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Memoria y destrucción

Robert Bevan denuncia la utilización del patrimonio histórico de los países como objetivo de guerra y de exterminio cultural

Destrucción de los budas de Bamiyán, Afganistán.

Destrucción de los budas de Bamiyán, Afganistán. LA PROVINCIA/DLP

De acuerdo con la "Teoría del valor de la ruina" acuñada por Albert Speer, el arquitecto de Hitler, las edificaciones vinculadas a la construcción de la nueva ciudad de Berlín debían ser proyectadas imaginando sus ruinas futuras. Toda obra incorporaría una previsión de su deterioro, un estudio que avalara que su degradación no dejaría al descubierto elementos que restaran majestuosidad al III Reich mil años después.

Para ello, se priorizaron materiales más resistentes, como el granito, y se reprodujeron patrones de épocas anteriores, copiando modelos griegos y romanos. Una copia que solo tendría relación con la arquitectura clásica en su mirada estética, puesto que se diluía al adentrarse en los delirios de grandeza nazi. El carácter de perpetuidad de la Alemania de Hitler buscaba domesticar la memoria: resistir el paso del tiempo, esquivando o acaso borrando la violencia con la que tatuaron el continente. En la mente de Speer, las huellas de aquel espeluznante esplendor debían conectarse a un futuro resurgir.

Este afán por conservar y por preservar su patrimonio chocaba frontalmente con la destrucción de la arquitectura de los países que iban invadiendo, siendo estos víctimas de un desenfreno de demolición. La jerarquía nazi puso su empeño en aniquilar toda aquella memoria que no estuviera arianizada, tanto fuera como dentro del país, donde numerosas sinagogas o bibliotecas fueron clausuradas, quemadas, o directamente arrasadas. Una barbarie que sometía a cualquier elemento que quisiera cuestionar su ideario racista. No obstante, su ultranacionalismo respondía a una mentalidad genocida, a la vez que a una necesidad de eliminación, como advierte Robert Bevan, en La destrucción de la memoria (La CajaBooks 2019). El objetivo no sería otro que neutralizar un decir histórico tanto dentro como fuera de sus fronteras, manipular la presencia de los "otros" y resignificar el recuerdo a través de buldóceres, que aplanarían sitios de valor histórico convirtiéndolos en parkings o en vertederos. Como indica Bevan: "La destrucción del patrimonio cultural del país o pueblo enemigo ha sido utilizado como un medio para dominarlo, aterrorizarlo, dividirlo o erradicarlo por completo. El objetivo aquí no es tanto la derrota de un ejército enemigo, sino la consecución de una limpieza étnica o genocidio por otros medios, así como la reescritura de la historia en función de los intereses de un vencedor deseoso de afianzar sus conquistas".

Este canibalismo arquitectónico no ha sido exclusivo del nacionalsocialismo. Diferentes regímenes, algunos de ellos de corte democrático, han sentido el deseo de borrar, renovar y controlar territorios con distinto valor cultural: desde la destrucción de Bosnia por parte de Serbia y de Croacia, los asentamientos de Israel deshabitando el patrimonio Palestino, pasando por la invasión China del Tibet, la crueldad de la Unión Soviética con el pasado de Kiev, hasta el genocidio humano y cultural de la recién nacida Turquía contra los armenios, o el bombardeo de EEUU en Vietnam. En todos se repite un mismo patrón: la violencia ante el pueblo rival viene acompañada de la destrucción de su identidad arquitectónica y arqueológica: "Si las piedras angulares de la identidad ya no están ahí, si ya no son palpables", sostiene Bevan, "los recuerdos se fragmentan y dislocan: su destrucción deliberada es, por tanto, una amnesia forzosa a la que se condena al grupo en cuanto tal, así como a los individuos que lo constituyen".

De este modo, desvalijar museos, derruir iglesias, incendiar bibliotecas, o incluso demoler barrios, responde a la destrucción del ser humano y de la memoria. Se escenifica el asalto al espacio que ejerce de bisagra entre el pasado, el presente y la proyección de nuestro futuro. Supone cortar de raíz cualquier vínculo con otras culturas que, en algún momento, poblaron el territorio. "Los objetos creados por una cultura son parte esencial de la identidad colectiva y de la historia de aquellos que los han producido, nos hablan de cómo se entienden a sí mismos, de dónde vienen y hacia dónde van".

La estructura del ensayo de Bevan parcela las diferentes aristas de dicha destrucción en torno a siete capítulos denominados: "Introducción. Los enemigos de la arquitectura y de la memoria", "Limpieza Cultural", "Terror", "Conquista y Revolución", "Vallas y vecinos", "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros (I)" y "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros (II)". Sobre esta red de referencias a las luchas genocidas, las denuncias de bombardeos, las invasiones, o los urbicidios, argumenta la intencionalidad deshumanizadora que ha tratado de mutilar el entramado cultural de ciertas naciones o grupos humanos.

