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Historia

La recuperación del 'Guernica' cumple 35 años

El diplomático José Luis Roselló, embajador de España, que vivió en primera línea la entrega a España del 'Guernica' de Picasso, evoca en primera persona las circunstancias inéditas de aquel acontecimiento

Picasso, trabajando en el 'Guernica', en su taller de los Grands-Augustins.

Picasso, trabajando en el 'Guernica', en su taller de los Grands-Augustins.

Al cumplirse el 35 aniversario de la recuperación para España del cuadro Guernica, una de las obras más conocidas de Picasso, los recuerdos de las jornadas en las que tuve el privilegio de participar en razón del cargo que desempeñaba entonces, como Consejero Cultural de España en Nueva York, se agolpan en mi mente. En realidad, las negociaciones que llevaron a conseguir el ansiado traslado a España del Guernica se desarrollaron, básicamente, en tres frentes.

En primer lugar, hay que citar al embajador Quintanilla, buen amigo de la familia de Picasso, quien se encargó de allanar las voluntades no siempre coincidentes de los miembros supérstites de la familia. Y lo hizo brillantemente, sin grandes alharacas y, sobre todo, en la más absoluta penumbra. Como es de rigor que se negocie.

En segundo lugar, la embajada de España en Washington fue la punta de lanza de una campaña de persuasión (es decir, de lobby) en el Congreso de los Estados Unidos, hasta conseguir que pasara un resolución en la que se admitía que el entonces reciente establecimiento en España de un régimen monárquico constitucional era el equivalente del restablecimiento del régimen de libertades públicas que había encarnado la II República Española, cuyo Gobierno, conviene recordar, fue quien encargó un mural a Picasso para decorar el pabellón español en la Exposición Universal de París de 1937. El artista comenzó a pintar ese mural antes del bombardeo de la Legión Cóndor alemana sobre Guernica en abril de 1937.

De esta manera se despejó la primera condición que, impropiamente, había impuesto Picasso para que la obra pudiera regresar a España. La segunda, a la altura de la megalomanía del genio, era la instalación del Guernica en el Museo del Prado, pese a que el mural ya no le pertenecía porque había sido pagado en su totalidad por el Gobierno español de la República y, por tanto, era propiedad del Estado Español (y ahí entraba toda la teoría de la sucesión de estados, que invalidaba por sí misma las condiciones impuestas por Picasso).

Una vez encendidas ambas luces verdes, llegó el turno de la negociación para la entrega -o las distintas modalidades de entrega- del Guernica entre el Gobierno Español y el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el famoso MOMA, su muy interesado depositario, que por nada del mundo deseaba desprenderse de él. Con tal motivo, se desplazó desde Madrid el jefe de la Abogacía del Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores, Alfonso Arias, personaje muy entrañable que mandaba mucho en el ministerio, y un subdirector general del Ministerio de Cultura. A ellos me uní yo mismo, en mi condición de Consejero Cultural de España en Nueva York, con base en el Consulado General español en esa ciudad, para ofrecer entre otras cosas el necesario apoyo logístico.

El abogado especial para la ocasión nombrado por el MOMA fue nada menos que el antiguo secretario de Estado de los EEUU Cyrus Vance, quien, para suerte mía y de nuestra delegación, decidió apoyarse para su trabajo en un bufete de abogados neoyorquino, uno de cuyos socios, el señor Oresman, era vecino de mi residencia en el pueblo de Larchmont, en el condado de Westchester, donde me había instalado tras casarme con mi esposa americana. Y además de vecino, acabó siendo buen y cordial amigo. Gracias a esta circunstancia, entre otras cosas, fue posible establecer un clima distendido y hasta agradable en la negociación de un tema que, al inicio, se nos antojaba complicado por los pocos deseos del MOMA de desprenderse de su joya de la corona, la que, sin duda, atraía a la mayoría de sus visitantes.

