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Libros

¿Malos tiempos para la lírica? (Parte I)

El poemario ‘Las siete extinciones’, de Oswaldo Guerra Sánchez, representa un complejo e intenso viaje autobiográfico del recitador

¿Malos tiempos para la lírica?
(Parte I)

¿Malos tiempos para la lírica? (Parte I)

I. Frente a mí, dos poemarios. Ambos se han publicado este año. Acabo de releer el primero. Oswaldo Guerra Sánchez es su autor. Su título: Las siete extinciones. Es el tomo 18 de la Colección Faro de La Puntilla, que edita Mercurio Editorial y dirige Eugenio Padorno, un muy grande de las letras hispanas y, en consecuencia, una incuestionable garantía de la calidad que atesoran los títulos de esta selecta biblioteca. Los siete poemas que ofrece el libro, depuradísimas piezas lingüísticas e inmejorables ejemplos de las infinitas posibilidades creativas que ofrecen las metáforas y las imágenes, representan un complejo e intenso viaje autobiográfico del recitador, transmutado en el símbolo de un árbol, a través de instantes puntuales de su existencia que revive como ese Bennu egipcio, ese Simorg persa o esa Ave Fénix citados al final del segundo poema.

Todas las creaciones comparten como nexo común la noción de despedida: del barrio donde aún persisten elementos que sujetan al pasado (voces núbiles); de la ciudad a través del puerto y de ese barco que nos vuelve un Noé testigo de cómo desaparece con nuestra marcha aquello que nos fue cercano; de los acontecimientos y paisajes familiares anclados en un pasado que la conciencia ha vuelto etéreo; de las experiencias personales, profesionales e intelectuales que llegan al acto poético como “manojos de recuerdos que conforman un yo, toda la materia que ha ido sedimentando en mi Occidente”.

Cada composición es un adiós evocado, una suerte de extinción. Nos vamos desapareciendo conforme acumulamos momentos en la retaguardia y, al mismo tiempo, nos esparcimos a medida que los proyectamos en un constante regreso desde la memoria. La unidad que somos, el Uno, que tiende a ir hacia ese platónico mundo de las ideas en su desembarazo del universo físico, nos vuelve islas en ese mar “que es el morir”, siguiendo lametáfora manriqueña. Las siete joyas vienen flanqueadas por dos citas del místico sufí Ibn Arabi (1165-1240) que nos lleva a establecer un vínculo entre este poemario y otro de nuestro autor titulado Si existe el árbol (Cuaderno iraní), que vio la luz el año pasado, en la editorial El sastre de Apollinaire. La cita que sirve de prólogo dice: “mientras subsista el más mínimo rastro de la condición criatural en el “ojo” del que contempla”; y la que hace de epílogo: “por su nombre propio produce la extinción y, por su esencia, la permanencia”.

Al final hay un apéndice compuesto por dos fragmentos en prosa que giran en torno a la mística francesa Marguerite d’Oingt (1240-1310). Aquí, en el símbolo del árbol-hombre con todas sus ramas-sentidos supeditadas a una entidad superior, percibo que se halla la clave para poder descifrar la procesión que representan los siete poemas sobre los que se edifica esta breve, profunda, espiritual, sumamente atractiva y recomendable propuesta literaria.

II. Me detengo un instante. Paladeo la experiencia lectora. No soy un experto, lo sé. En la lectura de versos,tengo mucho que aprender todavía; pero he logrado que en esta ocasión el poemario me impacte más que en el primer acercamiento. Me ha invadido. Me ha usurpado la paz movilizando la curiosidad y el deseo de desentrañar, ahora sí, cuanto hay detrás de cada envolvente línea. He contemplado el libro y, dadas las capas de profundidad interpretativa que atesora, he visto en él un moderno “palimpsesto”, un delicado objeto editorial impreso de manera impecable en ese tamaño que en el Siglo de Oro seaceptaba como propio de lasobras íntimas, los denominados libros de faltriquera: el octavo menor, aproximadamente; poco más del actual A6.

Miro el resto de la Colección Faro de La Puntilla. Está en mi despacho. Me quedan por leer cuatro o cinco títulos; por releer, porque así debe hacerse atendiendo a las exigencias del género, algunos más. Lo leído no ha seguido ninguna secuencia. Cuando me ha llamado el libro, he acudido. Miro el conjunto. Paso lista: el primer tomo es del maestro Eugenio Padorno, Hocuspocus; el segundo, de Lázaro Santana; el siguiente, de Antonio Puente; luego, Iván Cabrera Cartaya, y Aquiles García Brito, y Manuel Díaz Martínez, y Antonio Arroyo Silva, y Elvireta Escobio, y Ángel Sánchez, y Fernando Gómez Aguilera, y Noel Olivares, y Miguel Pérez Alvarado, y Melchor López, y José Miguel Perera, y Marcos Hormiga, y Aventino Sarmiento, y Vicente Mujica Moreno, y Santiago Acosta, y Pablo Sergio Alemán Falcón, y Juan Luis Calbarro y, de momento, como último tomo publicado, los Poemas impertinentes de Berbel. Ese es el segundo poemario que tengo delante y que deseo leer a continuación, aunque ello suponga que, una vez más, me salte el orden del repertorio editorial. No importa.

Veintidós propuestas literarias componen a día de hoy la referida colección. Veintidós nombres forjan con palabras una cosmovisión que atrapan en páginas singulares por su exclusividad para que, por las mismas razones, cumplan con la función de atrapar. Todas se han compuesto como impulsos egocéntricos, se exponen como impulsos egocéntricos del recitador y se leen y adhieren como impulsos egocéntricos de cuantos acceden a ellas.

Veintidós voces agrupadas en una isla-editorial formando parte de un extenso y admirable archipiélago compuesto por muchas islas-editoriales que acogen a cientos de voces más que han asumido, por un lado, el legado de las precedentes y que, al mismo tiempo, por el otro, siembran el camino de sublimidad para que muchas continúen con la tradición de tejer con palabras los instantes. Llegados a este punto, se vuelve tan inevitable como obligatorio preguntarnos si, realmente, tiene alguna validez el mantra de que los nuestros son malos tiempos para la lírica; o, ya puestos, si en algún momento la situación pudo ser merecedora de otro calificativo que no fuera el negativo de siempre.

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