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Las sombras de un paisaje

Reflexiones sobre ‘El delator’ de Juan-Manuel García Ramos, una «crónica novelada» sobre los últimos meses de Domingo López Torres

Desde la izquierda, Pérez Minik, Márquez Peñate, López Torres, Espinosa y Gutiérrez Albelo. | | LP/DLP

El historiador Sergio Millares Cantero acaba de publicar, muy oportunamente, el artículo Hundidos y Salvados (LA PROVINCIA y El Día, 15 y 16.05.2021) sobre el último libro de Juan-Manuel García Ramos: El delator (Mercurio, 2021). Este libro, que García Ramos se adelanta a clasificar como «crónica novelada», vuelve a los meses finales de la vida del joven intelectual canario Domingo López Torres, que, detenido por su significación política de izquierda radical, estuvo encarcelado en el Campo de Concentración de Fyffes, aquí, en Santa Cruz de Tenerife, desde los primeros días del alzamiento militar de julio de 1936. De este campo sólo salió el infortunado joven en una de las terribles sacas, quizá en enero o febrero de 1937, para ser tirado al mar, atado de pies y manos y dentro de un fardo. Existe cierto consenso en torno a que los hechos debieron de producirse así. Pero plantea García Ramos en su libro la sorprendente teoría de que la desaparición-asesinato de López Torres estuvo motivada, de modo más próximo, por la supuesta delación, llevada a cabo allí mismo, en Fyffes, por otro preso: nada menos que su amigo y compañero Domingo Pérez Minik. Esa es la delación a que se refiere el título del libro: el preso de Fyffes Domingo Pérez Minik, a cambio de conseguir su liberación, delató al preso de Fyffes Domingo López Torres. ¿De qué acusó el socialista Pérez Minik al socialista López Torres? El autor-cronista no aclara esta grave cuestión medular ni otros puntos esenciales de su «crónica novelada». En lo que sí insiste García Ramos es en que no está inventando esa novedosa historia posible, sino sólo tratando de darle voz a lo que un sobrino de López Torres le contó sobre lo que de pequeño oía, a algún miembro de su entorno familiar más próximo, acerca de lo ocurrido a partir de los terribles hechos de 1936, no sólo durante la guerra sino mientras duró el franquismo… Pérez Minik logró salir del campo de concentración el 4 de diciembre de 1936 y vivió hasta 1989, y el hecho de que fueran tan diferentes los destinos de los dos amigos pudo llevar a algún familiar de López Torres, siempre según García Ramos, a imaginar que la feliz salvación del uno fue la causa de la terrible muerte del otro. Y esa torpe visión de las cosas, ampliada y rumiada con sostenido rencor, durante toda su vida, por aquel sobrino de López Torres constituye la viciada base sobre la que se construye la «crónica novelada».

La aparición del citado trabajo de Sergio Millares resulta muy oportuna, pues viene a precisar ciertas cuestiones históricas en torno al libro de García Ramos. Por cierto, que en los primeros párrafos de su artículo declara Sergio Millares que al aproximarse a este libro no va a «opinar sobre su calidad literaria, ni de su estructura, ni de su ritmo…». Y quizá quepa decir que, desde el punto de vista literario, no hay mucho sobre lo que opinar en una «crónica novelada» en que el autor no se detiene a dar plasticidad y vivacidad a las dolorosas circunstancias en que se desenvolvió la vida diaria de los presos en los infectos almacenes de Fyffes. El lector que progresa en el libro de García Ramos seguramente no va seducido por las descripciones o los diálogos del relato, sino más bien intrigado por saber cómo va a concretarse aquella recurrente acusación contra Pérez Minik, que le produce una inesquivable incomodidad… y que no llega nunca a precisarse. Lo que puede interesar al lector es ese inopinado e inesperado giro que el autor-cronista le da a la historia conocida, giro con el que resulta denigrado nuestro querido y admirado Pérez Minik.

Estamos ante un libro en que al lector más que la estética, le importa la ética. Y, desde tal punto de vista, Sergio Millares, en su artículo reconoce la dificultad de «opinar sobre la veracidad histórica de una obra que se mueve entre la realidad y la ficción […] donde aparecen dos personalidades que existieron realmente: Domingo López Torres y Domingo Pérez Minik», y como historiador asume «la tarea de escribir sobre el contexto histórico para contribuir a la claridad y, sobre todo, evitar poner el foco en las víctimas, dirigiéndolo hacia los victimarios».

