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Una tierra única

La buena arquitectura tiene la capacidad de restituir paisajes, puede recuperar naturaleza y estimular la recuperación tras una pandemia

El estudio del equipo de arquitectos Selgas Cano, en Madrid, 2007, o cómo trabajar bajo los árboles.

El estudio del equipo de arquitectos Selgas Cano, en Madrid, 2007, o cómo trabajar bajo los árboles.

En relación a la arquitectura y el futuro de las Islas, hay un fragmento de la poesía Olas más olas de la escritora grancanaria Pepa Aurora sobre el paisaje de las Islas que viene muy bien para recordar que Canarias sigue siendo una tierra única, lema que nos definió durante la que, probablemente, ha sido la mejor legislatura de nuestra democracia insular, la de Adán Martín (2003-2007), la poesía dice así: «Parece una manta azul que envuelve a todas las islas, en abrazo solidario y les recuerda que es una sola Tierra».

También viene a cuento este artículo ligado a otro que escribí hace unas semanas titulado ¿Somos islas inteligentes? sobre el que luego me llamó el artista Pepe Dámaso para decirme que le había encantado cómo describía la importancia de tener en las Islas lideres que inspiren. Y finalmente también tiene que ver con el comentario de una amiga periodista respecto del mismo artículo, que me preguntaba si no hemos llegado ya demasiado tarde para ser inteligentes, si no hemos destrozado ya demasiado nuestro archipiélago.

Creo que no, no llegamos tarde al menos en materia de arquitectura. Porque la arquitectura (la buena de verdad) tiene una capacidad mucho mayor que otras artes, y es que puede restituir paisajes, puede recuperar naturaleza. Tenemos la fortuna en estas islas de contar con una naturaleza, no solo bellísima y rotunda, sino de una enorme fortaleza. Como muestra un botón: nuestros pinos se regeneran después de incendios devastadores y en pocos años vuelven a estar verdes y a servir de colchón para que el agua se filtre a nuestros acuíferos. Esa fortaleza natural es nuestra gran ventaja y nuestra gran oportunidad y un campo donde los buenos arquitectos y arquitectas tienen mucho que decir.

Ya he contado en esta sección del periódico en otras ocasiones que el primer hito histórico de la democracia, en materia de arquitectura, fue el concurso de cinco parques para la ciudad de Santa Cruz liderado por Adán Martín, que ocupaba la concejalía de urbanismo. En aquel momento, a principios de los 80, en Europa la gran cultura de concursos de arquitectura comienza en París: concursos abiertos buscando la mejor idea, esa era la filosofía, y Adán empieza aquí con lo mismo. Ese gesto, junto con la puesta en marcha del primer PERI de la democracia española, el de Santa Cruz, contaminó positivamente muchos concursos de aquella época. Y así, otro político admirador de la cultura de calidad en todos los ámbitos, Jerónimo Saavedra, convocó un gran concurso que nos dejó la hermosa Presidencia del Gobierno de Tenerife y el alcalde de Icod de entonces, Carmelo Méndez convocó el concurso de ideas que rescató al Drago de su olvido, entre otros. Hay más ejemplos, pero ellos fueron los primeros.

Ahora los alcaldes les tienen miedo a los concursos abiertos, no solo a los de ideas, sino a cualquier concurso. Tienen miedo de apostar por la buena arquitectura. Realmente no sé por qué, supongo que tienen miedo por desconocimiento, que no lo hacen por otra cosa que por ignorancia de lo que la arquitectura puede hacer por ellos mismos y por las ciudades que dirigen. Miedo que, sin embargo, tiene lugar en un momento cuando se ha puesto en marcha el llamado «Pacto de los Alcaldes», que se considera que es el mayor movimiento mundial de ciudades por la acción local en clima y energía.

Este pacto, su historia, su misión y sus objetivos, tiene que ver con el medioambiente, y en el mismo, las ciudades firmantes se comprometen a actuar para respaldar la implantación del objetivo europeo de reducción de los gases de efecto invernadero en un 40% para 2030, así como en la adopción de un enfoque común para el impulso de la mitigación y la adaptación al cambio climático. Esta reducción del efecto invernadero, aunque puede que muchas personas no lo sepan, tiene muchísimo que ver tanto con el urbanismo como con la arquitectura, con el tipo de edificios que se construyen, si son sanos o no, con la peatonalización de las ciudades, con los paseos urbanos seguros, con los parques y con la buena arquitectura de calidad en general, pues si se deja actuar a los arquitectos de manera adecuada, ellos controlan, en casi todas las obras que se ponen en marcha en una ciudad, a los equipos de ingeniería y otros que intervienen en la toma de decisiones que están relacionadas con el cambio climático.

Por eso creo que en este momento de recuperación tras la pandemia (si es que se le puede llamar «recuperación») estamos obligados a prestar la debida atención a la muy (muy) buena arquitectura del medioambiente, porque es la que nos puede restablecer el terreno perdido con la naturaleza.

*Abogada y doctora en Arquitectura. Investigadora de la Universidad Europea.

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