Borrador del acuerdo

No fue difícil, a pesar de todo, negociar y acordar los términos técnicos de la entrega del cuadro a las autoridades españolas para su posterior traslado a España (sin mención alguna al lugar de su depósito definitivo). Y así, el correspondiente borrador del acuerdo fue rubricado por nosotros a última hora del jueves 3 de septiembre de 1981 e, inmediatamente, enviado por fax a Madrid, a los ministerios de Exteriores y Cultura, para su definitiva aprobación. Se preveía que, aprobado por Madrid a primera hora del lunes 7, el martes llegarían a Nueva York el ministro de Cultura, Iñigo Cavero, y el director general Javier Tusell, y que el cuadro sería trasladado en la noche del martes al miércoles, día en que el MOMA tenía establecido su cierre por descanso semanal.

Previamente llegaron a Nueva York una treintena de efectivos policiales, entre miembros de los Grupos de Operaciones Especiales (GEOS) e inspectores de varias brigadas, a los que debía yo recoger en el aeropuerto y conducir en un autobús a un hotel cercano al museo. Estaba previsto y acordado con las autoridades locales que, con su armamento semipesado, la protección policial se desplegaría en un estrecho perímetro alrededor de la sede del MOMA horas antes de que la delegación española se hiciera cargo oficialmente del cuadro. Es totalmente falso, por tanto, lo que algunos han dicho de que las medidas de seguridad eran inexistentes. Volveré después sobre el tema.

Pero volvamos atrás, a la mañana del viernes 4 de septiembre, horas después de que nosotros rubricáramos el borrador de acuerdo técnico de entrega con los abogados del MOMA. A la espera de la aprobación y autorización expresa del documento por parte de Madrid, yo me estaba dedicando a mis asuntos habituales -incluida alguna insistente llamada de periodistas que algo barruntaban ya-, mientras el resto de la delegación holgaba tranquilamente. En esto me llamó el abogado de plantilla del MOMA, que no había participado en las negociaciones recién concluidas, y pidió verme con urgencia. Le cité a primera hora de la tarde, justo después del almuerzo. Creo recordar que entre las dos y las tres. Nada más llegar, un joven de mediana altura, que se me antojó judío -como gran parte de la población nativa de Nueva York- fue directamente al grano. Dijo que en la pasada negociación y en el consiguiente borrador de acuerdo se había omitido un asunto de primordial importancia para el MOMA: la autorización para que el Museo pudiera seguir disfrutando de los derechos de reproducción del Guernica a lo largo de unos diez años, a título de compensación por la merma de los ingresos que el museo iba a sufrir al desaparecer el cuadro (y la serie de bocetos que se exhibían en la misma sala) de su colección permanente. Aunque el joven abogado no cuantificó lo que su pretensión podría suponer para las arcas del museo, en un rápido cálculo mental pensé que la cifra no bajaría de unos cuantos millones de dólares. A pesar de la cuantía que yo atribuí a la pretensión, aparenté una calma que estaba lejos de sentir, y me limité a decirle fríamente que daría traslado de su pretensión a mis autoridades y le haría llegar su reacción, a su debido tiempo.

Una vez que despedí al abogado en el ascensor del Consulado, me fui raudo a referir lo ocurrido al abogado del Estado, Alfonso Arias, que andaba haciendo tiempo en un despacho contiguo al mío. Le conté lo sucedido con pelos y señales y acto seguido le hice saber que en mi fuero interno estaba convencido de que el ambicioso abogado estaba jugando de farol, que era una iniciativa suya -para la que no tenía autorización ni conocimiento previos del MOMA- pero que, si salía adelante, le supondría una segura promoción y quizás un bonus del museo. Por ello le vine a sugerir que, sin esperar la aprobación del borrador o instrucciones de Madrid -que un viernes por la tarde ya no llegarían- nos fuéramos al bufete de apoyo a Cyrus Vance y rubricáramos el texto, en señal de aprobación definitiva.

Alfonso Arias, en mangas de camisa, me escuchó atentamente y ponderó lo que le acababa de decir. Y, de repente, dio un salto, me dijo que pidiera el coche oficial y sin molestarse en ponerse la chaqueta salimos disparados hacia el bufete, que estaba en la zona de Wall Street. Entramos en el edificio cuando ya las señoras de la limpieza andaban fregando los pasillos, irrumpimos en el bufete y, después de identificarnos, pedimos el texto del acuerdo y Arias lo rubricó en señal de aprobación definitiva. Hecho lo cual, nos fuimos de vuelta al Consulado con cierta desazón, pero tranquilos.

