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Un año de ‘Panza de burro’

Andrea Abreu, escogida recientemente entre las 25 promesas de las letras en castellano, habla del libro que le cambió la vida

Andrea Abreu posa en La Laguna. | | ANDRÉS GUTIÉRREZ

Andrea Abreu posa en La Laguna. | | ANDRÉS GUTIÉRREZ

Más de 30.000 personas han comprado hasta ahora uno de los ejemplares de Panza de burro. Esta novela ha marcado un antes y un después para Barrett, una pequeña editorial sevillana acostumbrada a lanzar apenas una decena de títulos al año. Hace justo doce meses que su autora, Andrea Abreu (Tenerife, 1995), escribió la última frase de esta historia de dos niñas de diez años que ha merecido traducciones a nueve idiomas.

Hace exactamente un año, concretamente el 15 de abril de 2020, la joven escritora y periodista tinerfeña Andrea Abreu (Tenerife, 1995) daba por concluida su primera novela. Esa ópera prima, titulada Panza de burro en honor a esa nube perenne que cubre parte del norte de la Isla buena parte del año, había sido escrita con mimo al amparo de un proyecto de una pequeña editorial independiente de Sevilla, Editorial Barrett. Veía la luz como parte de la colección Editor por un libro. En este proyecto, un autor consolidado se convierte en una suerte de guía para otro que comienza en el mundo de la escritura. Al apasionante viaje de Panza de burro se unió, junto a Abreu, la escritora vasca criada en Tenerife Sabina Urraca. La novela vio la luz definitiva cuando, tras un retraso de dos meses provocado por el confinamiento, llegó a las manos de los lectores a mediados de junio. A partir de ahí, nada pudo parar la historia de sus protagonistas, dos niñas de diez años: Isora y su mejor amiga.

Más de 30.000 ejemplares vendidos y traducciones al inglés, francés, italiano y portugués son solo algunos de los datos que jalonan uno de los mayores éxitos editoriales de los últimos tiempos en Canarias. La fama de Panza de burro corrió como la pólvora entre los lectores de todo el país y las ediciones fueron agotándose una tras otra. Además, el primer aniversario del libro se cumple cuando apenas han pasado unos días desde que su autora fue situada entre los mejores 25 escritores en castellano menores de 35 años por la histórica revista británica Granta.

A Abreu este libro de ha cambiado definitivamente la vida, al igual que a muchos de sus lectores. Nunca, confiesa, pensó que su primera novela –una historia de 176 páginas ambientada en el barrio de su infancia– llegara a ser traducida al noruego o al danés.

“Cuando la estaba escribiendo pensaba cosas como muy increíbles pero nunca terminé de creerme que fuera a ocurrir nada realmente tan espectacular. Esperaba que los lectores de la novela fueran, básicamente , gente que está habituada a leer. Nunca pensé que fuera a vender más de 30.000 ejemplares. Las expectativas que yo tenía comparadas con la realidad han sido totalmente diferentes y eso me ha generado un shock”, explica.

La tinerfeña llevaba tiempo con una idea rondando por su cabeza. Quería escribir sobre algo que, considera, es un asunto de interés común para muchos jóvenes: los límites difusos que hay a veces entre la amistad y el terreno romántico-sexual o afectivo en los niños en la etapa de la preadolescencia. “Es una realidad que me marcó muy concretamente. Con los años me di cuenta de que a muchos amigos también les había pasado y sus primeras experiencias afectivo-sexuales habían tenido lugar con sus amigos”.

La necesidad de plasmar ese tipo de historias y el convencimiento de que había un territorio a explorar en su forma de narrar fueron el punto de partida de un proceso que afrontó con honestidad y no sin cierta carga de valentía. “Formo parte de un tiempo, una época o una generación que intenta escribir y producir desde el margen y sobre el margen. He aprendido que no tengo que esperar a que ningún tipo de institución me de legitimidad para hacer lo que me apetece sino que yo misma puedo legitimarme y hacerlo. Creo que es un espíritu típico de los fanzines. Empecé haciéndolos y hablando de temas que por lo general son tabú, como la regla”, precisa.

“Me gustaría escribir siempre sin tener que responder a las expectativas”

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Los sonidos y la tierra del pueblo donde se crió están también en el núcleo central de esta aventura literaria. Andrea Abreu sabe escuchar. Lo hacía con atención ya desde muy pequeña, cuando su padre y su abuela le contaban historias como las que ahora plasma en sus libros. Los sonidos y toda una época, esa que vivieron las niñas que se criaron en Canarias en la década de los noventa, se soldaron al tuétano de Panza de burro. La revolución que ha causado su peculiar forma de contar confirma que desde lo muy local se puede ser internacional y muy contemporánea. “El haber empezando a escribir pensando en que iba a hacer lo que me apetecía sin que nadie me tuviera que dar legitimidad para ello me permitió luego darme cuenta de que lo que realmente me interesaba contar era lo que por lo general no aparece en los libros”.