El trabajo de Sergio Millares, minucioso trabajo de historiador basado en la consulta directa de los archivos de la época, viene a confirmar el punto esencial de la reseña de Cecilia Domínguez (Diario de Avisos, 11.04.2021), que afirmaba que «no hacía falta un delator. De todos eran conocidos los artículos revolucionarios, antifascistas y en favor de la lucha obrera que escribió López Torres en su propia revista, Índice, y en Gaceta de Arte» (además de sus tempranos escritos en la prensa local). Y venía a confirmar asimismo la reseña de Daniel Duque (LA PROVINCIA, 08.05.2021, y El Día, 15.05.2021), que decía no «comprender por qué García Ramos acepta como un axioma que a López Torres había que delatarlo, cuando el mismo sobrino reconoce que ‘siempre creyó J. A. que ese radicalismo del pensamiento de su tío pudo ser el que lo sentenció a muerte en Fyffes’» (p. 79). Sergio Millares, en efecto, manifiesta de modo bien documentado que «Domingo Pérez Minik no pudo delatar a Domingo López Torres porque no había nada que delatar, las actividades políticas del intelectual santacrucero eran públicas y constituían motivos suficientes para las autoridades militares para acabar con su vida, no había nada oculto, nada que se pudiera saber sobre él y que sólo un allegado pudiera delatar».

En la última página del libro de García Ramos se incluye una especie de epílogo, en que se lee: «Entre los enseres de Domingo López Torres entregados a su familia, tras su asesinato por inmersión en aguas atlánticas, entre los últimos días de febrero y primeros días de marzo de 1937, hay una carta manuscrita que se ha mantenido en secreto hasta ahora mismo. Esa carta ha motivado la escritura de El delator» (p. 199). Tanto Cecilia Domínguez y Daniel Duque como Sergio Millares se preguntan por el paradero de ese testimonio, que pudiera dar alguna luz sobre la delación imaginada por algún familiar de López Torres. Pero, en otra nueva entrevista en relación con este asunto, tras los comentarios críticos recibidos por su libro, García Ramos ha declarado que «lo de la carta final es un artificio literario más» (El Día, 24.04.2021).

En esa misma entrevista García Ramos reclama la libertad del escritor de ficción y su derecho a servirse de microhistorias familiares que no coinciden con «las historias oficiales y oficializadas impuestas». El autor de El delator dice haber atendido a una de tales microhistorias, la que le ha contado aquel sobrino de López Torres. Cierto que quien está interesado en conocer un determinado período histórico, apropiarse intelectualmente de él, puede y debe recurrir a los testimonios contemporáneos. En un caso como el de López Torres, sin duda tiene interés atender a lo que recuerdan los descendientes, aunque sea indirectamente. Pero respetarlos y atenderlos no significa aceptarlos y difundirlos. Se comprende sin dificultad que en un caso de desaparición-asesinato, y tan abominable como el de López Torres, algún miembro de la familia próxima no tenga una ajustada y objetiva visión de lo ocurrido. Y el mismo «autor de El delator» reconoce en algún momento que el testimonio de J. A. carece de base y está contagiado de rencor, aunque mantiene que «a veces es necesario intentar, aunque sea atizado por el resentimiento, una nueva redacción de los capítulos de la historia consabida» (p. 187). Pero también es fácil comprender que ese fondo irracional individual no puede servir de base para propalar la grave y descabellada sospecha de la delación.

Ese resentimiento tan reiteradamente presentado en el libro de García Ramos es lo que motiva y sostiene la narración. Pero la cuestión es que esa historia imaginada por algún miembro de la familia de López Torres, además de ser naturalmente parcial, es poco razonable. No responde a la lógica de la situación ni tiene fundamento ninguno esa historia de que el preso socialista Pérez Minik delató a su amigo el preso socialista López Torres para obtener su liberación de Fyffes. No hay tal carta conservada y no hacía falta delator, y por tanto la historia no es verosímil. Y, claro, todo esto es trascendental cuando se siembra la sospecha sobre una persona histórica real tan respetada y estimada como Pérez Minik.

