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De los iconos a los ídolos caídos

El movimiento 'Black lives matter' cuestiona el pasado con la indignación de los 'blancos' y la ira de los 'negros', y nos lleva a revisitar los virajes iconoclastas que han dejado su huella en la Historia

De los iconos a los ídolos caídos

De los iconos a los ídolos caídos

I) Introducción al asunto: de los iconos a los ídolos caídos

No deja de invitar a reflexión el hecho de que las opiniones, los prejuicios, incluso la foma mentis de cada época pasada nos obligan a reconsiderar -lo queramos, o no- los juicios de valor "válidos" para nosotros, como podemos comprobar en estos días, al abordar, desde nuestro prisma, la corrección, o no, de las actitudes, las acciones y los comportamientos de los humanos en épocas pretéritas. Es esta una eterna aporía que reaparece reiteradamente, cuando menos se espera, generadora siempre de serias especulaciones. Me refiero, en concreto, a la nueva oleada de iconoclasia que viene inundando el campo de las daily news en todos los múltiples dispositivos que hoy imperan en el mercado informativo, y que es, también, desinformativo.

Me explico. La muerte por asfixia del ciudadano Floyd en Minneápolis (Minnesota), a manos (y bajo las rodillas) de un par de agentes de la policía norteamericana, en las refriegas callejeras que vienen sucediéndose en la geografía urbana de Estados Unidos a partir del mes de junio del año en curso, es asunto que ha provocado una insurrección civil no solo de la ciudadanía norteamericana (en ocasiones violenta, como fruto de la indignación de la población negro-afroamericana por el mortal "incidente" de Minnesota), sino también por parte de otros ciudadanos de complexión blanca. Por otra parte, el escenario de todas las revueltas antirracistas que han tenido lugar hasta ahora bajo el heráldico Black lives matter ha venido marcado por los estragos con que el Covid-19 está abatiendo todo el continente del Nuevo Mundo, desde Alaska hasta Patagonia, luego de haberse cebado en Europa.

No voy a extenderme aquí sobre el cruel capítulo de la trata de esclavos a lo largo de la historia; es decir, durante los siglos de existencia de las varias civilizaciones desarrolladas en Oriente y Occidente desde hace más de tres milenios. Dejemos, premeditadamente, perdida en el olvido la Antigüedad mesopotámica, faraónica y grecorromana no ajena en absoluto a la esclavitud sistemática de las poblaciones sometidas a servidumbre por los rectores de aquellas civilizaciones. Mejor será, para no dispersarnos, que abordemos grosso modo el régimen de explotación humana en que abundaron las potencias cristianas durante la Edad Moderna (siglos XV-XVIII). Tal fue el caso de los Estados hispanoportugueses asentados en la península ibérica, o de las entonces nacientes talasocracias angloholandesas; o del reino de la "cristianísima" Francia, como la santificaron los pontífices del Vaticano, al menos hasta el estallido de la gran revolución francesa en 1789. Incluso, monarquías, también imperiales, como las de Rusia, Prusia, y la Turquía sultaní durante el largo paréntesis otomano (1453-1922), abundaron en la práctica de un sistema de servidumbre similar, mutatis mutandis, a la esclavitud a que fueron sometidas ciertas minorías "internas" racialmente significadas: tártaros, nubios y uigures, entre algunos otros.

En resumen, la práctica de la fuerza de trabajo obligatoria y de la pérdida de libertad fue trasladada por el Occidente europeo al continente americano, en una de cuyas naciones, Estados Unidos, la semilla del racismo echó raíces, rebrotando secuencialmente a partir de la Independencia americana. Incluso, hoy en día, como podemos comprobar en la cotidiana casuística racial, nos llegan notificaciones de ese racismo, espeluznante para la sensibilidad humana en la que pretendemos estar instalados.