Consciente de pertenecer a una generación donde los márgenes son tan amplios que han empezado a ocupar un lugar central, lo cierto es que el éxito de su novela ha venido a demostrar que hay “un verdadero interés por sentirse representado y por ver contadas cosas que por lo general no forman parte de la literatura”.

“Hay un concepto que me gusta mucho y que hace poco se lo escuché a una de mis escritoras favoritas, que es Fernanda Melchor: el del hiperrealismo en el lenguaje”, relata cuando se le pregunta por el atrevimiento de escribir casi fonéticamente. “No quiero decir que yo sea hiperrealista pero sí pienso que me gustaría adscribirme a una corriente de escritura muy propia de latinoamérica: esa escritura basada en la escucha intensa. Por lo general se piensa que los escritores y las escritoras tienen que leer mucho para saber escribir pero hay una cosa que dijo Mariana Enríquez en un curso al que estoy asistiendo: los escritores no solo tienen que leer mucho, sino que deben también escuchar mucho”. A Abreu esa capacidad de escucha le llegó de forma innata. A veces incluso se sorprende apuntando conversaciones casuales que escucha en la calle. “A lo mejor es un poco de culichichi, pero siento que esa es la base de lo que escribo”, detalla.

Panza de burro, continúa, le ha puesto la vida patas arriba. Se ha vuelto a instalar en Tenerife, un lugar con el que se siente totalmente conectada. “Quizás me ha transformado en cosas más sutiles, asuntos de los que aún no soy consciente”, reflexiona. Básicamente, continúa, el éxito del libro le ha proporcionado una estabilidad económica. “Y es sustancial porque mi generación ha vivido la precariedad de una forma muy extrema. Panza de burro me ha dado el derecho de pensar en el futuro”. Hace un año, cuando redactaba su novela, Abreu era una dependienta resignada. “Mi plan en la vida era renunciar para siempre a dedicarme al periodismo o a la escritura. Aspiraba simplemente a escribir lo que me apetecía. Quería dedicarme a lo que me fuera saliendo y estaba muy contenta con ello. Desde el momento en que tomé la decisión de no ser más una esclava de las prácticas o de arrastrarme para que alguien me cogiera en un periódico, fui totalmente libre y me di la oportunidad de experimentar cosas como escribir una novela”.

Paradojas de la vida, ha sido esa misma novela la que ha hecho que por fin pueda escribir de forma profesional. Con el aplauso generalizado llegó, además, un soplo de confianza. “Está feo que uno tenga que esperar a que otros te validen para sentir que vales algo pero cuando tanta gente te dice cosas tan bonitas te dan ganas de seguir escribiendo”, celebra.

Evidentemente, todo no ha sido un camino de rosas durante este último año. Pasar de ser una escritora prácticamente desconocida a convertirse en una superventas de apenas 25 años no ha sido fácil. “He perdido un poco de salud mental, ahora me encuentro mejor pero he tenido que ir al psicólogo”. “La vida me cambió de una forma tan radical que no he sabido gestionarlo”.

“Mi generación ha vivido la precariedad y este libro me ha hecho pensar en el futuro”

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Abreu ha demostrado una frescura que ha captado la atención de lectores de muchos puntos del planeta. Sin embargo, ella mira directamente hacia un lugar concreto del mapa, un contexto en el que encuentra sentido y dirección creativa: Latinoamérica. “Hasta que fui bastante mayor no descubrí que había todo un bagaje de literatura, sobre todo latinoamericana, compuesto por autores como Rita Indiana o Selva Almada, por poner dos ejemplos”. Fijándose en lo que se escribía al otro lado del Atlántico y viendo las similitudes culturales, pronto empezó a pensar en que quizás ella podría adscribirse a esa corriente hiperrealista que tanta pasión le despertaba como lectora. “Básicamente es eso: me gusta escribir de la misma manera que me gusta leer. Como estoy tan obsesionada con el uso de la oralidad en la escritura, con esa búsqueda de la escucha y del ritmo en las palabras, intenté hacer un experimento a través del uso de mi variante del español. Pensé que si Fernanda Melchor podía hacer uso de su variante del mexicano a lo mejor yo podía hacer lo mismo con el canario. Me han llovido muchos palos por eso pero no me arrepiento de nada”.