Y ese efecto denigratorio no termina en él, sino que alcanza también a otras muchas personas de la época; en realidad, a todas: nadie se salva. J. A., el informante al que da voz el autor-cronista de El delator, nació después de la guerra, es coetáneo nuestro y por tanto no dispone de ninguna información directa de lo ocurrido en los años de la guerra y la alta posguerra. Y, sin embargo, para su mente justiciera quienes no fueron asesinados por los facinerosos franquistas en 1936 y los años siguientes tenían necesariamente que ser franquistas. A los lectores de este libro nos duele ver que personas a las que hemos profesado todo nuestro aprecio y por las que seguimos teniendo una constante admiración son tratadas aquí con manifiesta falta de justicia y con notable ausencia de una adecuada comprensión histórica de nuestra época. No es justo, por ejemplo, que, en un párrafo sobre personas conocidas y temidas en Tenerife «en aquellos primeros momentos del verano de 1936» se nombre a Alejandro Cioranescu entre «extranjeros colaboradores del franquismo» (p. 157), pues el gran crítico y erudito rumano llegó a Tenerife en 1948. Tampoco es justo que, en el párrafo en que recuerda a algún escritor que colabora en «periódicos falangistas», aparezca nombrada María Rosa Alonso (p. 165), pues la joven publicista se encontró de pronto, a partir de julio de 1936, en una especial situación creada por la aplicación de la nueva política de prensa. Así, el diario La Prensa, en que María Rosa Alonso había siempre practicado su personal periodismo cultural, fue obligado a fundirse con el falangista Amanecer y a tomar el nombre de El Día, al pasar a editarse como «órgano del Movimiento Nacional-Sindicalista en Tenerife». Y tampoco se entiende bien que el autor no deje pasar la ocasión de ridiculizar a García Cabrera. Ni que, al hablar de la diversidad de tendencias e ideologías que se daban en el grupo insular de colaboradores de Gaceta de Arte, diga que su director, Eduardo Westerdahl, «profesaba un germanismo racionalista del que nunca se arrepintió» (p. 99), aserto que deja estupefacto al lector, pues no se le alcanza la razón por la que Westerdahl tenía que arrepentirse de haber defendido en todo momento, de forma siempre bien justificada, la Bauhaus, el racionalismo, el funcionalismo… En otro pasaje, en verdad desconcertante, se lee que «J. A. se sentía agredido cuando tenía noticias de libros como Un gallo al rojo vivo…» (p. 121), de Juan Cruz Ruiz, libro de 2003 que sigue siendo el único existente hasta hoy sobre Pérez Minik, tras la biografía publicada en 1990 por Andrés Sánchez Robayna.

Una de las ideas más reiteradas en el libro de García Ramos es «la poca atención que mereció la obra de López Torres por parte de los Westerdahl y los Pérez Minik ya colocados tras la guerra en la sociedad literaria y artística santacrucera y española» (p. 69). Y Sergio Millares, en el artículo citado, le concede a «la crónica novelada de García Ramos» el valor de «reivindicar la figura de López Torres en el universo de la intelectualidad agrupada en torno a Gaceta de Arte», y afirma que «es verdad que hasta los años 90 del pasado siglo no se rompió el hielo y se empezó a hablar de él».

El mismo Pérez Minik en 1981, en su ensayo La literatura en Gaceta de Arte (prólogo a la reedición facsimilar de la revista en la Biblioteca del 36), lamentaba que «ha tardado mucho tiempo para que se reconozca la existencia conflictiva de Gaceta de Arte, el generoso quehacer animador de Eduardo Westerdahl, lo que supuso en la España de su tiempo y el trabajo de unos escritores de las Islas Canarias que quisieron llegar a España desde sus miradores cosmopolitas, con desinterés, ahínco y protestante devoción». Quienes se interesaban por la revista veían en sus variados contenidos la expresión de «una utopía que se frustró violentamente por la Guerra Civil española que produjo nuestras víctimas, las cárceles de ocasión, los sinsabores más insospechados». En junio de 1936 había aparecido el número 38 Gaceta de Arte. «Pero de pronto se nos quitó la voz y la palabra, se nos arrebata la acción, se nos desaloja de la historia por la fuerza. El imperio hacia Dios. Todos mudos, sordos, tullidos. La Guerra Civil española liquidó por derribo a Gaceta de Arte». Pero ahí no se detiene el tiempo: «no hay que olvidar todo lo que sucedió después, la segunda conflagración mundial, el término de los fascismos, la guerra fría, la crisis del capitalismo, el comunismo como Estado de funcionarios, un montón de sucesos capaces de trastocar, transformar y desviar el arte y la literatura más templados». Y recordaba el crítico que, tras «quince años de silencio», los amigos republicanos supervivientes (el mismo Pérez Minik, Westerdahl y García Cabrera) habían editado en 1950 el primer y único número de la revista De Arte: «Sobre 1950 volvemos a aparecer convertidos en las sombras de un paisaje, en unos dobles de novela de espionaje, en aquellos que cuidadosamente para no molestar demasiado buscan su sitio, un nido, un cobijo más adecuado en la crónica de este país desafortunado».