La magnitud que han alcanzado las protestas de la sociedad civil estadounidense durante el mes de junio ha irradiado con fuerza también hacia Europa. Ello es así, por lo pronto, en escenarios como el de Francia, donde Jean-Baptiste Colbert (1619-1683) ha sido infamado en su representación estatuaria por los franceses mismos. Veremos si el alcance de la indignación de los "blancos" y la ira de los "negros" (afroamericanos) trascenderá con empuje hacia el orbe asiático; aunque, si así no fuera, volveremos a encontrarnos en un momento histórico que confirma aquello de que, en la historia, las pasiones no se jubilan (La Rochefoucauld dixit).

Este preámbulo que aquí termina viene justamente al caso de una secuela de violencias que dimana de actos cometidos en la actual revuelta de la negritud norteamericana. Consecuencia, o secuela de aquellos, es lo que con sorpresa para muchos ha saltado a los noticiarios de nuestro tiempo hasta copar su capacidad digestiva, que es mucha. Me refiero a la nueva eclosión histórica del fenómeno de la iconoclasia. Puesto que se sepa, el fenómeno iconoclasta ha conocido ediciones históricas anteriores por motivos que no han sido estrictamente de naturaleza antirracista.

II) El regreso de la iconoclasia

Sin pretensión alguna de ser aquí exhaustivo, no puedo hacer menos que refrescar la memoria histórica para encontrar iconoclastas, realmente pioneros, en pleno siglo VIII de la era cristiana. La Real Academia Española puntualiza que la iconoclasia es la destrucción de imágenes, y se define como tal, en particular, el movimiento, así llamado, del siglo VIII que negaba el culto debido a las sagradas imágenes, las destruía y perseguía a quienes las veneraban. Además, procede recordar, como advierte la RAE, que el término opuesto a iconoclasta es iconódulo (icono = imagen; dulia = veneración). De esta genealogía, nació el vocablo idolatría. Deriva etimológica que se refiere a las figuras que se adoran en sí mismas, y que posteriormente se ha aplicado en su versión ególatra a campos semánticos ajenos.

Cierto es que hemos tenido que retroceder hasta el Imperio de Bizancio, heredero, en el Mediterráneo oriental, de su predecesor, el Imperio romano; y concretamente al reinado del emperador León III el Isaurio o Isáurico (c. 680-741), patrocinador áulico de la iconoclasia bizantina.

La pugna que se desarrolló entre iconoclastas e iconódulos, o iconófilos, atravesó la trayectoria de Bizancio hasta la celebración del Concilio de Nicea (787), que llevó finalmente a la victoria de los iconódulos, o iconófilos, dentro del marco de la futura cristiandad ortodoxa, e incluso de la latino-vaticana.

Si un regreso retrospectivo a los orígenes de la iconoclasia posee algún sentido en nuestro tiempo, es debido a que, no solo la versión luterana de la cristiandad europea en pleno siglo XVI, sino también ciertos procesos concretos de desvinculación de las propiedades agrícolas y otros patrimonios nobiliarios y eclesiásticos, heredados desde tiempos remotos por el régimen feudal, procedieron también en el siglo XIX a la abolición de la iconografía de carácter religioso. Esta inclinación proliferó muy significativamente en la geografía religiosa del protestantismo luterano.

Se completa así, aunque con brochazos un tanto descuidados, el telón de fondo imprescindible para acometer, a continuación, el recuerdo de otro viraje iconoclasta que se produjo en las sociedades de la Europa moderna, muy en particular a partir de la Revolución francesa.

III) De la iconoclasia al imperio de los ídolos

Hagamos una corta inflexión para recuperar otra situación histórica que no está tan distanciada de nuestro tiempo como lo pueda estar la pugna existente entre iconoclastas e iconódulos o iconófilos dentro del Imperio bizantino durante el siglo VIII, que acabamos de recuperar anteriormente. Sin embargo, un conciso proverbio de la lengua alemana ( andere länder, andere sittern = otros países, otras costumbres) podría parafrasearse aquí, con o sin licencia de los germanistas, tal cual sigue a continuación: otras épocas, otras mentalidades. Como siempre ocurre, esta paráfrasis viene impuesta por aquello de la orteguiana propuesta de la historia como sistema.