Además de escritora, Abreu es una lectora voraz que es incapaz de centrarse solo en una lectura. “Tengo un problema con los libros”, bromea antes de aventurarse a enumerar los que descansan ahora mismo sobre su mesilla. La media actual de sus lecturas oscila entre los cinco y seis ejemplares, se lee las primeras páginas y luego ya no es capaz de parar: “Sueño con la chica que robaba un caballo, el nuevo de Sabina Urraca, que ya me lo voy a acabar; Ladrilleros, de Selva Almada, que estoy yendo muy despacio con él porque me flipa lo que hace; Poeta Chileno, de Alejandro Zambra, que salió hace dos años pero no lo había leído aún; Manual para cuentistas, que sacó la editorial Páginas de Espuma y se llama Escribir cuento y Cuchillo criollo, de Ángel Sánchez, que también me lo estoy leyendo despacio porque voy anotando todas las palabras que me gustan y las expresiones que recuerdan a mi propio barrio”.

La pregunta inevitable es cómo afrontará Abreu la redacción de su próximo proyecto con una importante presión: la del éxito alcanzado con su primera novela. “Es un estrés añadido”, reconoce. “Suele ocurrir que cuando una primera novela tiene tanta repercusión, normalmente la gente va estar predispuesta a que la segunda cosa que se haga no va a ser tan buena. Pero es imposible que tenga la misma repercusión que Panza de Burro. Estoy intentando no pensar demasiado en la posible repercusión o en lo que pasará después de lo próximo que vaya a escribir porque quiero acercarme lo máximo posible –aunque sea como una especie de mentirita– a esa sensación que tenía antes de escribir Panza de burro. Nadie esperaba nada de mí y podía hacer lo que me apeteciera. Si me sigo dedicando a esto toda la mi vida, me gustaría escribir siempre con la sensación de que no tengo que responder a las expectativas de nadie”, concluyó.

El esquema del primer capítulo


Andrea Abreu conserva, un año después, el esquema del que sería el primer capítulo de su libro. Dividido en “primera parte” y “segunda parte” recoge algunas de las ideas que luego formarían parte de la novela: personajes como Doña Carmen o espacios como las casas rurales. Pero, ¿de qué libros o autores bebe esta novela? “De muchos, sobre todo de autoras”, asegura la escritora. En el listado de referencias aparece, por ejemplo Víctor Ramírez, que ha sido clave en esa búsqueda de la oralidad. “Me ha dado mucho, sobre todo la posibilidad de reconectar con palabras y con ideas que a uno va sepultando a lo largo de los años. Te alejas de tu familia y parece que te vas cortando tus propias raíces. Él me ayuda a enraizarme, a agarrarme fuertemente de la tierra. También está Ángel Sánchez, que es otro de los autores que me ayudan mucho en ese sentido”. Pero, sin duda, el listado de referencias femeninas es significativamente mayor. “Rita Indiana es la que más me ha marcado en la escritura de Panza de burro. Me permitió entender que se podían hacer otras cosas a través de la escritura. Tengo que reconocer que me ayudó muchísimo, sobre todo para la construcción de una voz infantil”, detalla. Pilar Quintana, con La Perra; Fernanda Melchor; Mariana Enríquez; María Fernanda Ampuero o Lorri Moore fueron otras de las fuentes de las que bebió Abreu para trazar la estructura y pulir el lenguaje de su ópera prima. A todas ellas hay que sumar las “autoras que son la base de todo, las primeras que me dieron a entender lo que era la narrativa y que influyeron en mi forma de escribir más básica”. Son, por ejemplo, Toni Morrison, Clarice Lispector o Natalia Ginzburg. “Luego están también las autoras que hacen un uso muy especial del periodismo y a las que amo, como Leila Guerriero o Gabriela Wiener. También está Sabina Urraca, claro, a la tengo muy asumida porque fue un antes y después. Si no hubiese leído nunca hubiera podido escribir”. Junto a las fuentes literarias están, obviamente, las vivencias y el territorio: Canarias. “Creo que eso es lo que estoy haciendo en mi vida, profundizar en lo que somos y en lo que soy. Rebusco en el suelo de mi propia casa de la infancia en lugar de intentar ambientar o aprender en otros territorios, que es lo que hacía cuando era adolescente. Es mucho más fácil, más cómodo y se siente mucho mejor escribiendo de la manera en la que uno es. Aunque es difícil porque tienes que desprenderte de lo que te dijeron que era la escritura nunca he sido tan feliz como lo soy ahora”, sentencia.

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