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El entusiasmo virtuoso

Teoría y práctica del conde de Shaftesbury, una lectura que hace mucha falta en la vida pública

El entusiasmo virtuoso

El entusiasmo virtuoso

Anthony Ashley Cooper fue el tercer conde de Shaftesbury, vivió a caballo entre los siglos XVII y el XVIII, y viajó siempre en busca de un clima saludable para el asma que lo ahogaba en su Inglaterra natal. Así, murió en Nápoles tras haber ocupado un escaño parlamentario y habernos legado una obra a mitad de camino entre la filosofía y la creación literaria, en un alto estilo de dicción y de mejor pensamiento, muy propio del espíritu de Cambridge, fuente de la que había bebido. Fue uno de esos hombres afortunados por la posición familiar, más que desahogada en lo económico, que le permitió someterse a la tutoría del gran John Locke y aprender de los clásicos griegos y latinos en su propia lengua en lugar de adocenarse y perderse en la caza del zorro o la contemplación de la campiña inglesa entre té y té. Se convirtió, pues, en el Ilustrado (con mayúscula) inglés por excelencia. Es decir, en un creyente en la naturaleza humana, la virtud, la moral basada en la religión natural, la bondad y la belleza (que, para él, vienen a ser lo mismo), el bien común y en una dignidad que caminaba pareja con el sentido de la amistad y del ser como ser sociable. Vivió tocado por el entusiasmo, pues nada ansiaba más que elevar su espíritu. Es decir ?resumo?, un hombre que según los parámetros de hoy sería un alienígena casi, máxime por su oposición al dogmatismo, a la intolerancia, y su puerta abierta al pensamiento ajeno.

Voltaire o Diderot o incluso Goethe supieron verlo y admirarlo. No está mal. Ahora se editan en un librito (por tamaño) sus obras principales, no muy fáciles de leer si se busca solo el entretenimiento, ricas a manos llenas si se desea seguir el razonamiento de una cabeza muy bien organizada. Estoy seguro de su poco éxito entre muchos de sus colegas parlamentarios de hoy, lo que me reafirma en mi predilección por Shaftesbury.

Lean si no: "¿Por qué un hombre tendría que ser honrado cuando nadie mira? No diré qué clase de hombre hay que ser para preguntarlo. Pero confieso que no encuentro muy deseable la compañía o familiaridad de quien no tiene mejor razón para su honradez que el miedo al patíbulo o a la cárcel". Sigan leyendo: "La solemnidad está hecha de la misma esencia que la impostura", y cita a Horacio para confirmarlo: "Una crítica festiva corta el abuso mayor con más acierto y vigor que la severa invectiva". En efecto, adiós al protocolo solemne, pues "nada detesta ni teme tanto [el enemigo serio] como la amabilidad y el buen humor". Y alcancen su lógica (página 103) cuando pide a "estos reformadores modernos", antifanáticos apasionados por su filosofía desapasionada -así los califica? que entienden el derecho como algo reducido "a la fuerza y el poder", cuando les pide ?digo? que no se preocupen tanto por nosotros, que guarden sus iluminaciones para sí mismos y que nos dejen en paz al resto, viviendo en el engaño de que se pueda servir a la república común. Óiganlo tronar con suavidad: es preciso reírse "del egoísmo redomado" de esos moralistas de moda. Es más, aconseja a un amigo: "No dejarás que te adoctrinen para valorar la vida según su baremo o para degradar la honradez (?). Hay en ella algo que está por encima de las modas y los aplausos, la virtud y el mérito son reales y no dependen del capricho o la voluntad, el honor subsiste igual cuando actúa por sí mismo y no hay testigos que cuando es advertido y aplaudido por todo el mundo". Lo dije antes: la teoría y la práctica de Shaftesbury deberían ser libro de cabecera para los personajes públicos. Sin embargo, ni lo huelen ni lo olerán la mayoría. Dediquémosles sus enseñanzas en las urnas.

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