siria, fue el detonante. Desde entonces, empezaron a «darle vueltas» para determinar cómo podían ayudar. Con la avalancha de llegada de migrantes a Canarias desde 2020 decidieron que debían implicarse, al percibir, además, que el ni Gobierno central ni la Unión Europea daban respuestas al drama humanitario que sufrían las Islas, y comprobaban que cada día había más migrantes malviviendo en la calle tras ser desalojados de los hoteles del Sur de Gran Canaria.

Manuel Pérez explica que su intención es ayudar pero también sensibilizar sobre la realidad de estas personas «porque hay mucha gente que lo pasa muy mal» cuando llegan a Canarias y se ven sin oportunidades y atrapados en la Islas por la falta de documentación o papeles que les permitan emprender un proyecto laboral. Cáritas hace «un trabajo impresionante» y organizaciones ciudadanas como Somos Red, añade, pero la impotencia que sentían les llevó a gestar esta asociación, porque aunque no lleguen a una gran mayoría intentan, al menos, ayudar a tres o cuatro personas y darles una alternativa para poder vivir en condiciones dignas. Se planteaban o bien apoyarles para que pudieran proseguir con su proyecto migratorio a la Península, o darles cobertura para que durante los tres años que están en Canarias hasta conseguir la residencia y trabajar tuvieran un hogar y pudieran estudiar el idioma y aprender un oficio. En esta casa están tres jóvenes y Kamal, un magrebí de 36 años, que lleva dos años en la Isla, y es quien hace de cuidador de los chicos en el piso y al que la asociación Compartiendo Sueños le ha conseguido, casualmente, un trabajo en una empresa privada en el aeropuerto de Gran Canaria.

Ghanem y Fouad, los dos chicos magrebiés que viven en la casa.

Ghanem y Fouad, los dos chicos magrebiés que viven en la casa. José Carlos Guerra

Ghanem, de 19 años, es de Oujda, la mayor ciudad del noreste de Marruecos, y convive con Fouad, de 19 años , de Boujdor, en el Sáhara Occidental. Ghanem es marroquí y Fouad saharaui. La lucha por la autodeterminación del Sahara Occidental no les enfrenta. «Eso es cosa del Rey [Mohamed VI], nosotros somos hermanos», enfatiza Ghanem, uno de los hijos menores de una familia de ocho hermanos, que no pudo estudiar en su país y que decidió subirse en una patera que partió de Dajla, donde estuvo tres días en un trayecto infernal.

Cuando llegó a Gran Canaria fue alojado en un hotel de Puerto Rico y al vaciar estos establecimientos de migrantes optó por quedarse en la calle, porque la alternativa era ir al macrocentro de Las Raíces, en Tenerife, y no le gustó la idea por temor a la deportación. Estuvo tres meses viviendo en las calles de Las Palmas de Gran Canaria, por el barrio de San José. Cuenta que le insultaban y amenazaban y, gracias a Blas Márquez Bernal, misionero claretiano, que da clases de español a los migrantes en la parroquia de Santo Domingo, y a Kamal, voluntario en esta parroquia y que hacía de traductor para ayudar a los chicos de la calle, fue uno de los seleccionados para este proyecto piloto de la casa de acogida. «Buscamos perfiles de chicos jóvenes que quieran estudiar, integrarles y darles un proyecto de vida», expone Moisés Hernández. Ghanem salió de Marruecos porque allí «morimos a cámara lenta, no tenemos futuro». Quiere estudiar peluquería, como Fouad, y abrir un negocio. Fouad tiene dos hermanos y su padre es pescador. «Allí no hay oportunidades» para los jóvenes, expone. Llegó en otra patera, tras tres días de viaje y también estuvo tres meses viviendo en las calles, comiendo en los recursos sociales o con la ayuda de plataformas solidarias. Ahora reside en el piso donde hacen una vida normal, estudian español y esperan aprender un oficio. Fouad finalmente ha decidido irse a la Península este mes. En su lugar vendrán dos menores y otro adulto y convivirán cinco personas en la casa. De hecho, cuando Compartiendo Sueños logró alquilar el piso, después de varios meses y más de 200 llamadas, entraron en la casa cuatro chicos y Kamal. Al flexibilizar los viajes a la Península algunos se fueron y han llegado otros, pero el proyecto de esta asociación es que, en la medida de lo posible, los muchachos se queden los tres años, estudien y consigan un empleo. Este año ya tienen pagada la casa y hay muchas personas que están colaborando en su mantenimiento y en este proyecto.

Encontrar la vivienda fue una odisea porque cuando decían que era para migrantes, aunque ellos se responsabilizaran de que los inquilinos cuidaran la casa y la convivencia, muchos rechazaron acogerlos hasta que dieron con un casero muy comprensivo y allí están. Limpian, cocinan, y «hacen un tajin riquísimo», interviene Ana Alzola. Conocer personalmente a estos chicos cambia la percepción social xenófoba que algunos individuos han transmitido por las redes, y eso es lo que busca Compartiendo Sueños: darles la oportunidad que no han tenido y se merecen.