Creo que fue el sábado cuando me desplacé al aeropuerto a asistir en su llegada, a bordo de un vuelo regular de Iberia, a los policías que se desplazaban desde España y que viajaban, claro, con su armamento de combate gracias a un permiso especial.

Cuando los viajeros españoles del vuelo fueron llegando a la cinta de recogida de equipajes, a la vez que lo hacían aquellos fornidos muchachos -verdaderas torres-, algunos pasajeros que me conocían por mi cargo en el Consulado ya se me acercaron diciendo, como para sondearme, que creían que la entrega del Guernica era inminente. Una vez que mis muchachos hubieron recogido sus voluminosos equipajes -con sus armas- les monté en un autobús que tenía preparado y les llevé a un hotel en la Séptima Avenida, a pocas manzanas del MOMA. Ahí se produjo la primera anécdota divertida de las varias que se iban a suceder. Andaba yo aclarando dudas de algunos en la recepción del hotel cuando se me acercó el teniente que mandaba la unidad de los GEOS, una auténtica mole. Y me preguntó de golpe si la calle era segura para salir a dar una vuelta. A lo que, levantando la vista tanto como pude, contesté que si ellos, precisamente ellos, no podían salir a la calle, nadie lo podría hacer.

A partir de ahí, los acontecimientos empezaron a acelerarse. De Madrid llegaron el Ministro de Cultura, Inigo Cavero, y el director general Javier Tusell. De Washington, lo hizo el Embajador de España, José Lladó, ex ministro de Comercio. A todo esto, como había barruntado, nadie del MOMA se interesó por la enmienda al acuerdo de entrega que el abogado de plantilla del museo se había sacado de la manga y de la que, por cierto, nadie, nunca, se ha hecho eco. Y yo menos, porque al fin y al cabo habíamos actuado sin instrucciones de Madrid al rubricar el texto, algo que, en la Administración española, es un pecado capital para el que no suele haber indulgencia.

El museo cerraba al público los miércoles por descanso semanal, así que acordamos que cuando cerrara sus puertas al público en la tarde/noche del martes 8 de septiembre, entraríamos en el museo unos cuantos -incluidas las autoridades españolas- junto con los técnicos contratados para la ocasión que debían bajar el cuadro, enrollarlo y, en definitiva, prepararlo para su traslado por vía aérea a Madrid.

Como se sabía que se iba a trabajar gran parte de la noche del martes al miércoles, decidí alojarme en un céntrico hotel cerca del museo para no correr el riesgo de que, a la mañana siguiente, un problema en las comunicaciones entre mi localidad de residencia y Manhattan me hiciera perder la ceremonia que se había preparado, con la que habíamos soñado tan largo tiempo.

A la vez, como apunté antes, a última hora del martes, al tiempo que íbamos entrando al museo, los GEOS y el resto de agentes que integraban el dispositivo policial se desplegaron, de paisano y con su armamento bien disimulado, a lo largo del perímetro del museo, que ocupaba una manzana entera.

Antes de bajar el cuadro, todos los presentes posamos frente al Guernica para el fotógrafo oficial del museo. Ahí estaban Máximo Cajal, cónsul general de España en Nueva York, que era mi jefe inmediato; el Embajador de España, José Lladó; el ministro Cavero; el director general Tusell; el conservador del Museo, señor Rubin, algún técnico, un funcionario de nuestro Ministerio. Y el que suscribe.

Se da la circunstancia de que el New York Times, en su edición del 10 de septiembre, publicó la fotografía que aparece en este texto con el grupo más numeroso. Iba acompañada del siguiente pie: "Funcionarios y técnicos del MOMA posan llorando ante el Guernica momentos antes de su entrega a España". En realidad los españoles, y el que suscribe en particular, mostrábamos una sonrisa de oreja a oreja. Y es que así se escribe la historia.

