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Las más alegres campanas

Julio Llamazares culmina en la capital y La Laguna su periplo por las 74 catedrales

Las más alegres campanas

Las más alegres campanas

Bajo el epígrafe Las catedrales del mar,Las catedrales del mar Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) finaliza en Las Palmas y La Laguna su peregrinación por las 74 catedrales del país, cuya segunda parte, dedicada a la geografía meridional, Las rosas del sur, acaba de editar Alfaguara, donde hace justamente diez años, en 2008, publicó Las rosas de piedra, con el relato de las catedrales del norte del país. Como quien entona un eureka por el titánico propósito cumplido (el "I did it!" que dicen los norteamericanos), Llamazares confiesa en "Viernes Santo en La Laguna", al final de las casi 700 páginas del volumen - salpicadas con sobrias fotografías en blanco y negro, y flanqueadas por un mapa que indican sus dos periplos-, que "el viajero siente hoy una emoción especial", al despertar en la habitación del hotel aledaño a la catedral de Los Remedios de San Cristóbal de La Laguna, al tétrmino de su decimocuarto viaje. Y es que hoy se cumple "el último día de su viaje", una odisea del espacio templario del país, que se inició en Santiago de Compostela el uno de septiembre de 2001, el kilómetro cero de los más de veinte mil recorridos -la mayoría de ellos en automóvil, pero también en barco y en avión, justamente para salvar las distancias de las catedrales de los dos Archipiélagos españoles- y que hoy ha concluido.

Hoy es el viernes 30 de marzo de 2018, Viernes Santo de Pasión, y el viajero destacará la limpieza colorista y la masticable belleza urbana de La Laguna -"la primera ciudad colonial no fortificada del mundo, y cuya cuadrícula urbanística sirvió de plano para la construcción de ciudades de Hispanoamérica mucho más famosas, como Cartagena de Indias, La Habana, Lima o San Juan de Puerto Rico", subraya-. Y lo hará, en parte, para compensar la extrañeza que le produce el cierto desvalimiento de la más joven catedral de España, que es, por demás, la única construida en hormigón, "y rematada tras su reconstrucción reciente después de ser demolidas sus bóvedas y su gran cúpula ante su peligro de derrumbamiento, en 2009, con fibra de polipropileno (también en ello es pionera)". Y advertirá también su original asimetría y el modo en que su aspecto pretende ser antiguo, por su disposición e impostación neoclásica, cuando apenas tiene cien años y la cubierta ni eso, y con las bóvedas sin acabar.

El viaje a las catedrales del mar se inició en Las Palmas días atras, hasta el Jueves Santo, con sus reiteradas visitas a Vegueta y a la catedral de la plaza de Santa Ana, y que sintetiza con el epígrafe de El palmeral atlántico, en el que agredece la valiosa ayuda que le ha prestado como cicerone su amigo Diego Talavera, ex director de este periódico.

En un libro cuajado de impresiones de viaje -"al viajero le da por pensar mientras toma la torrija con placer que La Laguna mira hacia América, mientras que Las Palmas mira hacia África", dice, por ejemplo, sentado en una terraza de la ciudad tinerfeña-, a menudo las catedrales se convierten en pretextos para abordar, de un modo divulgativo, aspectos e historiográficos e intrahistóricos de sus entornos. Así, en el caso de las Islas, glosará los nombres propios de sus conquistadores- fundadores respectivos: Juan Rejón, en el Real de Las Palmas, y el adelantado Alonso Fernández de Lugo en San Cristóbal de La Laguna; o de los fundadores de sus letras -Bartlomé Cairasco de Figueroa y el Padre Anchieta-, o de sus más destacadas gestas: la salida de Franco del hotel Madrid, por ejemplo, o la muy peculiar devoción -incluso laica- por el Cristo lagunero... De tramo en tramo, para descansar la vista de los inventarios arquitectónicos, el viajero se enfrascará y enfrascará al lector en jugosas descripciones y diálogos con -llamémosles así- los transeúntes de la catedral. Es lo más destacado del conjunto del libro: el anecdotario del cuaderno de viaje, con el que Llamazares consigue que el lector perciba el contrastado murmullo mental entre activos participantes -curas, sacristanes, feligreses, beatas...- y meros visitantes del no siempre sagrado espacio. Se agradece esta mirada manifiestamente "laica", de cronista y detective-viajero, sobre todo. El propio autor se adelanta a explicarlo: "Este es un libro de viajes, no de arte ni de historia, ni mucho menos de espiritualidad. Con él no pretendo establecer ninguna teoría ni llegar a ninguna conclusión concreta. Como en todos los libros de viajes que he escrito, lo que en él cuento es lo que vi y me ocurrió, que es lo que han hecho siempre los escritores y los viajeros que escriben y viajan por puro placer".