La estrecha conexión del Siglo de las Luces y de la Revolución francesa fue una conjunción que irradió espasmódica, y, además, triunfalmente, durante el siglo XIX. Siglo que, según E. Hobsbawm, se prolongó hasta 1918, sin que se cerraran las contradicciones de diversa suerte que fue generando la centuria decimonónica durante su transcurso.

Si en todos los tiempos han existido civilizaciones con inclinación a venerar a sus santos, a representar figurativamente sus victorias y a glorificar a sus héroes, esta inclinación de reconocimiento reverencial, que fue tan prolija durante la Antigüedad clásica de cuño grecorromano, observó -como sabido es- un apogeo exponencial a partir del Renacimiento. Sin embargo, un concurso de factores muy determinantes, como la aludida Revolución francesa, la revolución industrial -la otra gran revolución del siglo XIX- y la desenfrenada expansión ultramarina de un puñado de naciones europeas avanzadas, se convirtió en un cúmulo tal de convergencias productivas que condujeron a que el siglo XIX pasara a ser, urbi et orbi, el siglo de la supremacía occidental. Supremacía innegable, aunque responsable, a la vez, de errores, cuando no ultrajes, que arrancaron de una concepción de partida funesta, a la que apelaba C.P. Snow (1959) en su célebre ensayo, cuya desgarradora sentencia prefinal concluía con que la historia es inmisericorde con el fracaso.

Ya el Diccionario de autoridades que se editó en 1732 describía el sustantivo monumento como obra pública y patente, puesta por señal que nos recuerda y avisa de alguna acción heroica, u otra cosa singular de los tiempos pasados: como estatuas, inscripciones o sepulchros (v. II, p. 603).

IV) La Europa triunfante

A una especie de tradición rememorativa, universalmente expandida (con la notoria excepción de la civilización y cultura islámicas), vino a adherirse la Europa revolucionaria de 1789 en adelante, que se ha evocado no hace mucho. Hagamos de nuevo, empero, un giro a la Antigüedad clásica. Piénsese, por un instante, en la excelsa estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio (121-180), que aún se contempla en Roma, y el lector podrá observar, no sin alguna dificultad iconográfica, el equilibrio que gobierna la representación del emperador-filósofo. Acto seguido, contémplese, por ejemplo, la estatua ecuestre de Bartolomeo Colleoni, elevada en 1488 en Venecia por Andrea del Verrocchio, que emula claramente el monumento erigido a Marco Aurelio. ¿Qué sobresale de esta otra estatua si no es la acentuación de la pose triunfante del condotiero, con respecto a la adoptada por el estoico emperador y filósofo de la Roma imperial? En una postura, simplemente, se transparenta la diferencia abismal entre ambas representaciones y sus civilizaciones de origen.

Recorramos, ahora, casi a la velocidad de la luz, la galería de algunos triunfadores europeos tan significativos de la estatuaria y de los lienzos inspirados, por ejemplo, en Napoleón Bonaparte, que lo representan a caballo en las campañas germánicas y austriacas; o bien, atraídos por la concepción solemne del omnímodo Carlos V de Habsburgo, según el pincel de Tiziano. No será necesario esforzarse en la acentuación secularmente progresiva del espíritu de grandeza y de poder absoluto que se desprende de las ulteriores reproducciones ecuestres, de las que nos está sirviendo de paradigma diferencial la estatua ecuestre de Marco Aurelio. En estas representaciones, el predominio histórico del mundo europeo -incluso antes del siglo XVIII- se ha ido encarnando en un legado de estatuas, bustos, relieves, inscripciones y columnas conmemorativas, como la de Horacio Nelson, por poner otro ejemplo, que mora en la cúspide de la plaza londinense de Trafalgar y pretende replicar, a lo británico, la celebérrima columna de Trajano, elevada a principios del siglo II (113).

En el fugaz recorrido final, que sigue a continuación, podríamos apelar también a dos o tres conjuntos escultóricos posteriores a los arriba referidos. No parece desmedido subrayar que la creciente afirmación del poder y la conciencia de "superioridad" en la estatuaria y en las representaciones plásticas de los Imperios español y francés aparecen como un indicio del triunfo de la civilización europea a través de su plasmación en el orbe latino y durante una época denominada, clásicamente, como la del turno de las hegemonías.