Tras las fotos empezaron las operaciones de bajada y acondicionamiento del cuadro para su traslado, unas operaciones que revestían una gran dificultad porque el cuadro no está pintado sobre tela o madera, sino sobre papel; en realidad sobre varias piezas pegadas hasta formar el todo, a su vez sostenido por un endeble bastidor. Inicialmente, el cuadro había sido concebido, como he dicho, como un simple y efímero mural, pero debido a los trágicos acontecimientos que se desarrollaban en España, y dado el dramatismo de las escenas que plasma, fue utilizado como reclamo en unas exposiciones itinerantes que se organizaron por Europa, Iberoamérica y EE UU para recoger fondos con que financiar el esfuerzo bélico del Gobierno de la República. Finalmente, quedó depositado en el MOMA bajo las condiciones a las que aludí al comienzo.

Como yo mismo pude comprobar, el papel del cuadro, con el paso del tiempo y sus sucesivos traslados, había sufrido varios desperfectos que habían sido solucionados en su momento con capas de parafina adheridas al revés del cuadro, lo que llevó al señor Rubin, el conservador del MOMA a decir que, una vez instalado en España, el cuadro no debía volver a moverse nunca más, porque no lo resistiría.

Ya muy tarde por la noche me retiré al hotel para descansar un poco antes de volver al Consulado el miércoles por la mañana para hacer frente a las preguntas de una serie de periodistas a los que los responsables españoles enviaron ahí en pos de noticias y para librarse, ellos, de la presión mediática. Tan rápido como pude, esa mañana solventé el trámite y marché de nuevo, corriendo al museo para asistir a la entrega simbólica del cuadro.

A la hora prevista, empezó el acto protocolario que, por parte del MOMA, estuvo presidido por la presidenta de su Patronato, la señora Blanchette Rockefeller, y por parte española por el ministro Cavero. Hubo intercambio de amables palabras y se sirvió una copa de champán y algún aperitivo.

Un camión demasiado pequeño

El acto discurría plácidamente y con la mayor cordialidad hasta que, de pronto, el personal del museo dijo que se acababa de recibir una llamada urgente de la policía diciendo que por Battery Park -al sur de Manhattan- había estallado un transformador, lo que estaba provocando una reacción en cadena que poco a poco iba subiendo hacia la zona media de Manhattan -donde se encuentra el museo-, por lo que se preveía que en poco tiempo el colapso del tráfico sería total. Recomendaban la salida inmediata del cuadro y de sus acompañantes hacia el aeropuerto para embarcar a tiempo.

Al oír esto, instintivamente miré hacia abajo, a un patio central, para ver si salía el camión con el cuadro. La escena que contemplé era surrealista. Para proteger al máximo la obra, el cuadro se había enrollado a lo ancho del mismo. Pero alguien, al encargar el camión de transporte a la compañía SIT -que luego subcontrató con una empresa americana- debió de calcular la caja del camión de marras por la altura del cuadro y no por su anchura. El resultado fue que por la parte trasera de la caja del camión, que tuvo que dejarse abierta, sobresalía la caja del valioso cuadro de Picasso en, al menos, dos metros. ¡Era como la cola de una gallina! Y de esa guisa salió hacia el aeropuerto.

Mientras yo me dirigía apresuradamente al Consulado para, entre otras cosas, expedir algunos visados a algunos periodistas norteamericanos que los habían implorado para poder volar con el cuadro y cubrir la llegada a Madrid. Y así lo hicieron.

Antes y después del traslado, la pregunta más frecuente que me hicieron los periodistas -los americanos en especial- fue la del valor en que el Gobierno español había asegurado el cuadro para el viaje. Había que ver la cara de asombro de aquellos que preguntaban cuando les decía que "cero dólares", y luego les aclaraba que la política inveterada de las autoridades españolas era, y sigue siendo, que el Estado se asegura a sí mismo. Y para ello había mandado un grupo de operaciones especiales. Con lo que se quedaban un poco más tranquilos.

Luego supe que, con el barullo que se formó en Barajas a la llegada del avión de Nueva York con el cuadro, a primera hora del jueves 10 de septiembre de 1981, hubo gente que ni siquiera pasó por el control de pasaportes.

Yo sí que pasé por casa y me tomé unas cuantas copas, hasta que me serené.

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