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Canarismos

"... y hágase el lobo"

Con apenas diecisiete años -hacia 1860- en Gran Canaria, un joven Benito Pérez Galdós comenzó a anotar en un cuaderno los términos que escuchaba en la calle o en "el campo" y que formaban parte del modo de expresión común del hablante de la época. Se trataba casi siempre de expresiones orales y de las que no encontraba referencias escritas en el diccionario. En este cuaderno Galdós llegó a registrar más de cuatrocientos vocablos de distinta naturaleza y ámbitos de procedencia. Las voces recogidas por Galdós, antes de partir hacia Madrid en 1862, donde se afincaría para comenzar sus estudios de Derecho, marcarían seguramente su producción literaria posterior (al menos, la tardía). Esta recopilación léxica -que ha sido transcrita, analizada y comentada por los catedráticos Clara E. Hernández y José A. Samper y recogida en el volumen Voces canarias recopiladas por Galdós (edición del Cabildo Insular de Gran Canaria, 2003)- dan testimonio del interés que despertó en el escritor la manera de hablar de la gente de su tierra. Pero no es de esta recopilación de voces canarias de lo que quiero hablarles -más allá de que se mencionen de pasada algunos canarismos "de Galdós"- sino de una expresión popular que gana celebridad hoy, precisamente a partir de una anécdota que tiene como coprotagonista al escritor.

En noviembre de 1887 el abogado grancanario don Fernando León y Castillo es nombrado embajador de España en París -cargo que desempeñaría hasta el final de su vida-. Conocida es la vieja amistad entre el político teldense y el más universal de los escritores isleños, de modo que Fernando León y Castillo se prestó a mediar por él para procurar la publicación de su novela Nazarín en Francia (en las páginas del diario Le Figaro), una vez traducida al francés. Se cartean entre ellos de manera regular y a través de este intercambio epistolar se hacen sugerencias, comentarios y peticiones. En una de las misivas, Fernando León y Castillo informa a Galdós sobre el estado en que se encuentran sus gestiones para la publicación de su novela en francés; y posteriormente le recomienda -ante la impaciencia del escritor- de no enojarse (o no "enroñarse", por usar una de las voces recopiladas por el mismo Galdós). Se lamentaba en su carta don Benito sobre las dificultades para publicar Nazarín (publicación que a la postre sería descartada por el diario francés por ser una novela "demasiado larga"). En la respuesta, el bueno de don Fernando aconsejaba a su amigo: "No olvides aquella norma de conducta de los maúros de Canarias: paso de buey, tripas de lobo y hágase el bobo" [que hemos comentado en otra ocasión].

Este dicho fabulado -hoy prácticamente en desuso- ha llegado hasta nosotros a través de la anécdota narrada en esta relación epistolar. Sin embargo, su origen hay que buscarlo en la tradición refranera castellana. Así el paremiólogo José Mª Iribarren recoge la versión: "Paso de buey, diente de lobo y... hacerse el bobo" entre los refranes y aforismos que forman parte del acervo folclórico navarro. Con alguna variación existe también en otros ámbitos del castellano para hacer valer la paciencia, habilidad y astucia de alguien. Este mismo autor recoge otro dicho afín de similar significado, que acaso resulta más claro: "Paso corto, vista larga, paciencia y mala intención, que ¡ya te llegará la ocasión!".

Con independencia de su origen, la expresión encontró acomodo en el idiolecto de ámbito rural, propio de los magos y maúros de antaño. De tal modo que en aquella época -y de las palabras de don Fernando León y Castillo se deduce- formaba parte del patrimonio aforístico insular. El "paso de buey" nos traslada la imagen de la yunta de bueyes en su andar manso, cabizbajo, paciente, lento y continuo; en actitud de aparente sumisión al yugo o 'cango', y "tirar pa'lante", sin rechistar, con docilidad.

Tener una "tripa de lobo" es desarrollar el más puro instinto de supervivencia, "tragándose lo que a uno le echen", "hincarle el diente a lo que sea" y "calladito a la boca"; mostrar el espíritu más salvaje y antagónico a la domestiqueza del buey, pero que se sustenta y tienen en común la propia resistencia ante la adversidad. "Hacerse el bobo" equivale en sentido figurado a 'atorrarse', con el significado que se le da en el español de Canarias: 'mantenerse alguien al margen de una situación comprometida, para pasar desapercibido y que no se conozcan sus verdaderas intenciones'. Hacerse el tonto [el "bobera", por utilizar otra voz recogida por Galdós], como el que no sabe nada? Todo ello representa la "sumisión" socarrona, paciente -a veces indolente- pero aguda e ingeniosa, propia del carácter isleño; y en particular del hombre del campo que la ha adoptado y desarrollado como estrategia de supervivencia frente a las distintas vicisitudes y a la adversidad. Quizás por ello la expresión se hizo eco y adquirió "carta de naturaleza" en el español hablado en Canarias "en la época de Galdós".

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