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Crítica 36º Festival de Música de Canarias

Cuerdas rusas para estrenar la obra encargada a Bonino

Cuerdas rusas para estrenar la obra encargada a Bonino

Cuerdas rusas para estrenar la obra encargada a Bonino

El encargo de música viva de este Fetstival fue presentado de manera sobresaliente por la Orquesta de Cámara Rusa de San Petersburgo, dirigida por Juri Gilbo. Se trata de Invocaciones, del compositor, profesor e intérprete canario Manuel Bonino, personalidad muy estimada y respetada en las Islas. Escrita para orquesta de cuerdas, la pieza escinde en breves movimientos ( Adoración, Letanía y Plegarias) tres imágenes de elevación poética frustradas en algo así como la imperfecta condición de la realidad. Escritura muy bella y refinada en los procesos ascendentes, que configuran con toda precisión el soliloquio del alma en timbres y colores espiritualizados, incluso místicos, pronto desmentidos en pulsaciones de irónico desencanto y veloces caídas en el mundo real con violentos glissandi de los instrumentos graves. El artista cuestiona sus fantasías, articuladas en el poder creador de la melodía, para reírse de ellas con cierto sarcasmo. Algo está pasando en el mundo, que prohíbe la ensoñación.

Magnífica lectura del director y la orquesta petersburguesa. Bonino llegó muy bien al público y recibió en escena una gran ovación, densa y sincera.

Había empezado la sesión con la suite del ballet Apolo y las Musas, o Apolo, líder de Musas, de Stravinsky (1928), uno de los encargos de Diaghilev en homenaje al ballet blanco francés del siglo XVII (el Rey Sol, Versalles, Lully, et alia?) Personalmente, es una de las escrituras del gran compositor que, con el tiempo, más han caído en mi modesta estima. Demasiado larga, sosa, reiterativa, condicionada por los cánones formales y la rígida proporción ritual del tiempo en que se inspira, resultó tediosa en una ejecución desganada, monótona. La orquesta parecía cansada y coló morcillitas en la peligrosa transparencia de la obra.

Finalmente, el genial arreglo para orquesta de cámara que hizo Mahler con el decimocuarto Cuarteto de Schubert, La muerte y la doncella, animó la atmósfera consciente e inconsciente de la sala con una ejecución erguida, entusiasta, hiperperexpresiva. Apasionado trabajo del maestro Gilbo, que se entregó en cuerpo y alma a una sonorización vencedora de la sequedad acústica del Teatro Guiniguada, espacio inhábil para la música en vivo sin artefactos electrónicos. Respuesta excelente del colectivo, tanto en la melancolía del andante con variaciones que desarrolla el lied del título, como en los tres movimientos rápidos, modelo de energía rítmica y expresiva.

Ya relajado, Yuri Glbo dió suelta a su inesperada vena bufona con dos bises una polka de Schnittke, su paisano, un tango de Piazzola y una divertida "insinuación" sonora al público para que dejara las butacas y permitiese a los músicos irse a descansar...

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