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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El inagotable anecdotario

A Jaime Aragall había que llevarle un psicólogo, Caballé se enfadó por un comentario sobre su alimentación y Carreras gritó: "Se callen, coño"

Plácido Domingo en la triunfal 'Tosca' en los años setenta. LP / DLP

La creativa etapa de Mario Pontiggia como director artístico brilló en su faceta de escenógrafo con una verdadera hazaña: convertir el escenario de concierto del Auditorio Alfredo Kraus en escena de ópera con todas las consecuecncias e importantes logros. Entre otros, un espectacular Murciélago de Johan Strauss, con los juegos de espejos que duplicaban la dimensiòn real de la escena, o la preciosista Madama Butterfly de Puccini diseñada para la soprano Cristina Gallardo-Domas, que redondeó una interpetación antológica. Estos recuerdos abundan en anéctodas de toda especie. Por ejemplo, Pavarotti bisando ante el clamor del público la Gelida mannina de La boheme, que estimuló en la misma temporada el bis del Eri tu, de Un ballo in maschera, por el inolvidable barítono Piero Cappucilli: un duelo de titanes. No menos permanente es la memoria de Jaime Aragall, una de las voces de tenor más bellas de la historia, siempre víctima del track o miedo escénico -pánico- que obligaba a llevarle un psicólogo a su camerino para tranquilizarle y conseguir que saliera a cantar. El público de Las Palmas le adoraba. En cierta ocasión colgaron en el balcón de paraiso una enorme pancarta que decía "¡Te queremos, Jaime!" Y el angustiado artista cantaba aquella noche -todas las noches, en realidad- como un ángel. Y qué decir de Montserrat Caballé cuando, muy ofendida por una periodista que se atreviò a comentar sus presuntas costumbres alimentarias, amenazó con cancelar las actuaciones en la ciudad si no se le daban satisfacciones. El que suscribe, a instancias de los aterrados directivos, tuvo que personarse en el hotel y dar toda clase de disculpas a la diva, a su marido Bernabé Martí y a su agente, constituidos en ceñudo tribunal.

También sigue en la memoria colectiva aquel "¡Se callen, coño!" lanzado por José Carreras a una sala ruidosa, al tiempo que paraba la representación. O el berrinche de su exnovia Katia Ricciarelli por un vestuario para Don Carlo que no la favorecía. O los problemas de Plácido Domingo, colorado como un cangrejo tras unos días en Maspalomas previos a su actuación. No estuvo a la altura de sí mismo y la crítica lo hizo notar. Disgustado y molesto, bisó en la sesión siguiente el Adiós a la vida de Tosca y recibió una de las más clamorosas ovaciones que se recuerdan. Y hablando de crítica, el grito estentóreo "¡Abajo los criticos"! lanzado por un directivo muy estimado, cuando se apagaron las luces y tenía el maestro la batuta en alto para dar entrada a la obertura. La oscuridad no impidió que todo el mundo reconociera su voz. O el renuncio del maestro Miguel Roa cuando vino a dirigir un Falstaff y, tras el primer ensayo con la orquesta, cogió la maleta y se fue por donde habìa venido, ante la consternación de los directivos.

Proyectando más lejos la memoria, aparece un Mario del Monaco refufuñando en los ultramodernos decorados para Otelo que había diseñado Pepe Dámaso. O el enfado de Alfredo Kraus porque le discutían el caché, desencuentro que duró muchos años`y quedó felizmente superado con su regreso triunfal al Pérez Galdós después de espectaculares funciones en los decorados que le construía Sergio Calvo ante la grada curva del Estadio Insular. O la reunión de la directiva que presidió Gregorio de León en tierra neutral -las dependencias de Prensa Canaria- con sendos representantes del Gobierno autónomo y el Cabildo insular, que vinculaban los patrocinios pùblicos a la toma del mando; una condición en buena hora rechazada por ACO. O Juan Diego Flórez, que debutaba en las Palmas algunos de sus roles, seguro de que su efecto en el público sería un buen test para seguir con ellos o esperar un poco más. O el susto de hace muy pocos años, cuando los socios fueron convocados a una reunión pública para comunicarles la suspensión de la temporada por absoluto agotamiento econòmico ante un déficit intratable. Una llamada salvadora del alcalde Cardona, poco antes de la reunión, hizo cambiar la partitura del pianissimo morendo al prestissimo giubiloso...

Cincuenta años de ópera contienen miles de anécdotas y las aquí evocadas no son sino un mínimo reflejo. Esperan un investigador que las recupere como relato paralelo al de la historia de un acontecimiento inseparable del alma cultural de una gran ciudad.

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