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Una historia contada en las cocinas

La Nobel Svetlana Alexiévich relata la caída de la URSS y la catástrofe de Chernóbil con centenares de testimonios que rescatan "las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y el tiempo"

Una historia contada en las cocinas

Una historia contada en las cocinas

En las cocinas reducidas de los bloques grises de pisos que son un símbolo civil de la era soviética se aloja una parte sustancial de la historia del país. Es la historia trenzada con las vidas corrientes de quienes nunca aparecen en la Historia con mayúsculas. Ahí está el núcleo de la obra de Svetlana Alexiévich, periodista y escritora bielorrusa de 1948, a la que el Premio Nobel de Literatura de este año ha convertido en todo un hallazgo.

De Alexiévich se reedita ahora Voces de Chernóbil, un relato coral de la catástrofe nuclear que en 1986 puso en alerta al mundo sobre la verdadera dimensión del peligro de la energía atómica, y nos llegan por primera vez La guerra no tiene nombre de mujer, orientado a componer una visión de la Segunda Guerra mundial en los frentes soviéticos desde la perspectiva silenciada de las mujeres, y El fin del 'Homo sovieticus', la caída de un imperio y una era narrada a través de cientos de voces dispares.

Cuando se identifica a Alexiévich como periodista y escritora se incurre en una redundancia. Ella se mueve en la frontera difusa de los géneros, su trabajo comienza por aplicar el elemental método periodístico de escuchar a los testigos y con ese material de campo elabora una composición personal de la realidad que adopta la forma de relato literario. En distintos momentos de sus tres libros ahora disponibles en España quedan claras las pretensiones de quien reconoce la influencia de Dostoievski pero cuyo maestro es el también bielorruso Alés Adamóvich. "Me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma. La vida ordinaria de unas gentes corrientes". Quiere contar "la Historia a través de las voces de los testigos humildes y participantes sencillos, anónimos. Eso es lo que me interesa, lo que quisiera transformar en literatura. Pero los narradores no sólo son testigos; son actores y creadores y, en último lugar, testigos".

En esa búsqueda de testimonios a la que ha dedicado dos décadas ("decenas de viajes por todo el país, miles de metros de cinta grabados. Quinientas entrevistas, luego las dejé de contabilizar, los rostros se borraban, sólo quedaban las voces") Aleksiévich huye del relato común para buscar en núcleo profundo de aquellos que se prestan a hablar con ella. "Para mí, los sentimientos son la realidad", afirma la que se autodefine como "retratista insistente", empeñada en alcanzar "la vibración de eternidad" que hay en el ser humano. "Siempre me ha atraído ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano, uno solo? Porque, en verdad, es ahí donde ocurre todo".

Sus pretensiones chocan primero con la incredulidad de sus interlocutores. "No oirá nada heroico, nada digno de la pluma de un escritor", avisa unos de los testigos de Voces de Chernóbil. Vencer esa resistencia es el paso inicial del trabajo de la autora y el escenario se repite casi de forma constante: la reducida cocina soviética, lo único que convierte en hogar las soluciones habitacionales del régimen, el refugio de una resistencia interior que nunca salió a la calle y que con voz queda, por el perpetuo temor a que hasta un chiste pudiera interpretarse como una forma de disidencia, trataba de aliviar el peso de la historia que el comunismo descargó sobre sus espaldas. En ese habitáculo de paredes de papel se consuma el milagro de que alguien cuente su vida. "Nunca deja de sorprenderme lo apasionante que puede ser una vida humana cualquiera. O la infinidad de verdades que esgrimen los hombres, cada uno la suya. A la historia sólo parecen preocuparle los hechos, las emociones quedan siempre marginadas, no se les suele dar cabida en la historia. Pero yo observo el mundo con ojos de escritora, no de historiadora. Y siento una gran fascinación por el ser humano".

"No necesitamos una pequeña historia, necesitamos una Gran Historia. La Historia de la Victoria", objeta el censor de La guerra no tiene nombre de mujer. "Creo que hace mal en confiar tanto en el hombre, en la verdad que pueda comunicarle un hombre? La historia recoge la vida de las ideas. Y no son los hombres quienes la escriben, sino el tiempo. Las verdades que manejan los hombres son como esos clavos en los que cualquiera puede colgar un sombrero", apostilla un comunista nonagenario en El fin de 'Homo sovieticus'

Además de ese territorio común que marcan las pretensiones y el método de la autora, los tres libros pueden verse como composiciones complementarias que dibujan el fracaso de un proyecto colectivo descomunal, en el que se combinan el heroísmo y la bajeza, la fe devota y el cínico interés, la grandeza y la miseria.

En Voces de Chernóbil late ya el declinar de una época que se consumará en El fin del 'Homo sovieticus'. Pero concluye algo más que un tiempo histórico. "La noche del 26 de abril? Durante aquella única noche nos trasladamos a otro lugar de la historia. Realizamos un salto hacia una nueva realidad, y esta ha resultado hallarse por encima no sólo de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación". Lo ocurrido en torno a la central nuclear, el modo en que se afrontó la emergencia y sus secuelas son una muestra del "caos ruso de siempre", certifica Arkadi Filin, que trabajó en la limpieza de la zona, uno de los 600.000 liquidadores que se afanaron en borrar todo rastro de vida en treinta kilómetros alrededor de la central nuclear.

