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Cine | Ibértigo 2020 / ‘Las facultades’

La hora de la verdad

La hora de la verdad

La hora de la verdad

Renunciar al confort que te proporciona trabajar a la sombra de la gran industria del cine no es fácil, como supongo que sucederá también en otros muchos campos del arte y de la cultura. Pero para quienes se empeñan en guardar distancias entre su propia noción del arte cinematográfico y la de quienes se someten, sin el menor recato en muchos casos, a las servidumbres del mercado afrontar el fenómeno creativo constituye una batalla que solo puede librarse desde el terreno de la más pura independencia, y sin otro marco referencial que el que señalan los propios parámetros ideológicos que alimentan la tarea del creador.

Es más que evidente que Eloísa Solaas, la directora de Las facultades, el largometraje argentino que se estrena hoy en Ibértigo, no se alinea precisamente con los segundos, pese a que talento y oficio le sobrarían, sin duda, para lidiar con eficacia y profesionalidad en otras plazas. Para su primera película, galardonada en la pasada edición del BAFICI de Buenos Aires con el Premio a la Mejor Directora, Solaas ha elegido un asunto de enorme complejidad y, sobre todo, de rabiosa actualidad entre los círculos de opinión de medio mundo: los actuales sistemas de educación y el papel que están desempeñando actualmente en la capacitación de la comunidad universitaria.

La intercomunicación que se establece entre profesores y alumnos a lo largo de las tensas jornadas que presiden los temibles exámenes finales, constituye el escenario central de este interesante y revelador recorrido que nos propone la directora argentina por materias universitarias que, como las ciencias políticas, filosofía, derecho, matemáticas, arquitectura, música o cine, requieren de una especial consideración para su entendimiento y para su posterior desarrollo fuera de las aulas.

Solaas, guionista del filme a la sazón, nos sumerge en ese mundo aparentemente hermético y aislado que representa la universidad a través de una mirada abiertamente observacional, sin instrumentalización dramática alguna, sin faltos protagonismos exclusivos, capaz de registrar con toda suerte detalles las estresadas comparecencias de los estudiantes cuando les llega la hora de la verdad frente a un tribunal examinador.

De ahí que la realizadora haya optado por un tratamiento visual en el que priman, por encima de todo, las intervenciones, no siempre aleccionadoras, de los diversos alumnos que desfilan por la pantalla sobre las siempre pertinentes observaciones de sus tutores, al tiempo que da pábulo para desarrollar una interesante tesis sobre la necesidad de un diálogo constante entre unos y otros con el objeto de que ambos esfuerzos no caigan finalmente en la insignificancia.

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