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Magna ciencia

Magna ciencia

Recién salido el segundo tomo de la tetralogía del físico y pensador Artur Sala, que engloba todos sus estudios sobre la ciencia bajo el rubro Magna Ciencia, como si fuera una matriz ancestral que se va descubriendo en el tiempo, advertimos en el mismo, titulado El verdadero origen de la vida (Cauac Editores, 2021), una descripción de varias observaciones de hechos que ponen en modo sospecha al método científico y su natural ideologización. La ciencia es una ideología, pero no en el sentido proactivo de Louis Althusser, sino en el sentido crítico de Thomas Kuhn y Paul Feyerabend. El método científico está en crisis, una crisis profunda, filosófica, y las descripciones y tesis de Artur Sala a lo largo de su obra lo confirman continuamente.

Uno de los efectos de la crisis del método científico, dice Artur Sala, lo es «debido a que el lenguaje científico no se revela como comprensible para una amplia mayoría del espectro de nuestra sociedad, que reacciona ante él con bloqueo, recelo e incluso acritud». Frases hechas como «científicamente comprobado» no esconden un razonamiento argumentativo en un contexto de consenso, sino un razonamiento falaz, el denominado argumento ad verecundiam, el que acude, arrastrado por el ovejunismo, a la autoridad de alguien que ha sido reconocido como tal. Las denominadas hoy día campanudamente «evidencias científicas», para apoyar decisiones políticas, son mayormente ad verecundiam.

Artur Sala hace un recorrido inmenso por varias disciplinas, la física, la química, la biología, la geología, y rescata una serie de «errores de bulto». Es crucial, en el primer tomo de Magna Ciencia, el recorrido para presentar la falsedad de los experimentos con el interferómetro de Michelson y Morley, sobre el que se apoyó luego la teoría especial de la relatividad y la inexistencia del éter, un experimento de varias horas durante un par de días que fue contrastado por miles de horas de experimento posterior que ponían en solfa la afirmación sobre la inexistencia del éter, lo cual se nos presenta en paralelo a existencias de constructos teóricos posteriores como la materia oscura o el mar de neutrinos. Algo parecido encontramos con los descubrimientos del químico Corentin Louis Kervran, que lleva a la existencia de la transmutación biológica, y también a las transmutaciones nucleares a baja temperatura en la disciplina de la geología, profundamente tratados en el tomo I de Magna Ciencia.

La crisis del darwinismo clásico, en boca de innumerables corrientes biologistas contemporáneas, cierra el círculo sobre una serie de paradigmas enquistados en el tesauro de conocimiento impartido en la academia, siendo en España el profesor Máximo Sandín quien ha expuesto las fallas de esa teoría, la de la selección natural azarosa, que se ha convertido en una especie de religión, fenómeno que dicho profesor radica en lo bien que ha venido esa tesis al sistema económico vigente. Artur Sala explica: «El poder que poseen estas élites para dominar el conocimiento científico, a través principalmente del control de las publicaciones científicas, es sin duda enorme, y se construye y extiende a través de todo un entramado de cargos burocráticos, centros de investigación, universidades, sociedades y asociaciones de todo tipo, todas sutilmente manipuladas con el objetivo de que el verdadero conocimiento no llegue a la sociedad en general».

El argumento ‘ad verecundiam’ es el que se apoya en alguien solo porque ha sido reconocido como una autoridad

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Artur Sala encuentra el origen de la verecundia, la vergüenza a discutir lo que viene heredado, en el materialismo, que se ha impuesto en la ciencia académica por mor de la tecnología, que nos ha regalado «una visión sórdida y tecnocrática de los grandes misterios de nuestra existencia». La ciencia moderna, dice el profesor Sala, no es un instrumento al servicio del conocimiento, sino al servicio del poder. Artur Sala hace una extensa exposición, pero sobre todo bien ordenada, de las tesis biológicas, pleomórficas, de Wilhelm Reich, Antoine Béchamp, Guenther Enderlein o Gastón Naessens, en función de sus observaciones microscópicas a lo largo de años (Reich las llamó «biones», Béchamp las llamó «microzymas», Enderlein las llamó «protitas», y Naessens las llamó «somátides»), las cuales, al igual que ocurrió con los resultados de Michelson y Morley, que aplastaron otras evidencias posteriores y se hicieron dueñas del paradigma no-etérico de la física, de la misma manera, pasó a ser negado el pleomorfismo, que implica la destrucción del principio biológico de que la vida sólo procede de la vida, y no se genera de lo inanimado, sin posibilidad de una sana oposición dialógica.

Reich chocó de lleno con los principios de la termodinámica, y sus experimentos mostraban que parecía cierta energía surgir ex nihilo, en una época en la que el movimiento browniano formaba parte del interés científico, llegando a ser centrales las investigaciones al respecto de Albert Einstein. Reich y Einstein se reunieron, y éste quedó estupefacto por los descubrimientos de Wilhelm, que mantenía que existía en ellos un sobrante energético que vulneraba las leyes de la termodinámica, pero el profesor Una Piedra (Ein Stein) no quiso seguir por ese camino, que dificultaba enormemente sus posiciones físicas relativistas, y ahí terminaron las cuitas de ambos. Reich siguió experimentando hasta 1957, año de su fallecimiento en la cárcel estadounidense, tras ordenar un juez arrebatar, desaparecer y prohibir toda la literatura científica que había producido Wilhelm Reich en su vida.

Y es ahora que, en estos tiempos en los que se puede volver a discutir todo, porque siempre hay escurrideros por donde escapar de la asfixiante y anticientífica corriente académica, debido a la inmensa explosión informativa, hemos entrado en una época en la que los paradigmas antiguos desfallecen y sufren de una gigantesca debilidad, solo mantenidos por el poder, no por el conocimiento, como dice Artur Sala, una especie de mundo paradisiaco para los planteamientos filosóficos de Thomas Kuhn, o los de Paul Feyerabend en filosofía. Y Artur Sala lo ha captado en varias de las disciplinas de conocimiento empírico.

La ciencia es una ideología, y por ello hay que encauzarla hacia una verdad en continua evolución. Dos y dos no siempre son cuatro. No lo son en todo contexto. Y en Magna Ciencia está el espíritu que permite entenderlo.

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