Una de las primera prevenciones de Alexiévich al afrontar Voces de Chernóbil es eludir la facilidad de "deslizarse en la banalidad del horror" en la que tanto se enfanga el periodismo. El libro se abre con el relato de cómo Liudmila Ignatenko, esposa del bombero Vasili Ignatenko, uno de los primeros en llegar a la central nuclear tras el fallo del reactor número 4, pasó junto a su marido los catorce días del proceso de las enfermedades radiactivas que acaba con la muerte. Lo que cuenta la viuda del bombero resulta estremecedor pero la historia de amor que late en ese testimonio trastoca por completo lo que podría haberse reducido a una exposición de horrores clínicos. "Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. Lo que hemos visto. La gente no quiere oír hablar de la muerte. De los horrores. Pero yo le he hablado del amor? De cómo he amado", concluye Liudmila Ignatenko.

La de Chernóbil es también la historia de quienes se resisten a abandonar un entorno letal lleno de belleza y placidez, marcado por un mal invisible que transforma en mortal hasta los gestos de cariño. Otro liquidador cuenta que la gorra que usaba "se la regalé a mi hijo pequeño. Tanto me la pidió? No se la quitaba para nada. Al cabo de dos años, el diagnóstico fue un tumor en el cerebro". En Chernóbil hay una mutación del mal que altera por completo el universos de sus víctimas. "No reconozco este mundo en el que todo ha cambiado. Hasta el mal es distinto. El pasado ya no me protege. No me tranquiliza. Ya no hay respuestas en el pasado", advierte uno de los interlocutores de Alexiévich. Allí confluyen "dos catástrofes. Una social: ante nuestros ojos se derrumbó la Unión Soviética, se sumergió bajo las aguas el gigantesco continente socialista, y otra cósmica: Chernóbil. Dos explosiones globales. Y la primera resulta más cercana, más comprensible", constata otro de los testigos.

El mundo que se derrumba se sustenta sobre un conflicto bélico en el que las mujeres soviéticas tuvieron enorme peso. Esa circunstancia no impide, sin embargo, que "todo lo que sabemos de la contienda sea a través de la voz masculina", apunta Svétlana Alexiévich para explicar la razón de su libro La guerra no tiene rostro de mujer. "No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma", reitera la autora. Son relatos que dibujan la contienda como aventura juvenil, como desafío de género, como huida de la miseria. Sin olvidar la naturaleza oscura que aflora en quienes encaran la muerte violenta. Liubov Ivánovna Lúbchik, comandante de escuadra de ametralladoras, reconvertida en contable, recuerda que "en la guerra uno debe recordar algo perdido dentro de sí. Algo arcano? Algo que procede de los tiempos en que el hombre no era del todo humano".

Esa guerra resultó decisiva para fraguar el auténtico "hombre soviético", que en pocas décadas pasó de ser la promesa de un hombre nuevo a un ejemplar en extinción. "Creo que ya no habrá ninguno más de su especie, y ellos lo saben", afirma Alexiévich.

En torno a ese espécimen gira el tercer libro de la Premio Nobel ahora disponible en las librerías españolas. En El fin del Homo sovieticus' "reúno las briznas, las migas de la historia del socialismo 'doméstico', del socialismo 'interior'? Estudio el modo en que consiguió habitar en el espíritu de la gente". Es de nuevo una "historiografía de los sentimientos" que no trata de "la historia de la guerra o del Estado, ni de la vida de los héroes, sino de la del pequeño hombre expulsado de una existencia trivial hasta las profundidades épicas de un enorme acontecimiento".

Con la caída de la Unión Soviética "todos los valores colapsaron, menos los valores de la vida". El cambio creó dos mundos separados. "Quienes nacieron en la URSS y quienes lo hicieron después de su desaparición no comparten la misma experiencia. Son seres de planetas distintos", escribe Alexiévich.

"Abandonamos nuestras cocinas y salimos a la calle para descubrir que nuestras ideas no valían ni un céntimo", relata decepcionado uno de los interlocutores de la autora. "Para nosotros, el descubrimiento del dinero fue como la deflagración de una bomba atómica", hay una mercantilización de los cotidiano y "la patria de antaño ha sido sustituida por un enorme supermercado". "La desaparición de la URSS se debe a la escasez de botas de mujer y de papel higiénico", resume otro. Los libros, el refugio de tanto rusos, pasan a no valer nada y "la palabra literato sonaba como el diagnóstico de una enfermedad".

Quienes lamentan la desaparición del sistema soviético se sienten concernidos en lo personal por las críticas que ahora llueven sobre su imperio. "Juzgar a Stalin implicaba juzgar también a nuestra familia, a nuestros conocidos". Su relato está teñido de muchos de los tópicos sobre el alma rusa. "Nunca dejamos de hablar del sufrimiento? Es nuestra vía de conocimiento", apunta quien considera además que "Gengis Kan nos estropeó los genes? Y el régimen de servidumbre también".

El relato humaniza incluso a quienes debieron renunciar a parte de esa condición humana en aras del sueño colectivo. "No se nos puede juzgar con las leyes de la lógica!... ¡Sólo se nos puede juzgar según las leyes de la religión! ¡De la fe!" exige un comunista nonagenario, ateo, alto cargo del partido y superviviente de las purgas stalinistas en las que perdió a su primera mujer.

La paradoja de este magnífico libro consiste en que desde la individualidad consigue un retrato completo de un régimen que tanto hizo por anular al hombre en nombre de lo colectivo. Una tarea asumida por muchos soviéticos que aceptaron la atrocidad como parte de un proceso cuyo alcance desborda al sujeto, como queda en evidencia en el libro.

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