La sentida premisa de Albert Camus de que si de verdad existiera Dios no harían falta los templos ni mucho menos los curas, podría ilustrar algunos tramos de esta crónica de viaje transcatedralicia. Aunque eso sí: siempre con un fondo de respeto conmiserativo y una melancólica ironía, radicada en el brutal contraste entre la piedra milenaria y lo efímero de la existencia de cualquiera de sus usuarios, ya sean militantes correligionarios -nunca mejor dicho- o advenedizos curiosos. Es lógico, entonces, que el viajero-detective en ocasiones deba camuflarse, si quiere obtener información en esos herméticos lugares especializados en silencio. En una catedral de muchísimos kilómetros antes de arribar a las Islas, le sucede esto, por ejemplo, que en algún momento, con tanta insistencia en adentrarse en las casas del Señor, le habría de suceder tarde o temprano de forma inevitable: "-¿Usted es católico practicante? -le pregunta la señora a bocajarro cuando termina su explicación. A medias -miente el viajero, no sea que lo contrario la señora lo considera otro insulto".

Y es lógico también que quien, en veinte mil kilómetros a la redonda de las catedrales, se ha topado con "gentes de todas las clases, amables y displicentes, hurañas y hospitalarias, educadas y desagradables", su propia indulgencia tenga un límite; pues una cosa es el respeto y otra muy distinta tener que comulgar con inquisitoriales ruedas de molino. Así, el detective-viajero debe escurrir el bulto y hacerse invisible algunas veces, como le ocurrió en la madrileña catedral de Santa María la Real de la Almudena, donde se inicia, en su séptimo viaje, este tomo de la España sureña: "[...] -Dios nos necesita a todos -trata de convencerle aquél. -Sin duda -dice el viajero antes de desaparecer. Lo hace deprisa, por si las moscas, sin dejar de observar si alguien le sigue. Lo cual no le impide ver, aparte de otros detalles (el cura, que continúa hablando, la lámpara, que se apaga, la oscuridad del resto de la cripta...), ya cerca de la salida, la lápida mortuoria del marqués de Villaverde, el que fuera yerno de Franco. ¡Qué regresión a la España eterna!".

En su visita a las catedrales isleñas registra anécdotas propias del más neto realismo mágico. Así cuando en La Laguna alude a la copia del llamado Cristo de Burgos, cuya talla original, del siglo XIV, ardió en el incendio del convento de San Agustín, y que para honrarla se ha recobrado recobrado "la tradición de dejar a sus pies huevos de avestruz como, según la leyenda, hizo un mercader burgalés hace mucho tiempo". O cuando el cura palmero Celso le hace el enorme favor de dejarle la llave para que pueda visitar el museo con iconos bizantinos, cerrado por la Semana Santa, y Llamazares puede verlo completamente solo, lo que vuelve doblemente extraño un museo de íconos ortodoxos en un templo católico...