Y situados en esa escena del drama de la historia contemporánea conviene recordar que quien rescató el nombre de Domingo López Torres del aplastante silencio impuesto por quienes se alzaron contra la República, ganaron la guerra y establecieron su nuevo y brutal sistema autocrático, fue justamente Pérez Minik, en su Antología de la poesía canaria, I, Tenerife, publicada en 1952. Esta obra singular, de obligada consulta todavía hoy como tal estudio histórico-literario y como reflexión sobre la historia cultural de Canarias, tenía un indudable valor ideológico antifranquista, porque rescataba la creación literaria de la juventud republicana perseguida durante la guerra y anatematizada en la posguerra. Y en este sentido tenían especial significación los nombres del proscrito García Cabrera y del desaparecido-asesinado López Torres. Los poemas de López Torres conocidos antes de 1936 eran unos pocos aparecidos en Gaceta de Arte. Pero Pérez Minik pudo disponer para su antología del juvenil libro inédito Diario de un sol de verano, lo que le permitió ofrecer una muestra algo variada de un poeta poco conocido en ese momento del comedio secular.

Luego, cuando el Régimen político franquista se prolongaba en la segunda mitad del siglo, Pérez Minik no ahorró esfuerzos por recordar el tiempo anterior a la guerra, justamente por lo que éste significaba de tiempo de libertad y de esplendor cultural. Y a esa misma posición respondía en 1975 su ensayo Facción española surrealista de Tenerife, en el que recordaba que, tras «el 18 de julio de 1936, con la guerra civil. Gaceta de Arte dejó de existir. Los ejemplares de la revista se quemaron, el cuerpo de redacción quedó diezmado, la comunicación con el mundo, cortada. La facción surrealista española de Tenerife vivió unas horas muy sombrías, negras, cruentas. Se retiró a sus cuevas, encerrada, en radical silencio. […] Para completar estos hechos hubo hasta un asesinato, el de Domingo López Torres…» (p. 95). Este libro de 1975 incluía una «Antología de la literatura surrealista en Tenerife». En la nota biográfica de López Torres puede Pérez Minik añadir ahora que «murió asesinado, a los 26 años de edad» (p. 150), y en la muestra de poemas, a aquellos aparecidos en Gaceta de Arte puede sumar cuatro de los seis de la breve serie inédita Lo imprevisto (compuesta en el tiempo de prisión en Fyffes).

La actitud de Pérez Minik fue decisiva en el rescate histórico del poeta desparecido-asesinado en 1937. Sólo a partir de aquellas antologías pudo empezar en 1981 la recuperación de la obra literaria de López Torres, ya editorialmente más normalizada, cuando es editada completa aquella breve serie Lo imprevisto (con la ordenación y los dibujos originales de Ortiz Rosales, realizados también en Fyffes). Por cierto, que en el acto de presentación de Lo imprevisto intervino Pérez Minik, que leyó estas palabras: «Siento vergüenza aquí de hablar de ese final trágico de Domingo López Torres, no por mí, sino por sus asesinos. Lo ahogaron porque así lo exigía un llamado ‘Imperio hacia Dios’» [Jornada, 26.12.1981].

