Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Cajón de sastre sin complejos

El músico empaqueta sus colaboraciones del confinamiento en el álbum más disperso de su carrera con dúos con Brandi Carlile o Stevie Nicks

Elton John en una imagen promocional. La Provincia

El covid-19 torpedeó la gira de despedida de Elton John y su respuesta en este tiempo ha sido un goteo de singles colaborativos que ahora confluye, junto a otras composiciones, en este álbum para tiempos con el paso cambiado. The lockdown sessions no engaña desde su mismo título, y transmite improvisación y excepcionalidad, aunque la falta de lógica interna se hace notar en ese cancionero que mezcla electrónica hedonista, power ballads clasiconas y nocturnidades de r’n’b con asaltos al rock’n’roll setentero, soul-góspel y guiños country.

Con este álbum de material propio y algunas versiones, Elton John viene a decirnos que sigue entendiendo la música como objeto de diversión y de relación social. En algunas de estas canciones, él es uno más (o casi), lo cual le retrotrae, ha dicho, a sus tiempos juveniles como instrumentista de sesión. Pero la pieza de apertura, Cold heart, que no es más que un mix para la pista de baile de temas del pasado, da a entender que estamos ante una obra de entretiempo, aunque aquí le acompañe el canto de Dua Lipa (y la producción de Pnau, trío australiano con el que llegó a ofrecer un curioso concierto en Eivissa, en 2012, en el efímero 123 Rocktronic Festival).

Desfilan numerosas voces de nueva planta que proyectan, en principio, a Elton John a las audiencias juveniles, como Nicki Minaj y Young Thug (rapeando en el potable medio tiempo Always love you), el creador pop Charlie Puth (en el baladón After all) o la anglo-japonesa Rina Sawayama, que domina Chosen family, tema con pretensiones de himno LGTBI. Conecta con esa sensibilidad la versión (sin novedades) de It’s a sin, de Pet Shop Boys, con Years & Years. El álbum da acomodo a la entente con Gorillaz (y 6lack) en la enrarecida The pink phantom, ya alumbrada en el último álbum de la banda virtual, y a la versión ritual de Nothing else matters, de Metallica, incluida en el reciente disco de tributo al Black album.

Lo mejor tiende a amontonarse en el tramo final, de resonancias mucho más clásicas, a partir de esas sabrosas Simple things tramadas con Brandi Carlile, con acentos roots y la guitarra de lujo de Derek Trucks. Resultan simpáticas tanto E-ticket con Eddie Vedder (Pearl Jam), heredero del rock’n’roll de un Saturday night’s alright for fighting, como la cita con Stevie Wonder en Finish line, y el encuentro con Stevie Nicks se anota un sentido crescendo en la apreciable Stolen cars. Aunque nada cala tan hondo como el rescate del dueto final, que viene de antes de la pandemia: I’m not gonna miss you, una canción en la que Glen Campbell se dirigía a su esposa cuando ya presentía que el alzhéimer se lo llevaría por delante y que nos baja de repente a la realidad más desoladora después de la fiesta (y de la dispersión).

Compartir el artículo

stats