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Entrevista | Samuel Aguilar Pereyra

"Cuando me siento ante el piano necesito mucho tiempo en soledad para componer"

"Suena a estrafalario, pero el confinamiento fue el momento perfecto para sacar el disco con mi padre", indica el músico y compositor

Samuel Aguilar contempla una obra de su padre, Ildefonso Aguilar. LP/DLP

Cuando un joven le dice a sus padres que quiere ser artista, la respuesta inmediata suele ser: estudia primero algo de provecho. ¿En su caso también fue así?

En mi caso, no. Todo lo contrario. Siendo pibe, realmente no tenía muy claro a qué quería dedicarme y fueron precisamente ellos quienes me animaron a estudiar música, porque entendieron que era lo que me gustaba.

Con un padre como el suyo, imagino que ya desde la infancia las artes serían para usted un juguete más, ¿no?

Claro. Mi padre tiene instalado el estudio en la casa donde habita y desde siempre me ha acompañado esa imagen suya pintando, sobre un fondo de música contemporánea, con compases de compositores del siglo XX. Crecí en ese ambiente particular que para mí representaba algo habitual, cotidiano.

¿Y lo de su perfil clásico?

Cuando decido inclinarme por los estudios de música aquí no existía más opción que ésa, la academia. Podría haberme dedicado al folclore, por ejemplo, pero...

La academia tiene sus propias pautas, claro.

Creo que cuando se empieza es importante alimentarse de fundamentos clásicos básicos. Ya después, por interés e inquietud, cada uno tira por el camino que quiere.

¿Cree que la música es capaz de colorear el mundo?

Totalmente. Y es lo que más me apetece hacer: música para paisajes, danza, instalaciones... Crear ambientes que siempre cuentan con elementos como la luz, el color, el olor y donde los sonidos realzan el aroma de un bosque, el cambiante azul del mar, el rumor del viento, el latido de la tierra...

Y el silencio...

Es apasionante escucharlo.

¿Un creador precisa la soledad como compañera?

Depende qué tipo de artista. Desde luego, el compositor creo que sí. En mi caso, cuando me siento ante el piano necesito pasar mucho tiempo diario en compañía de la soledad para así componer. De hecho, envidio a quienes trabajan manualmente y mientras lo hacen escuchan música.

¿Envidia a su padre?

(Ríe) Lo quiero y lo admiro.

Recientemente se han fusionado y alumbrado un disco: 'Lanzarote, el sonido oculto'.

Ya habíamos trabajado muchas veces juntos, sobre todo en creaciones donde nuestros lenguajes se fusionan: él poniendo el elemento pictórico o la instalación visual y yo las notas musicales. Pero lo cierto es que hace un par de años, precisamente desde que presenté junto a Fabiola Socas el CD titulado En el camino, que incluyó un tema en el que suenan las voces de nuestros padres, se me metió en la cabeza montar un disco con él, pero desde su perfil de músico, y ya el año pasado le venía insistiendo en la idea.

Y, fíjese por dónde, el confinamiento por la pandemia terminó por hacerla realidad.

Aunque pueda sonar a estrafalario, fue el momento perfecto. Tuvimos tiempo, cabeza... y soledad. Yo en Tenerife y él en Lanzarote.

A su compañero de viaje, Ildefonso Aguilar, se le reconoce fundamentalmente como pintor, pero es un precursor de la música electrónica.

Sin duda. En 1985 lanzó Erosión, grabado en Alemania en octubre de 1978 y que se editó bajo el sello de Manzana, cuando nadie ni en España ni en Canarias experimentaba con estos sonidos. Y a día de hoy es un referente.

¿Diría que es un moderno?

A estas alturas le sigue pegando a la batería y fue uno de los pioneros del rock isleño. Siempre ha ido por delante, aunque la música la ha concebido como una afición frente a la pintura, su gran abstracción.

¿Y qué sensaciones le provoca su pintura?

Pues... (Pausa). Es una pintura muy natural. Yo la vengo contemplando desde niño y lo que la gente traduce como muy abstracto y en ocasiones hasta extraño, para mí representa la verdadera esencia de lo que palpita tras el paisaje de la isla de Lanzarote.

¿De ahí lo del sonido oculto?

Claro, Es ese que hay que buscar un poquito más allá, en el fondo de los espacios naturales. Lo que quisimos hacer básicamente con este trabajo fue un profundo ejercicio de imaginación. Tanto mi padre como yo tenemos muy interiorizados los sonidos de Lanzarote. Él, desde la creación de la ruta de los volcanes o la selección musical de los centros turísticos, por ejemplo, y, en mi caso, con la composición de la música para los Jameos del Agua, Canaryfulness... Lo que es ponerle sonido a Lanzarote llevamos nada menos que 40 años trabajándolo. Pero esto es especial. Y la verdad es que estamos muy contentos con el resultado.

La experiencia y ese poso que da el tiempo también están presentes, ¿no?

Por supuesto, contamos con la enorme experiencia que significó el Festival de Música Visual que puso en marcha mi padre y que cada año suponía la constatación de un movimiento vanguardista, de lo último, con la presencia de principales figuras mundiales como Brian Eno, Andreas Vollenweider, Terry Bailey... Los más grandes de la música contemporánea del siglo XX pasaron por Lanzarote y se daban tortas por venir.

¿Cree que hay algo mágico en todo ese proceso creativo?

Considero que también hay algo mágico y, en este sentido, me apoyo en la reflexión de Brian Eno, quien solía decir que la música de Lanzarote ya estaba ahí y sólo había que encontrarla.

¿Como sucede con los escultores cuando dicen alumbrar el corazón escondido en piedras, mármoles o bronces?

Tal cual, pero en este caso, además suena.

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