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El último superviviente

José Sacristán, que cumple este año medio siglo de carrera, recibe el lunes el Premio de la Unión de Actores por toda una vida dedicada al cine, del que es ya un referente internacional

José Sacristán, en 1986, con la 'Lady Harimaguada' del Festival de Cine de Las Palmas de G. C.

José Sacristán, en 1986, con la 'Lady Harimaguada' del Festival de Cine de Las Palmas de G. C. LP / DLP

A pesar de que aún hay quienes aseguran lo contrario, la del cine español no ha sido una historia homogénea sino, por el contrario, una historia salpicada de sucesos más o menos excepcionales que han contribuido a configurar un terreno donde han surgido las personalidades más variopintas y contradictorias, tanto en el campo de la dirección como en el de la interpretación y la producción. Durante las primeras décadas de la posguerra, por ejemplo, proliferaron actores que, al margen de sus incuestionables valores artísticos, se vieron forzados en muchos casos a prestar su talento a personajes estereotipados que respondían con total fidelidad a la necesidad que tenía el ancíen régime de fomentar una cultura socialmente anémica, intelectualmente nula y, sobre todo, políticamente inofensiva.

Muy pocos pudieron esquivar aquella paralizante situación y la mayoría de los que lo hicieron encaminaron muy pronto sus pasos hacia el paro o, en el mejor de los casos, hacia otros horizontes geográficos donde sí tuvieron ocasión de desarrollar, aunque de forma esporádica, sus propias capacidades ante las cámaras. A costa de afrontar indignos sacrificios profesionales volcados en la cristalización de un subcine de bajísimo perfil estético, legiones de excelentes actores nacionales desfilaban por las pantallas españolas mostrando la fortaleza de su oficio en roles especialmente infames a través de películas que, en la mayoría de los casos, no resistían siquiera el más mínimo análisis crítico, aunque sí disfrutaran, naturalmente, del éxito masivo de millones de espectadores gracias a los continuos desvelos de la Administración por conservar su control hegemónico en un terreno tan estratégico para sus intereses políticos como el de la cultura popular.

La de José Sacristán, actor que recibirá el próximo lunes el Premio de la Unión de Actores coincidiendo con sus 50 años de profesión, es, probablemente, la carrera que mejor ilustra esta larga y encorsetada etapa de nuestra cinematografía pues, además de participar en más de 120 títulos bajo la batuta de cineastas tan vinculados al espíritu y la letra de la Dictadura franquista como Julio Buchs, Fernando Palacios, Pedro Lazaga, Fernando Merino, Alfonso Paso, Mariano Ozores, José Luis Sáenz de Heredia, Ramón Fernández, Juan de Orduña, Vicente Escrivá, Rafael Gil o Pedro Masó, compartió también gloria y fama con algunas de las mas distinguidas lumbreras del cine español desde la década de los setenta hasta la actualidad como Roberto Bodegas, Jorge Grau, Jaime Camino, José María Forqué, Gonzalo Suárez, Mario Camus, Eloy de la Iglesia, Julio Diamante, Manuel Gómez Pereira, Isaki Lacuesta, Pedro Olea, Manuel Gutiérrez Aragón, Luis G. Berlanga, Antonio Drove, Fernando Colomo, Gonzalo Suárez, David Trueba, Javier Rebollo o José María González Sinde en filmes que, de un modo u otro, contribuyeron a prestigiar la imagen de nuestro cine dentro y fuera del país, despojándola en gran medida del exceso de caspa, simpleza y vulgaridad que arrastraba desde tiempos inmemoriales.

Provisto de una voz profundamente cálida, limpia y rotunda, Sacristán se ha convertido en una de las grandes presencias emblemáticas de nuestro cine, en la misma proporción que lo fueron la de los desparecidos Fernando Fernán Gómez, Fernando Rey, Francisco Rabal, José Luis López Vázquez o Fernando Guillén. Todos pertenecientes a una de las más ilustres estirpes actorales que ha dado el cine español en toda su historia y capaces por tanto de construir, paso a paso, personajes de una emotividad y un equilibrio dramático inconmensurables. Bastaría con repasar someramente sus respectivas filmografías para formarnos una idea aproximada de lo que estos talentos han aportado al patrimonio cinematográfico nacional.