Fue así, por emulación, como se erigió todo un inmenso legado monumental, volcado para inmortalizar la memoria de los triunfos, de las victorias y las heroicidades del Occidente europeo, no solo en el continente propio, sino en otros parajes donde Castilla y Aragón, Portugal, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Países Bajos, Rusia y también la Alemania del Segundo Imperio (1871-1918) fueron dejando la impronta figurativa de su hegemonía en el marco de los imperios coloniales que se construyeron, ya fuera a partir de 1492 en las Indias de América, o ya fuera en el Oriente Medio, en el subcontintente índico, o en toda África a partir de la Conferencia de Berlín, de 1884-1885. Valga aquí que interpongamos un punto y aparte.

La dimensión épica de no pocas de aquellas empresas coloniales no se obtuvo sin abuso de poder, ni sin atropellos ni sin exacciones de los diferentes pueblos autóctonos, sus territorios y civilizaciones respectivos, a los que se enfrentaron tropeles y ejércitos europeos en una escalada expansionista que dejó huellas indelebles en las poblaciones nativas, propietarias ab origen del suelo y riquezas del subsuelo (minerales diversos y manantiales de petróleo), que les fueron, pronto, arrebatados. Del estudio documentado del fenómeno doble de sumisión y expropiación hay una considerable relación bibliográfica, que, en frecuentes ocasiones, expone hechos, usos y abusos cometidos por una heterogénea cohorte imperio-colonial. O sea, la protagonista de la hegemonía europea durante los períodos moderno y contemporáneo, no exenta, empero, de dimensiones reconocidas como notoriamente progresivas. Naturalmente, la inversión de los términos históricos alusivos a la cuestión de la hegemonía mundial de Occidente, al menos hasta el final de la Guerra Fría que acaudillaron soviéticos y estadounidenses (1947-1990), se está mutando, desde hace cerca de un siglo, en un clima de rebelión transcontinental contra los desmanes que en el pasado histórico protagonizó un puñado de potencias imperiales, cometidos impunemente por unos pueblos (¿superiores?) sobre otros (¿inferiores?). Todo ello es asunto de largo alcance en el futuro que aguarda al porvenir de una historia de las relaciones internacionales, que devienen de día en día más complejas.

El malhadado asesinato de George Floyd (1973-2020) no ha hecho sino poner en ebullición un pasado colonial forzosamente revisable. Esto está claro; aunque esperamos que no sea a base de inyectar presentismo indiscriminado y a mansalva, ni de pretender erradicar un pasado, revisable por sus consecuencias, fabricado desde la presunta superioridad moral del hegemon occidental, aunque este no se encuentre exento de aportaciones significativas al drama de la pugna entre civilizaciones diferentes a través de los siglos.

Por el calado que está adquiriendo de nuevo la cuestión del revisionismo histórico centrado en la esclavitud y en las servidumbres de filiación racista, no es un despropósito refrescar, además, los procesos de idolización de personajes luego caídos en desgracia, tanto en tiempos antiguos, como también actuales. Para ilustrar esta otra dimensión del asunto, recuérdese la trayectoria de los ídolos caídos a través de la contemporaneidad, como fueron B. Mussolini, H. Goering, J. Stalin, J.R.Videla, Saddam Hussein, Muamar el-Gadafi y ceteris paribus. Todos ellos, idolizados durante un largo cuarto de hora, aunque hoy castigados con la damnatio memoria, o recuerdo maldito de su nefasta existencia.

Una relectura de la tipología que siendo inolvidable, a efectos de ídolos e idolatría en época contemporánea, se encuentra razonada en el capítulo III que Max Weber dedicó a los "tipos de dominación/ dominación carismática".

En cuanto a la tradición representativa de las glorias del pasado y de las grandes personalidades, conviene tener en cuenta la monografía reciente de Jacqueline Lalouette, Un peuple de statues: la célébration sculptée des grands hommes, France, 1801-2018 6.

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