En su periplo el viajero siente una lógica predilección por los sacristanes como fuente de información, pues nadie sino ellos son el vínculo perfecto entre lo oficioso y lo oficial, entre lo solemne y el más chispeante y menudo anecdotario. Se queda de un aire cuando el sacristán de La Laguna, sin ir más lejos, advierte que no se marche nadie aún, al acabar los oficios, pues hay que revisar si quedan costaleros ocultos, ya que alguna vez ha sucedido: se esconden para robar y salen cuando todos han marchado...

Pero más chispeante resulta la reproducción del diálogo en su encuentro con el "sacristán amateur" de la catedral d Las Palmas:

El viajero le aborda con disimulo:

-¿Usted es el sacristán?

-No -dice el hombre deteniéndose-. Yo sólo vengo a ayudar a la misa de las ocho y media. El sacristán es otro.

Pero sin esperar a que el viajero le vuelva a preguntar, el hombre le cuenta toda su vida, que es la de un huérfano gaditano que llegó a Las Palmas de adolescente reclamado por un hermano que le había precedido en la aventura y que ya no se movió de esta bella isla, en la que trabajó toda su vida como camarero hasta que, jubilado, dedica sus horas libres a ayudar a la misa en la catedral y en la capilla del cementerio, que vigila los domingos ("Lo hago por Dios y por la Virgen", dice). El hombre, que está soltero, vive solo a pesar de los diez infartos a los que ha sobrevivido ya y de la rotura de cadera que acaba de padecer y que es la que le hace cojear y a pesar de "las cacatúas" que lo persiguen, por la casa y la pensión de jubilado, por lo que cuenta. Una de ellas, asegura, la mujer que leyó la lectura de hoy en la misa y que, según el hombre no le deja en paz.

-Pero a mí no me atrapan -dice con gesto de picardía-. Yo con mi perra y mis pajaritos tengo bastante y no quiero otro amor que el de Dios y la Virgen. Marimandonas a mi lado no las quiero. Que trabajen si quieren tener dinero como hice yo -dice volviendo a andar hacia la salida.

-¿Vive lejos? -le pregunta el viajero ante su dificultad para caminar por la cadera rota.

-Un poco. Pero cojo un taxi. Lo cojo todos los días tanto a la venida como a la vuelta -dice el hombre. Y añade-: Total, el dinero es mío.

Más allá de la extrañeza que transmite por el enorme contraste entre templos abarrotados de turistas y otros completamente vacíos, Llamazares juega a menudo con la descripción de esos antagonismos sin solución de continuidad en los entornos de los templos; dando cuenta, en algún paraje, con cierta melancolía, el palmario contraste, por ejemplo, entre una catedral atestada de gente y una desertada librería...

En las inmediaciones de Santa Ana observa que son muy pocos, tanto locales como turistas, los que reparan en "las casonas y muros que esconden el jardín episcopal o lo que queda de la llamada catedral baja, un apéndice a medio hacer del edificio principal que se abandonó ante la falta de entusiasmo con la que fue recibido por los vecinos de Las Palmas, cansados seguramente de costear las faraónicas obras catedralicias". Y tras haber anotado la autocrítica que acaba de ejercer el obispo Francisco Cases en una homilía -"Algo no estaremos haciendo bien en la Iglesia para que tantos jóvenes no participen"-, Julio Llamazares recoge este elocuente diálogo con las camareras de un bar aledaño, en la plaza que al aire se echó a volar (por cierto, que en el capítulo reproduce íntegra la célebre letra de José María Millares):

-¿Y el obispo viene aquí a tomar café? -les pregunta el viajero señalando su palacio, cuyo jardín se recorta enfrente justo del bar.

-Yo nunca lo he visto -responde la más joven, encogiéndose de hombros.

-Yo es que soy poco religiosa, caballero -dice la otra corroborando que ni siquiera reconocería al obispo si entrara al bar a tomar café. Y añade con la dificultad que le causa al hablar el 'piercing' que lleva puesto en la lengua-: El obispo toma el café en taza de oro y aquí no tenemos de eso.

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