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¿Y si Homero hubiese sido mujer?

Carmen Estrada estudia en ‘Odiseicas’ los personajes femeninos en la epopeya homérica del regreso a casa

¿Y si Homero hubiese sido mujer?

¿Y si Homero hubiese sido mujer?

Carmen Estrada es una neurocientífica jubilada reconvertida en filóloga clásica y estudiosa de la lengua homérica que tiene una larga experiencia con la Odisea, libro que tradujo del griego y adaptó para la edición ilustrada de Miguel Brieva de 2019. Ya en la introducción al presente libro, Estrada destaca el peculiar tratamiento de las mujeres en la Odisea, pues tienen «una personalidad definida que se deduce de su comportamiento, no de sus epítetos», lo que lleva a una parte de la crítica a considerar que su autoría, coral o no, pudiera ser femenina. Si bien las mujeres siguen siendo moneda de cambio y botín de guerra en manos de sus padres o esposos, la guerra ya no es, como en la Iliada, el valor máximo de la vida, lo que permite a las mujeres hacer visibles sus capacidades.

Estrada pone en tela de juicio los estereotipos que han sido inscritos a través de los siglos y que permanecen en el imaginario contemporáneo sobre los ocho personajes femeninos importantes (Circe, Calipso, Ino Leucótea, Atenea, Nausicaa, Arete, Euriclea y Penélope) y dedica también unos párrafos a las doce esclavas que acogieron a los pretendientes en Ítaca. A tal fin, analiza el vocabulario usado por dichas mujeres y las palabras con que otros personajes se refieren a ellas en el poema, y destaca el hecho de que ellas mismas sean sujeto de sus actos y opiniones y de que expresen directamente su posición en el contexto del periplo de Odiseo. Establecida la importancia de la voz directa femenina en el poema, la autora explica con datos y referencias las razones por las que pervivieron ideas como que Circe sea una hechicera malvada o Penélope simplemente la personificación de la paciente buena esposa.

Estrada dedica un capítulo a cada una de las mujeres que animan y ayudan a Odiseo en su accidentada vuelta a casa, siendo Penélope una presencia constante, pues si el movimiento del marido refleja «la diversidad del mundo exterior en que se desenvuelve el héroe», ella le da réplica desde la repetitividad del mundo interior destinado a las mujeres. Lo que no implica que Penélope sea pasiva ni socialmente inerte, pues dirige la hacienda familiar y multiplica sus bienes, a la vez que educa y protege a Telémaco y mantiene a raya a los pretendientes. De hecho, disfruta de una peculiar situación que le permite ser independiente, pues ni es soltera ni viuda y su hijo no es aún mayor de edad, es decir, no hay ningún hombre que pueda ejercer sus derechos sobre ella.

También Circe vive sola en su isla, en la que acoge amorosamente a un Odiseo cansado y desmoralizado a quien ayuda, pasados varios años, a sortear los peligros de la vuelta a casa. El hecho de que utilice su magia para castigar la grosería de los recién llegados sirve para justificar su mala fama en la literatura, donde queda inscrita como una bruja de malas artes, si bien esto es debido al miedo desarrollado en tiempos posteriores hacia el conocimiento de las mujeres, especialmente hacia el poder de aquellas que, como Penélope o Circe, actúan sin sometimiento a varón. Igualmente, el miedo a la belleza femenina que atrae a los hombres indiscriminadamente explica el arquetipo de una Helena que pasa al imaginario colectivo como una mujer peligrosa que incita a la guerra, cuando, según Estrada, en la Odisea se presenta como una persona inteligente, cuya voluntad, por ser mujer, no es tenida en cuenta por quienes la usan para sus instintos depredadores y guerreros.

En este mundo de mujeres «que salen de sus habitaciones, hablan en público, toman decisiones que afectan a hombres y que influyen decisivamente en la trama» y teniendo en cuenta que es la diosa Atenea quien decide desde el principio que es hora de que el viajero vuelva a casa, Odiseo no tiene más alternativa que definirse por la palabra. Así, Estrada le denomina «el seductor universal», pues no serán en la Odisea «ni la fuerza ni la valentía las causas de su fama, sino el ingenio, la prudencia y la astucia», es decir, las características exhibidas también en la obra por los personajes femeninos, con quienes tiene que convivir.

Que la Odisea permita, a día de hoy, ampliar sus posibilidades narrativas con nuevas perspectivas críticas es un indicador de que «fue una rara avis que se adelantó a su época y que ha sobrevivido con una enorme vitalidad». De ahí la amplísima intertextualidad a que dio origen, en un diálogo continuo con otros textos a través de los tiempos. Por ser una obra «más civil, más laica o, si se prefiere, más humana» que la Iliada, el viaje de Odiseo, bautizado como Ulises por los romanos, y los personajes con quienes se encontró en sus escalas han sido sujetos de muchas reescrituras literarias desde la antigüedad. Es inevitable mencionar el Ulises de James Joyce, publicado en 1922, que marcó el viaje épico diario del hombre común a través de su ciudad, y, más recientemente, la voz que Margaret Atwood confirió a las doce esclavas de Ítaca en su novela Penélope y las doce criadas, de 2005.

Carmen Estrada se hace preguntas retóricas que ella misma contesta, hace referencias a críticas y consideraciones anteriores, las reconoce o las rebate, y culmina su estudio con una amplia bibliografía y tres apéndices muy útiles para entender la obra y su entorno, siendo uno de ellos un Breve resumen de la Odisea para lectores despistados. Odiseicas constituye una actualización de una obra clásica, genésica, que, como tal, contiene respuestas adecuadas a la experiencia humana de cada momento.

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