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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Por la redención de las poetas del XIX

Por la redención de las poetas del XIX

El sedimento que Eugenio Padorno ha dejado en personas como este que escribe es, en su hondura, horizontalmente inabarcable. No solo aludimos a la incidencia consciente que han tenido sus numerosos escritos y libros, las conferencias y clases o los diversos momentos de intercambio con el que considero uno de mis principales maestros; sino también a muchísimos otros rincones que, inconscientes, y con reiterada aparición inesperada, se nos muestran en medio de procesos complejos de escritura y reflexión, en una suerte de diálogo y discusión interminables con su palabra crítica y poética, que he corporalizado irremediablemente al través de los años. No es la primera vez que lo subrayo, y sé además que no será la última: tal es el alcance de los trazos y las preguntas que en mí, por una u otra causa, Eugenio Padorno ha semillado.

Una de las vetas evidentes de este legado es el acercamiento al tinerfeño Sebastián Padrón Acosta, sobre el que -por sugerencia suya- realicé mi tesis doctoral y al que sigo dedicando buena parte de mi tiempo. Fue precisamente en él donde nuestro profesor encontraría algunos faros y noticias varias de uno de los asuntos sobresalientes -entre tantos otros- que desandará la obra padorniana: el rescate y la difusión de las olvidadas poetas del siglo XIX canario, retomando así el testigo y el interés que llamativamente el cura Padrón había dejado, desde tan temprano (años 20 y 30 del XX), sobre la literatura de mujeres. Padorno se convertía, desde sus primeros textos del año 2000 en la revista Anarda (incluidos luego en el libro La parte por el todo), y antes de la ola reciente de estudios feministas, en una de las primeras personas en llamar la atención sobre numerosos nombres y obras de féminas relegadas en la diacronía insular. Con él escuchamos, acaso por vez primera, y a partir de algunas charlas y artículos, nombres como los de María de las Mercedes Letona del Corral, Victoria Ventoso, Victorina Bridoux, Ángela Mazzini (sobre la que gestó un estudio y una muestra generosa de su obra), Isabel Poggi, Leocricia Pestana o Encarnación Cubas Báez, entre otros. Sé por el propio Padorno, además, de sus predilecciones por la escritora portuense Fernanda Siliuto, de quien -por cierto- hace años preparó una edición de su cuaderno personal de poemas, y que sigue incomprensiblemente sin salir a la luz por razones ajenas a nuestro autor.

Personalmente, he querido continuar con este compromiso de Eugenio Padorno por contribuir, en la medida de mis posibilidades, al reparo histórico de las más antiguas poetas de Canarias, pues tengo algo más que la impresión de que -a pesar de todo el esfuerzo en marcha por sacar a la luz la obra del género maltratado e ignorado- las escritoras anteriores a Mercedes Pinto y Josefina de la Torre siguen doblemente enterradas bajo la injusta condena del cuaderno personal o la hoja volandera de la efímera prensa, en los malditos márgenes del reconocimiento social e intelectual. Muertas sin redención, mientras nosotros no lo remediemos. Y en esto de las resurrecciones de la tradición literaria canaria Eugenio Padorno es, otra vez, el ejemplo que hemos de reconocer y que habremos de seguir.

José Miguel Perera es poeta y filólogo

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