Ahora bien, dentro de las denuncias a la utilización de artillería o del explosivo como herramienta de eliminación cultural, destacaría el cuestionamiento que presenta Bevan alrededor de la cicatriz que dichas contiendas dejan en algunos paisajes. Pone el foco en la perdida de autenticidad histórica de aquellas reconstrucciones de espacios que han sufrido la devastación y han decidido sobreponerse sin dejar incorporar la herida de su pasado más reciente. "Los recuerdos de los errores pasados también deben ser mantenidos con vida para que el chovinismo no envenene la esperanza de un futuro compartido".

En situaciones como el bombardeo de Varsovia en la II Guerra Mundial, o en destrucciones más cercanas, como sucedió con la desaparición de los dos budas de Bamiyán, en Afganistán, dinamitados por los talibanes en 2001, Bevan se pregunta cuál debe de ser la metodología que se debe llevar a cabo: ¿acaso la reconstrucción total que se practicó en la capital polaca, borrando las heridas, y obviando una contienda fundamental para su historia?, ¿la restauración total de las dos estatuas de casi cincuenta metros? ¿O en su lugar se debería realizar la conservación del espacio con alguna leve intervención que busque preservar los restos, en convivencia con las cicatrices de lo ocurrido? O sea, dejar que prime la autenticidad de lo sucedido. "Las trampas de la reconstrucción en contextos en los que ha habido intentos de forzar el olvido mediante la destrucción de la cultura material son particularmente traicioneras; por otro lado, no reconstruir sería un acto de desesperanza".

A este debate por la conservación también añade Bevan la transformación del equipamiento bélico, y de ciertas construcciones, como barreras o muros, como semántica de un pasado que no se puede difuminar. Es el mismo caso de Berlín, la ciudad renacida después de los bombardeos fue dividida en dos identidades, atravesada durante 28 años por un muro que actuaba de frontera y de cárcel. El solo hecho de tratar de borrar de un golpe todo su entramado habría difuminado las tres cuartas partes del siglo XX en su territorio. Más allá de la conservación de pocos tramos del muro, sobre todo en sus partes más periféricas, y de las marcas y señales que lo reivindican, por ejemplo detrás del Reichstag, el deseo de reunificar la ciudad tanto física como mentalmente, y en consecuencia olvidar el pasado, ha conducido al borrado y al olvido.

Por último, destaca Bevan la necesidad de respetar y actualizar las leyes que se han ido promoviendo en el pasado siglo, buscando limitar al máximo la destrucción del patrimonio histórico. Algo que la ONU refleja en la Convención de la Haya de 1954, destinada a que las fuerzas armadas tomen medidas en la protección del patrimonio cultural ajeno, la Convención de Ginebra de 1977, que incorpora la responsabilidad criminal por atentar a los bienes culturales, o al Documento de Nara sobre Autenticidad de 1994, que trata de evitar el falseamiento de las reconstrucción en la aplicación de procesos de recuperación. Un entramado legislativo que en nuestro país se sostiene en las diferentes leyes de cada Comunidad Autónoma. Así, la actual Ley 11/2019 del 25 de abril, de Patrimonio Cultural de Canarias, sostiene que este patrimonio "es una herramienta de cohesión social, desarrollo sostenible y fundamento de la identidad cultural". Y además del derecho a disfrutarlo y acceder a él para el conocimiento, debemos "protegerlo, y actuar con diligencia en su uso cumpliendo los deberes que marca la ley estatal".

Este apoyo legislativo, no siempre respetado y acatado en el plano internacional, debería ser acompañado por campañas de sensibilización y de asimilación de una policromía en la mirada ante lo que nos rodea. El ser humano debe combatir permanentemente contra el espíritu de monofocal de nuestra época, dotándose de argumentos de multiculturalidad y cosmopolitismo, sobre los cuales se asienta el respeto al patrimonio propio y ajeno. Redactar una mirada panorámica que afiance la supervivencia del Patrimonio Cultural, propio y ajeno, esquivando sobre él cualquier forma de fanatismo. Lo que está en juego, reclama Bevan, son los valores ilustrados de igualdad, justicia y razón, así como las aspiraciones a una historiografía que sea objetiva, por no mencionar la noción de un patrimonio mundial colectivo.

En la reconstrucción de Berlín tras la guerra se difuminaron los delirios de grandeza de Hitler y de Speer. La mayor parte de los edificios que levantaron los nazis fueron derruidos. Únicamente se conservaron unos pocos inmuebles, que avergonzadamente, a la vez que necesariamente, se han mantenido en pie como testigos de una barbarie histórica, tal como ocurrió también con varios de los campos de concentración en pie en Alemania y en otros países de Europa del este. El futuro majestuoso de la capital del III Reich se transformó en menos de setenta años en una ciudad moderna y libre donde la multiculturalidad sobrevuela sus calles, donde se ha sobrepuesto a las cicatrices de un siglo XX convulso y desgarrador.

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