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Canarismos

Si uno no habla, Dios no lo escucha

Si uno no habla, Dios no lo escucha

Una leyenda antigua afirma que la Torá fue escrita en hebreo, en lugar de en arameo (no obstante ser la lengua vernácula predominante en los lugares donde se sitúan los distintos escenarios bíblicos), porque el hebreo era la «lengua sagrada». Ello lo corrobora el hecho de que los «ángeles» no conocían el arameo —ni parece que mostraran gran interés en aprenderlo, con la sola excepción del arcángel Gabriel de quien la literatura talmúdica cuenta que dominaba todos los idiomas de Tierra—. Así pues, el arameo era el habla del vulgo, mientras que las huestes celestiales se comunicaban con su superior en hebreo. Por ello se considera que el hebraico es la «lengua sagrada» con la que el hombre debía elevar sus plegarias a lo alto, esto es, lo que comúnmente se dice «hablar con Dios». La expresión no deja de ser un eufemismo, pues es sabido que ya desde antes de la aparición de los monoteísmos abrahámicos, los dioses siempre se valieron de intermediarios que se atribuían el privilegio de la portavocía en esta «comunicación» con la plebe. La tradición cristiana, por su parte, mostró su poliglotismo pasando del hebreo originario, o quizás del arameo de la época, a lenguas más modernas. Se cuenta que el propio Jesús de Nazaret, en los momentos finales de su existencia terrena, recurrió al auxilio de su «padre» (Abba) invocándolo en arameo, su lengua materna («Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?»; Marcos 15,34). Con posterioridad, durante el periodo de la iglesia primitiva, se recurre al griego y después al latín como «lengua litúrgica» o de la plegaria para dar paso seguidamente a miríadas de idiomas nacionales. Lo que parece haber debilitado el «monopolio» litúrgico por parte de las castas sacerdotales, facilitando la comunicación, abriendo una «línea directa» —por así decirlo— entre los fieles y el divino. Este es, grosso modo, el recorrido del «lenguaje sacro», desde un punto de vista mito-histórico.

Así, pues, «hablar con Dios» es una metáfora para referirse a ‘rezar’, ‘orar’, ‘rogar’, y sobre la que se construye el dicho: «Si uno no habla, Dios no lo escucha».

Tanto en el repertorio fraseológico isleño como en el propio refranero popular es recurrente la invocación a Dios en amparo o protección («¡Qué Dios nos cojas confesados!» o «¡Dios nos libre!») o recurrir a la omnipotente justicia divina («Dios castiga sin piedra ni palo»), como trazas bien visibles del pensamiento y las creencias religiosas a cuya influencia no se sustrae el léxico popular. Se repiten inconscientemente por el vulgo y por la fuerza de la costumbre una serie de expresiones que ponen a Dios por testigo o lo convierten en sujeto responsable que explica cualquier situación en el acontecer cotidiano. En ocasiones, sin embargo, nos encontramos ante frases alusivas que tienen igualmente como protagonista a la misma «entidad divina», sin que se corresponda con una invocación en términos religiosos. Es el caso del dicho: «Si uno no habla, Dios no lo escucha» que más allá de la metáfora está despojado de todo sentido religioso. En la que Dios se corresponde, más que con la idea metafísica, con «un arquetipo colectivo» que puede referirse y ser sustituido por cualquier otra cosa, sujeto, acontecimiento o circunstancia. La versión isleña de este antiguo refrán castellano se construye sobre la base de una oración condicional con un sujeto genérico como protagonista («uno»), que se refiere a cualquier individuo, y un segundo sujeto («Dios») que puede identificarse con cualquier persona o situación ajena a «uno», y dos verbos que se complementan: «hablar/escuchar» que aquí tienen el sentido de «pedir» y «conceder», respectivamente. Si uno no habla, no dice nada, no pide, no exige, si no se queja, nadie lo puede ayudar, no se le hace caso, no se le considera y nada recibirá… En la imagen que traslada la metáfora del devoto que eleva a Dios sus plegarias, se puede deducir que estas podrán, o no, ser satisfechas, es decir, el resultado es incierto, pero lo que sí es seguro es que si uno no «pide», si por lo menos no lo intenta, nunca será complacido en sus deseos o necesidades.

Es sinónimo de aquel otro dicho que expresa «el que no llora, no mama» en la que los verbos «llorar» y «mamar» tienen el sentido igualmente de «pedir» y «satisfacer». Así, pues, el refrán «si uno no habla, Dios no lo escucha» es una invitación a expresar las necesidades, deseos e intenciones para que sean oídas y satisfechas; incita a actuar, a decir «esta boca es mía» en lugar de atorrarse y «estar callado a la boca», porque si no, como suele ocurir, «a los bobos se los comen las moscas».

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