El desconcertante profesor jubilado que interpreta Sacristán de la hipnótica y sombría Magical Girl (2014), de Carlos Vermut, su penúltimo trabajo hasta la fecha, constituye, en este sentido, toda una lección de contención emocional al servicio de un personaje de perfil atípico que muestra, ante la mirada atónita del espectador, la aterradora ambigüedad que oculta tras su imperturbable apariencia de hombre inofensivo. Como el atrabiliario actor que interpreta en la inolvidable El viaje a ninguna parte (1986), de Fernán Gómez, paradigma del equilibrio y de la introspección en medio de un drama social explosivo, o el desahuciado asesino a sueldo de El muerto y ser feliz (2012), de Javier Rebollo, que vaga por el mundo mascando su turbio pasado mientras ve cómo se acerca inexorablemente su hora final. Sencillamente memorable.

Nacido hace setenta y siete años en la madrileña ciudad de Chinchón en la que simultanea su labor de mecánico de taller con la de actor aficionado en diversos grupos independientes, Sacristán no pierde la ocasión que le ofrece la dirección del Teatro Infanta Isabel de trabajar de meritorio durante más de dos años, compartiendo experiencias escénicas con algunas de las compañías más importante del momento. Concluida esta etapa, se incorpora, ya como profesional, al Teatro Popular Español, con el que emprende una larga gira por Latinoamérica, y más tarde a la prestigiosa compañía Lope de Vega hasta que, en 1965, realiza su debut en el cine de la mano de Fernando Palacios en La familia y... uno más, segunda parte de una de las sagas cinematográficas más taquilleras de la historia del cine patrio, compartiendo cartel con Alberto Closas, José Luis López Vázquez y Julia Gutiérrez Caba.

Sin embargo, aquél no fue más que el tímido inicio de lo que, al cabo del tiempo, se convertiría en una carrera marcada por dos estilos muy diferentes de entender el oficio de la interpretación. Por un lado, el del actor prototípico al que le cuelgan siempre el mismo personaje convencidos de su infalible eficacia taquillera y sobre el que cimentó su gran popularidad en los años sesenta y setenta y por otro, el del intérprete capaz de crear su propio espacio dramático ante una cámara, lejos del estandarizado perfil de españolito medio que tantas veces encarnó, y con un enorme éxito popular, en la pantalla.

La imagen de hombre gris, acomplejado e inseguro que ofrecía en aquellas viejas películas asainetadas contrastaba, como la noche y el día, con la que mostraban títulos como Españolas en París (1970), Vida conyugal sana (1973) o Los nuevos españoles (1974), de Roberto Bodegas, comedias ligeras aunque cubiertas de una pátina de crítica social que las situaba muy a distancia de, pongamos por caso, Las nenas del mini-mini (1969), La tonta del bote (1969), Cateto a babor (1970), Vente a Alemania, Pepe (1970), Las Ibéricas, F. C. (1971), La mujer es cosa de hombres (1974), Ellas los prefieren locas (1976) o Niñas al salón (1977), ejemplos incontestables de un cine de trazo grueso, rutinario y ramplón, ya felizmente superado por una demanda popular bastante más exigente y modernizadora.

A partir de su colaboración con Bodegas, fundador de lo que en su día se dio en llamar la tercera vía del cine español, Sacristán imprime un nuevo y espectacular rumbo a su carrera protagonizando filmes de mucho más calado, consolidando así su oficio y elevándose, por derecho propio, al rango de los mejores actores españoles de todos los tiempos.

Títulos de la talla artística de Las largas vacaciones del 36 (1976), de Jaime Camino; Parranda (1976), Reina Zanahoria (1977) y Epílogo (1983), de Gonzalo Suárez; Arriba Hazaña (1977), de José María Gutiérrez; Un hombre llamado Flor de Otoño (1977), de Pedro Olea; El diputado (1978), de Eloy de la Iglesia; La colmena (1982), de Mario Camus; La noche más hermosa (1984), de Manuel Gutiérrez Aragón; Madregilda (1993), de Francisco Regueiro; ¡Todos a la cárcel! (1993), de Luis García Berlanga; Un lugar en el mundo (1991) y Roma (2004), de Adolfo Aristaráin o Siete mil días juntos (1994), de Fernando Fernán Gómez; Madrid 1987 (2011), de Davis Trueba) o Murieron por encima de sus posibilidades (2014), de Isaki Lacuesta, muchas de cuyas principales virtudes se concentran en la gran energía dramática que despliega este intérprete irrepetible, forman parte también de su prolija filmografía, al tiempo que constituyen, en su mayoría, auténticas perlas del mejor cine español de las últimas décadas.

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