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La indignidad de merecer

La indignidad de merecer

La indignidad de merecer

Una réplica por parte del columnista Pedro Limiñana, autor de La filosofía Moral de Ernst Tugendhat (ULPGC, 2009), al columnista Antonio Perdomo Betancor, jalonó el sábado pasado la opinión de este periódico con una flagrante contradicción. El objetivo parece ser hacer justicia a que la meritocracia es dañina para una sociedad igualitaria. Pedro Limiñana, basándose muy apropiadamente en la libertad sartreana, escapa del galimatías con la famosa frase de Sartre: «Podemos elegir ser huidizos, intangibles, vacilantes, etc.; incluso podemos elegir no elegir». El columnista versus Perdomo se basa en esta afirmación para enarbolar una actitud paciente, ovejuna, como mostración de libertad. Limiñana sigue corrigiendo a Perdomo Betancor, quien alterado por la carrera hacia el vacío que ha elegido la sociedad que nos rodea, y aplicando el sentido común, alerta acerca de que la libertad es incompatible con las tesis que cuestionan la meritocracia. Esto de la meritocracia es un concepto antiguo, utilizado por vez primera por el sociólogo laborista británico Michael Young, en 1958, en su libro The rise of the meritocracy, 1870-2033: An essay on education and equality, y que generó una serie de contradicciones, hasta resultar apropiada por los partidarios de que el mérito vale para algo, lo contrario, cómo no, de lo que pretendía el laborista, que era luchar contra la elitización que hace que gobierne una «élite incansable» sobre una «masa estólida», a partir de la suma del coeficiente intelectual y el esfuerzo, lo cual provoca un mérito competitivo que va dejando atrás a los menos capaces.

Limiñana, haciéndose eco de esta ya antigua reivindicación contra el mérito, asevera: es más importante fijarse en la posición social que ocupa el individuo, que viene ya destinado por su origen social, que en el mérito que pueda desarrollar, lo cual, afirma, siempre aboca al «colmo de la indignidad», pues «se les atribuye a los pobres la responsabilidad de su pobreza». Sin embargo, en opinión de Perdomo, y mía, negar la meritrocracia supone arrebatarle al ser humano su condición de sujeto moral y reducirlo a mero objeto, y someterle a una especie de determinismo rígido. Arrebatarle la libertad, en suma. Y ahí duele, pues Limiñana dixit: «Contrariamente a lo que piensa Perdomo Betancor, no implica aceptar sin más la defensa de la meritocracia que, en el fondo, no es sino una justificación de las desigualdades sociales y, en última instancia, de los privilegios de las clases más favorecidas».

Es difícil admitir de un lado la libertad de Sartre, que Limiñana pone como línea roja, lanzando la diatriba contra el análisis de Perdomo Betancor, estrangulador de la libertad con la mortífera arma del mérito, y a la vez prohibir ser meritorio a todo el que sea meritorio, en aras a ese igualitarismo religioso de origen psicoanalítico y, quizás, psiquiátrico. Según esta manera de pensar el mundo, un estudiante humilde no puede iniciar un camino de mérito para conseguir objetivos en una sociedad donde cualquiera puede llegar alto, en dinero o en estatus político, pues estaría cometiendo una indignidad aprovechándose de la meritocracia de haber nacido más listo que los demás, y eso es desigualitario. Sin embargo, los mismos que defienden esta condena a la nada, defienden que, en el País Vasco o en Cataluña, nos enfrentamos a la indignidad de la desigualdad de no poder opositar si no se conocen sus respectivos dialectillos. La desigualdad, amigos, es como la ley de la relatividad, depende del punto del espacio desde el que se observe, y depende de la velocidad a la que se desplace el -ismo de quienes más numerosos sean para aplastar al que merita.

La religión socialista nos dice que la diosa igualdad es inatacable y suprema, siempre que su demagogia esté defendida por la fuerza revolucionaria. La vida es una nebulosa de ganadores y perdedores, una selección natural de los más fuertes. La forma en la que los más débiles intentan sobrevivir es zancadilleando a los más fuertes, y a veces lo consiguen, ganando la partida y ocupando el lugar del vencedor. Entonces se convierten en los fuertes y el juego ha mutado. Dentro de esa continua tensión, lo que es obvio es que las reglas que se imponen como de obligado cumplimiento, como las de permanecer quietos, sin mostrar méritos, son un aherrojamiento tramposo que hay que romper sin duda alguna: Dente lupus, cornu taurus petit. Siempre hay un abusador, en efecto, pero no solo el que nace del statu quo sino también el que proviene de la revuelta contra el statu quo, y no entenderlo así es caer en la trampa de la mansedumbre y el buenismo pusilánime.

La mejor socia de Limiñana y su pensamiento de la libertad sartreana e igualitarismo popular, donde lo bueno es el ovejuno no elegir, es Celaá, una ministra socialista capadora de todo mérito, introductora de que «los hijos no son de los padres», tanto como el que se pase de curso sin aprobar, o sea, se pase de curso sin estudiar (como lo ha hecho Pedro Sánchez con su doctorado, o Yolanda Díaz con sus másteres). Lo ha dicho Juan Manuel de Prada, describiendo esa sociedad sin méritos que tanto adora la izquierda: «A pesar de la depauperización rampante de la universidad española, los títulos universitarios todavía mantienen entre las gentes pánfilas una aureola de prestigio sacrosanto», que aprovechan «charlatanes varios como la ministrilla Díaz, que coleccionando cursillitos de la señorita Pepis, créditos y demás zarandajas, completan un currículum que en cualquier época cabal no servirían ni para limpiarse el culo». Pero es justo lo que se pretende con la anti-meritocracia de Celaá y adláteres, al conceder el título de bachillerato a los imbéciles incapaces de aprobar todas las asignaturas: «Esta patulea quiere empoderar a los ceporros, quiere encumbrar a los holgazanes y a los lerdos, quiere convertir España en un albañal de incuria intelectual donde los baldragas y los zascandiles puedan pavonearse con sus títulos de pacotilla bajo el brazo», de forma que esos baldragas puedan encaramarse sobre el trabajador meritorio, «porque siempre el zoquete grita más que el sabio». Y añado, y exijo: soy calvo, todos los peludos a pelarse, pues si no, los meritorios peludos agravian mi derecho a la igualdad.

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