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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Análisis

Tal día como hoy, hace cien años

Durante estos años primeros años sin Galdós, de 1920 a 1922, su legado y su recuerdo permanecía latente para muchos. Mientras se vivían años difíciles, Madrid colocaba mosaicos con su nombre en la casa de Hilarión Eslava y se acercaba a la estatua del Retiro, y Las Palmas trabajaba en la construcción del gran monumento que estaría en el Muelle «del martillo» y celebraba los aniversarios galdosianos visitando las exposiciones que su sobrino Hermenegildo Hurtado de Mendoza preparaba en la casa natal de la calle de Cano.

En Santander, la casa de San Quintín empezaba a señalarse como «el Museo de Galdós» porque aquellas paredes guardaban el legado de don Benito: su biblioteca, sus manuscritos, sus documentos, sus muebles, sus objetos de coleccionista… también la huerta, cono las bancadas de hortalizas, los frutales… El hombre de confianza de don Benito, Manuel Rubín, seguía cuidándola. Siempre habia sido custodio de la llave cuando no estaba allí la familia. Ahora, la familia es la de doña María, su hija y heredera: su marido Juan Verde, sus nietos Rafael y Benito.

Tal día como hoy de 1922, la memoria de Galdós avanzaba con lentitud en el camino de su asentamiento futuro. Aquel 4 de enero de 1920, toda la prensa española y no poca foránea, había publicado evocaciones múltiples del maestro desaparecido, asentadas todas ellas en el homenaje a su personalidad destacada, y apoyadas en el respeto y hasta en la devoción que Galdós merecía. Muchas se dedicaron al hombre y a aspectos de biografía; y hubo igualmente las que se adentraron en la obra que acababa de cerrarse y en su trascendencia futura.

Los primeros estudiosos galdosianos, a falta de la facilidad actual para el acceso a la prensa, solo pudieron contar con los apuntes de biobibliografía que ofrecían algunas publicaciones breves nacidas en torno a 1920 (el Don Benito… de Rafael Mesa y López, por ejemplo), y con pocas fuentes impresas: un Estudio crítico de González Blanco, las páginas de la Historia… de Julio Cejador (ambos textos de 1918) y, en 1912, la fuente más atractiva, el Galdós publicado como volumen primero de las Obras completas de Leopoldo Alas, que añadía ensayos posteriores a los apuntes galdosianos del asturiano en 1889. Poco más.

En el mismo 1920, un texto de Federico de Onís (1885-1966) titulado El españolismo de Galdós y presentado en un acto de la Universidad de Columbia, se convirtió en altavoz del primer galdosismo foráneo. En su trabajo, Onís, profesor salmantino invitado entonces en aquella Universidad, reclamaba la obra de Galdós como la del mejor escritor español posterior al Siglo de Oro, y consideraba su particular realismo humano como esencia de la cultura española en general. Significó un aldabonazo.

Muchas otras voces lo siguieron; porque muchos fueron los profesores españoles que enseñaban entonces en centros americanos. Entre los más cercanos a Onís estaba el soriano Ángel del Río (1901-1962), pionero galdosista que poco después editó Torquemada en la hoguera con una introducción memorable y que, en adelante, seguiría abriendo caminos críticos sobre Galdós. Federico de Onis, por su parte, daría a conocer a aquel público el texto más que atractivo de Misericordia.

En Madrid, desde 1920, doña María Pérez Galdós había actualizado el contrato que su padre mantenía con Hernando, de modo que sus textos no desaparecieron de las librerías. Sin duda, el acontecimiento galdosiano más importante de 1921 llegó el 16 diciembre con el estreno de la comedia Antón Caballero, en el Teatro del Centro de Madrid, un texto que don Benito había dejado inconcluso y que refundieron los hermanos Quintero, amigos devotos del creador, «accediendo al [deseo] de la hija del autor y estimulados por la alegría de ofrecerle al público nuevas e inesperadas criaturas de la cantera galdosiana» - explicaron en las palabras iniciales, Al lector del texto escrito.

Representaron a los protagonistas María Cancio, actriz «de carácter» muy conocida del teatro galdosiano, y el actor Enrique Borras, predilecto de don Benito por sus representaciones del Conde de Albrit en El abuelo, quien –afirmó en texto de 1910- «afina, pulimenta y perfecciona sin cesar; expresa con el silencio tanto como con la palabra; el gesto, la actitud y la riqueza de inflexiones de voz completan su obra mágica y representativa, y elevan hasta lo increíble la emoción del espectador».

En Las Palmas, la sociedad local Fomento y Turismo(allí, recordemos, el poeta Tomás Morales) sentaba las bases del monumento que la ciudad erigirá a don Benito, motivo por el que se desplazó a la isla, en 1921 por primera vez, el escultor Victorio Macho.

He esbozado en las líneas anteriores episodios breves de estos primeros años sin Galdós. Continuaremos. Porque tal día como hoy, 4 de enero de 2022, se cumplen 102 de la muerte de don Benito. Y -repito como en años anteriores- los genios no mueren. Revive Galdós con nosotros cada vez que, releyéndolo, levantamos la vista para pensar; o cuando anotamos detalles sobre los qués, los cómos y los porqués de sus páginas; o cuando lo sentamos junto a nuestra mesa para conversar con él sobre tantas y tantas cuestiones, que fueron de ayer y que siguen siendo de hoy.

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