Atestiguó Pérez Minik en aquel acto que el rescate de los poemas de Lo imprevisto se debía «al esfuerzo, talento y devoción de un muy importante poeta, crítico y profesor, Andrés Sánchez Robayna». El mismo Sánchez Robayna fue quien llevó a cabo la edición de aquel juvenil Diario de un sol de verano, en 1987. Y, en fin, fue tarea también de Sánchez Robayna, junto a Brian Morris, la edición de las Obras completas en 1993. Esta edición era decisiva, sin duda, porque no sólo confirmaba la calidad de la poesía de López Torres, sino que también reunía sus valiosos ensayos, con lo que se mostraba, por primera vez, una imagen más completa y sin duda muy sugestiva del malogrado poeta e intelectual.

Esquematizando mucho, puede decirse que entre 1965 y 1980 tomó cuerpo un lento proceso de recuperación de la literatura vanguardista de Canarias, que a partir de 1980 creció y se aceleró notablemente. Ocurrió que las últimas promociones de escritores y estudiosos canarios se interesaron entonces por la historia literaria de las Islas y de modo preferente por la generación vanguardista de las décadas de 1920 y 1930, cuyo peculiar modo de asociar universalidad e insularidad asumían como modelo. Desde entonces, sobre la base, claro, de las citadas ediciones, el nombre de López Torres no ha dejado de ser una figura intelectual indudablemente atractiva junto a otros nombres del ciclo histórico de las vanguardias. Y si se dice ahora que la publicación del libro de García Ramos ha generado atención sobre López Torres, en verdad no cabe valorarlo ni tomarlo como motivo de satisfacción si el precio pagado ha sido el de sembrar la sospecha sobre Pérez Minik y otros muchos intelectuales contemporáneos.

Dice Sergio Millares, con una mezcla de piedad y humor, que no quiere caer en la tentación de señalar «los errores históricos y las imprecisiones del autor», que dice que pueden ser consecuencia «de los tiempos oscuros de la pandemia». (Aunque, acto seguido, le hace una puntualización muy importante sobre la ideología de López Torres, de quien el autor-cronista no dice en ningún momento que era socialista.) Pero se debe recordar que la absurda idea germinal de que el preso Pérez Minik pudo delatar al preso López Torres en Fyffes había sido ya expuesta públicamente por García Ramos antes de conocerse la magnitud de la maldita plaga. En efecto, ya el 12 de enero de 2020 decía en Facebook: «Tarde para recordar a Domingo López Torres a partir de los testimonios inestimables de su sobrino Juan Antonio López Delgado, políglota como su tío y experto en márketing, con una cuidada agenda de lo sucedido en esos años treinta del siglo pasado, con referencias a El Gallo, delator franquista, y crítico literario venerado con posterioridad, y con referencias al otro gran crítico de arte, amigo de García-Escámez y colocado con preferencia en el Banco Central, mientras Domingo López Torres…». Las referencias a «El Gallo, delator franquista, y crítico literario venerado con posterioridad» (que salió de Fyffes a los pocos meses) y «al otro gran crítico de arte» (empleado en el Banco Central) no dejan lugar a muchas dudas.

Para ir terminando estas notas, esbozadas al hilo del artículo de Sergio Millares, quizá conviene insistir en que, efectivamente, no vale la pena detenerse a señalar los errores, faltas de información y torpes desenfoques históricos de un libro que no lo merece, de un libro en que no lucen la ética ni la estética. Desde luego, a un libro definido por estas carencias no se le prestaría normalmente la menor atención. Y si algunos hemos sentido la necesidad de dedicarle tiempo y atención es por el efecto denigratorio que tiene y que no parece fácil parar. En la citada entrevista del 24.04.2021 venía a declarar García Ramos que «El delator es un título genérico que no apunta a ninguna persona en particular». Pareciera como que, ante las reseñas críticas de su libro, el autor quiere ahora atenuar el lamentable efecto de sus injustificadas e injustificables acusaciones contra personas de nuestra historia próxima siempre recordadas con estima. Pero esa triste consecuencia no deja de producirse en la lectura del libro, por mucho que el autor quiera ocultarlo tras unas formas alusivas que resultan inútiles ante lo evidente de las referencias. Y de poco vale que invoque una teórica libertad propia de la creación literaria, pues en el caso de una «crónica novelada» —«donde aparecen dos personalidades que existieron realmente»— el uso de esa libertad no puede hacer olvidar la mínima exigencia moral de lo verídico. Y, en todo caso, lo más triste y deplorable es que el desprestigio de ciertas personas ocasionado por el libro ya no sea fácil de detener ni reparar.

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